27 marzo, 2014

El Prado devuelve la vida a Rubens

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Una madera es un cuerpo vivo incluso cuatro siglos después de haber muerto. En su silencio sumiso, troceada, reducida, alisada y maltratada por los pintores, es sensible al entorno. La madera se revuelve si hay más humedad de la que necesita, se retuerce contra las condiciones de vida insoportables. ¿Qué es lo que no conviene hacer con la madera que parece muerta, pero que sigue respirando? Nunca forzarla, nunca domesticarla, ni acorralarla, ni apresarla, ni encerrarla, ni encarcelarla.
Así han vivido durante más de doscientos años seis de las veinte tablas pintadas por Rubens a mayor gloria de la Iglesia frente a los herejes, ancladas a una estructura que acabó con su libertad de movimiento. En el siglo XVIII esos pequeños paneles, mucho más ricos de lo que el término “boceto” insinúa, se agrandaron para ubicarlos en un nuevo emplazamiento y con otros marcos. Las consecuencias de la operación fueron nefastas por la pérdida de sentido original de la creación.

Pero lo más grave del asunto fueron los daños ocasionados en el soporte. Forzaron la rectitud de los delicados listones y eso generó tensiones, grietas y deformaciones en la madera. La parte posterior de las delicadas tablas de roble fueron engatilladas con una estructura de largueros encolados que recuerda, en apariencia, a celosías conventuales, de angustiosos barrotes cruzados. De haber mantenido esta situación, las seis tablas que conserva el Museo Nacional del Prado estaban condenadas a la extinción, precisamente, por enjaularlas e impedir sus movimientos naturales de contracción y expansión. La flexibilidad es la supervivencia.

Libertad o muerte

Creo que ya ha quedado claro que la coerción no es el camino. Ni siquiera en el mundo del arte. De ahí que el taller de restauración del Prado haya ejecutado una de las operaciones tecnológicas más espectaculares de los últimos tiempos. Hablamos de un proceso científico, no comercial, patrocinado por Fundación Iberdrola. “Los cuadros estaban agrietados por completo. Es un proceso de deterioro que no se detiene y los daños crecían”, explica José de la Fuente, responsable de la restauración de los soportes del museo e ingeniero del rescate.

Una vez eliminaron el corsé mortal aplicaron un nuevo mecanismo, que se adapta al movimiento de la tabla (y no la tabla al mecanismo). El sistema de amortiguadores funciona por dilatación y flexión de la tabla: “Basándonos en la experiencia de tratamientos anteriores, el uso de un bastidor con muelles elaborado según la curvatura del panel parecía la solución más adecuada. No obstante, la delgadez de los soportes y su reacción frente a las variaciones climáticas nos llevaron a introducir una modificación, que consistió en efectuar incisiones en el bastidor que luego se rellenaron con poliuretano con el fin de aumentar su flexibilidad sin debilitarlo. A continuación se colocaron los muelles”, explica De la Fuente, que se encargó del primer paso –y más arriesgado– de la operación “salvemos” la Eucaristía (la serie).

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La historia, que cada vez tiene más tintes de thriller artístico, continúa en las manos de María Antonia López de Asiaín, restauradora del Prado y responsable de devolverle a estos pequeños y bravos apuntes la mano de aquel Rubens que atendía a su encargo más caro, empezando por la luz y siguiendo con la profundidad de los planos, el movimiento de las figuras. En definitiva, la recuperación escenográfica de estas agitadas visiones, con expresivas figuras que entran y salen de las escenas.

La restauradora aclara que, a pesar de ser pequeños formatos, tienen la ambición de una gran composición. Al parecer, no se han encontrado documentos en los que Rubens escribiera lo que opinó sobre la adaptación de sus modelos a los inmensos tapices, que todavía hoy se conservan en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid, tal y como ordenó la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, mecenas de esta joya y amante de las bellas artes. Para Alejandro Vergara, comisario de la muestra El triunfo de la Iglesia y La victoria de la Verdad sobre la Herejía, que viajará en otoño al Getty Museum de Los Ángeles, estas tablas muestran un pintor fino y delicado, de gran aparato escénico y contradictorio, porque lo mismo especificaba que era un maestro en la creación de fórmulas delicadas y finas como afirmaba lo contrario de sí mismo como pintores de grandes superficies.

Un pintor sin alardes

“La gran cualidad de Rubens –apunta Vergara– es que nos da vida, pinta y ofrece pura vida. Es una persona especialmente sensible ante la intensidad de la vida y él nos aviva. Estamos ante un pintor muy hábil, muy retórico, es un artista muy culto con un proceso mental muy terminado, y mano muy fresca. En Rubens no hay alarde, no quiere lucirse, quiere comunicar”.

El montaje de la exposición combina la intimidad de las seis discretas y sorprendentes tablas, con la monumentalidad de los cuatro ajados y desvaídos tapices que cuelgan de las paredes, sufridores del paso del tiempo. El diseño ordena la perspectiva que relaciona unas con otras y, sobre todo, hace del recorrido una propuesta divulgativa ejemplar, en la que sale reforzado el oficio del restaurador y su papel imprescindible en un museo como El Prado.

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Un vídeo documenta el proceso de recuperación, a su lado se exhibe un prototipo en escayola que reproduce al milímetro la superficie –hasta las gotas de pintura–, desvelando los daños, las grietas, las heridas, las deformaciones, todo lo que se ha corregido. El molde se ha realizado con un escáner 3D.

Vergara quiso subrayar la importancia de estos modelli, porque en ellos está el Rubens pletórico, al servicio de la pintura. Desde luego está la devoción por el color, por la transparencia de la piel, casi deja ver la sangre bajo la piel, el tratamiento de las telas… Todas las cualidades pictóricas al servicio de la pintura, desprendida de condicionantes. Y por encima de todo, el ideal de la antigüedad clásica vinculada al mundo católico, con cuerpos potentes y musculados, nada de la morbidez con la que los estereotipos (y las Tres gracias) suelen señalarle. Nunca la restauración de las libertades de unas tablas de hace cuatro siglos fue tan significativa.

por Peio H.Riaño, El Confidencial