17 diciembre, 2013

El Prado mira al cielo

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Es la obra de ingeniería más complicada que ha llevado a cabo el Museo Nacional del Prado para insertar una obra, en las salas del edificio Villanueva. La antigua estancia 52ª se ha convertido en la nueva Sala Várez Fisa con la colocación del impresionante artesonado de doce metros de largo, seis metros de ancho y seis toneladas de peso, que la familia ha donado –junto con otras 17 obras- a la pinacoteca para enriquecer la colección con un singular conjunto de arte español, que abarca desde el siglo XVIII al XVI.

La operación artesonado arrancó el pasado junio, en una de las estancias de la casa de La Moraleja, en la que la familia había colocado este techo que soportaba el coro de la iglesia de Santa Marina de Valencia de don Juan (León) y que se derrumbó en 1926, después de más de medio siglo abandonada. En este caso el patrimonio se libró de la destrucción y un chamarilero se lo compró al sacerdote. Lo cargó en su carro de bueyes y se lo llevó por 5.000 pesetas “de entonces”, explica Pilar Silva, Jefe de Departamento de Pintura española (1100-1500) y Pintura flamenca y escuelas del norte. La familia Várez Fisa se lo compra al marchante hace cuarenta años y lo instala en su hogar.

Enrique Quintana, Jefe de restauración, cuenta a este periódico la instalación de esta pieza en una sala abovedada. El arquitecto y especialista en artesonado español, Enrique Nuere, ha creado un sistema de sujeción al techo pensado en dos grandes “perchas”, que se adaptan a la superficie abovedada y permiten un agarre adintelado. El responsable de la conservación del museo, resume las actuaciones en cinco verbos como cinco pasos: reforzar, desmontar, trasladar, montar y ascender el artesonado desde el suelo en una sola pieza.

Un puzle medieval

Antes de desmontar las piezas en su lugar de residencia, el artesonado fue reforzado con paneles para poder trasladar en bloques. Hubo que cortar la resina que se había aplicado en los sesenta para consolidar la estructura. Pero es más fuerte que la madera de pino original, con más de seis siglos de antigüedad. Una vez se eliminó la resina, el conjunto se reforzó con paneles en la parte superior, que volvieron el artesonado en un sencillo puzle que se acopla y se desmonta.

El jefe de restauración señala que el artesonado era mucho más grande, pero cuando fue desmontado de su lugar de origen perdió piezas. “Es un resumen de lo que debió ser”, dice. De ahí que el ciclo narrativo tenga faltas y la secuencia de escenas religiosas esté alterada con la inclusión de animales fantásticos, momentos de caza, etc. El montaje del Prado no coincide con el de la iglesia para el que fue creado, porque debió ser mutilado e intervenido para adaptarlo a la casa del donante. Ese es el diseño que se ha mantenido.

El estado de conservación de esta espectacular pieza es ejemplar, según los especialistas, porque la pintura al temple se aplicó directamente sobre la madera, sin preparación. Eso ha permitido que el color no se desprenda de la madera y se mantenga su estado de conservación.

La gran ilusión

La intervención se hizo desde el suelo, con todo el artesonado montado. Poco a poco fue elevándose, empleando los gatos hidráulicos. Los restauradores del Prado actuaron sobre superficie, eliminando la suciedad de polución, y retocando alguna laguna de madera. Aunque Quintana reconoce que la madera apenas fue tocada para no alterar el carácter medieval de la obra, que Silva ha datado en el año 1400. El resultado es una gran ilusión decorativa, que ha mantenido las heridas del tiempo, con las que se multiplica la imagen de veracidad.

No extraña en ese sentido que el subdirector del museo, Gabriele Finaldi, haya calificado la donación y el diseño de la sala como “transformadora”. Una transformación debida “al tamaño, la calidad de las obras, su presencia y la llegada de obra catalana medieval a la colección del museo”. Es una “experiencia de visita distinta al resto de las salas”, añade.

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El director, Miguel Zugaza, también quiso destacar la importancia del artesonado, que “se convertirá en la seña de identidad de la nueva sala”. Explicó que ésta tiene un orden cronológico, con un arranque románico y el final dedicado al gótico internacional, con Gil de Siloé, Juan de Flandes y Fernando Llanos (discípulo de Leonardo da Vinci). “El montaje subraya la importancia singular de cada obra, como es la imagen dela Virgen de Tobed de Jaume Serra, de mediados del siglo XIV”, dijo.

Además de la donación, la familia también ha dejado cuatro más en depósito. Entre ellas destaca el Tríptico del nacimiento de Jesús (1450), del Maestro del tríptico del Zarzoso. Pilar Silva cuenta que se encontraba en un convento “muy perdido” de la Sierra de Francia, que ha llegado milagrosamente en un estado perfecto. Señaló la moda castellana que visten las damas representadas, como los calzos parecidos a babuchas. Silva avanza que el contenido donado será motivo de estudio, como es el caso de la iconografía del artesonado.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.