9 diciembre, 2014

El Prado recicla los cartones de Goya

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El Museo Nacional del Prado ha descubierto la pólvora: reciclar a Goya. Reutilizar las pinturas para cartones de tapices que se exhiben todos los días en la colección permanente y volverlos a enseñar con un nuevo recorrido, con un nuevo sentido, con nuevas relaciones, con escasas referencias a la época, y todas –he aquí el fogonazo– divididas por temas, no por fecha. A mayor gloria de la pinacoteca y del pintor, pero sin añadir nada nuevo. La exposición Goya en Madrid. Cartones para tapices 1775-1794 es una reivindicación del poderío del Prado y de la pintura española. Que lo escribió el paseante más educado de todos, en sus tres horas, Eugenio d’Ors: “Goya es la pintura española; Goya, el Museo del Prado”.

Así que la muestra se ramifica en nueve asuntos: La caza, Divertimentos, Las clases sociales, Música y baile, Niños, Los sueños, Las cuatro estaciones y El aire. El resultado es espectacular, no sólo por la incursión de varios dispositivos electrónicos para escuchar “la banda sonora” de Goya en Madrid, un repertorio clásico, o la visión del cineasta Jean Renoir de la caza (La regla del juego, 1939), o los recovecos que se abren en las paredes (como ya se hizo en Belleza encerrada) para descubrir una nueva visión de algunos iconos como La nevada (1786).

El espectáculo de esta nueva visión, que no aporta novedades científicas, es un juego asombroso por la propia calidad de las obras, que soportan cualquier travesura a la que les someta el historiador del arte. La pinacoteca ha diseñado un laberinto de salas en las que los primeros inventos goyescos florecen y se relacionan con obras de la generación precedente (Mengs y Tiépolo), de sus contemporáneos (Bayeu, Maella o Paret) y de los maestros del pasado (Tiziano, Rubens o Velázquez). Estas escenas empujaron al pintor aragonés a los altares de la corte, después de dos décadas de intensa producción de óleos que se pasaban a cartones para tejer tapices y decorar los interiores palaciegos del monarca.

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El Museo Nacional del Prado ha descubierto la pólvora: reciclar a Goya. Reutilizar las pinturas para cartones de tapices que se exhiben todos los días en la colección permanente y volverlos a enseñar con un nuevo recorrido, con un nuevo sentido, con nuevas relaciones, con escasas referencias a la época, y todas –he aquí el fogonazo– divididas por temas, no por fecha. A mayor gloria de la pinacoteca y del pintor, pero sin añadir nada nuevo. La exposición Goya en Madrid. Cartones para tapices 1775-1794 es una reivindicación del poderío del Prado y de la pintura española. Que lo escribió el paseante más educado de todos, en sus tres horas, Eugenio d’Ors: “Goya es la pintura española; Goya, el Museo del Prado”.
El espectáculo de esta nueva visión, que no aporta novedades científicas, es un juego asombroso por la propia calidad de las obras

Así que la muestra se ramifica en nueve asuntos: La caza, Divertimentos, Las clases sociales, Música y baile, Niños, Los sueños, Las cuatro estaciones y El aire. El resultado es espectacular, no sólo por la incursión de varios dispositivos electrónicos para escuchar “la banda sonora” de Goya en Madrid, un repertorio clásico, o la visión del cineasta Jean Renoir de la caza (La regla del juego, 1939), o los recovecos que se abren en las paredes (como ya se hizo en Belleza encerrada) para descubrir una nueva visión de algunos iconos como La nevada (1786).

El espectáculo de esta nueva visión, que no aporta novedades científicas, es un juego asombroso por la propia calidad de las obras, que soportan cualquier travesura a la que les someta el historiador del arte. La pinacoteca ha diseñado un laberinto de salas en las que los primeros inventos goyescos florecen y se relacionan con obras de la generación precedente (Mengs y Tiépolo), de sus contemporáneos (Bayeu, Maella o Paret) y de los maestros del pasado (Tiziano, Rubens o Velázquez). Estas escenas empujaron al pintor aragonés a los altares de la corte, después de dos décadas de intensa producción de óleos que se pasaban a cartones para tejer tapices y decorar los interiores palaciegos del monarca.

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Su larga vida le permite vivir cambios políticos, alteraciones artísticas y variaciones del gusto. Rococó, neoclasicismo, orígenes del romanticismo y la modernidad. Cuando el 30 de octubre de 1777 Goya inicia la segunda serie de cartones para tapices, para el comedor de los Príncipes de Asturias, en el Palacio de El Pardo, el joven pintor se distancia de la dirección de Francisco Bayeu y del relamido rococó. Aunque todavía le interesan de este último los valores superficiales de los que la corte no podía prescindir, como la textura de las medias la precisión de los motivos, la importancia de la vegetación de los fondos.

Libertad y deseo

Además del colorido de los personajes y la banalidad de la anécdota, Goya llama la atención sobre un nuevo espacio escénico, complica las composiciones, los personajes son verosímiles, tipos que responden a la singularidad propia más que a los estereotipos barrocos. Es el principio del final del costumbrismo por el costumbrismo, donde aparecen ya los primeros síntomas goyescos, al asumir el neoclasicismo, del que también terminará aburriéndose.

La vida de Goya reclama la libertad para verse con quien desea, cuando quiere. Un hombre a pesar de las modas, un genio para escapar de las cadenas

Goya reclama la libertad para verse con quien desea, cuando quiere. Un hombre a pesar de las modas, un genio para escapar de las cadenas. Abajo las convenciones de la perspectiva, las construcciones del espacio, Goya es el germen del deseo de una verdad que pueda compartirse. Y en pinturas como La boda (1792) anuncia lo que vendrá una vez se libere de ellas. La inmensa obra recrea un matrimonio de conveniencia, entre una bella jovencita y un hombre cuya hermosura recuerda a la del cerdo y el mono. Su riqueza es proporcional a su fealdad. De todas las pinturas para cartones es la más audaz, la más sardónica, y la pintó para decorar el despacho de Carlos IV, en el monasterio de El Escorial.

Además de las relaciones y el envoltorio temático, la exposición funciona a golpes de atención que se suceden con las grandes composiciones: Cazador cargando su escopeta (1775), La novillada, Riña de gatos (1786), Pradera de San Isidro (1788), La boda (1792), La gallina ciega (1788), Pastor tocando la dulzaina (1786), Niños con perros de presa (1786), Las floreras (1786), La vendimia (1786), La nevada (1786) y La cometa (1777).

En todas ellas personajes urbanos y escenas costumbristas. Tanto Goya, como José del Castillo y Ramón Bayeu, huyen de las notas sórdidas de la vida madrileña en sus pinturas para cartones. Son actos amables, que se desarrollan casi siempre en las afueras de la ciudad, en el campo que la rodea, los jardines o los salones. Esa es la imagen que proponen, la de una sociedad integrada, optimista y feliz. Pero sólo Goya avanza la inmediatez, como rasgo central de la modernidad.

En su búsqueda, la de la modernidad, progresa la pintura de nuestro protagonista, que deja entrever en alguno de los cartones. Lo diverso, lo variado, lo interesante, lo cotidiano, la reunión, la bulla, la alegría, el placer, el regocijo, la zambra y la gresca, todo cabe, porque todo es real. Y verosímil. La naturaleza, por ejemplo, no es una imitación servil, sino ideal: Goya pinta lo que ve, no lo que es. Al salir de la última sala recuerdern que esta historia no hace más que empezar.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.