30 octubre, 2014

El Prado descubre El Dorado del dibujo español de Cano, Murillo a Goya

magdalena

Hay cuentos que se desmigan en semanas y otros que sin alterarse resisten al paso de los siglos. La historia de hoy arranca en Sevilla, a comienzos del siglo XIX, en la calle Abades, donde vive uno de los protagonistas de un relato con lagunas. El vicecónsul británico de la ciudad, Julian Benjamin Williams, con gusto por los dibujos de pintores españoles, coleccionista, mecenas de artistas, comerciante de obras de arte. Sin embargo, del dueño original del magnífico cuaderno, procedente de la Academia sevillana de 1660 y presidida por Murillo, Herrera el Mozo y Valdés Leal, apenas tenemos noticias.

A la muerte de Julian, aquel “curioso e interesante volumen de dibujos españoles e italianos” arranca su viaje lejos de España, cuando es adquirido por Frederick Williams Cosens, otro residente inglés de la ciudad, del que pasará a manos el anticuario y comerciante de arte Bernard Quaritch adquiere en 1890 y que unos meses más tarde venderá a Alfred Lichtwark, primer director de la Hamburger Kunsthalle.

Desde ese momento, descansa del agitado trasiego que no logró deshacer el contenido, en el gabinete de dibujos del museo alemán: una espléndida colección de 225 dibujos, principalmente, españoles e italianos, entre los que aparecen obras de Alonso Cano, Juan Carreño de Miranda, Claudio Coello, Francisco de Goya, Francisco de Herrera el Viejo, Francisco de Herrera el Mozo, Murillo, Andrés Rossi, Juan de Valdés Leal, Zurbarán, etc.

El Museo Nacional del Prado, en colaboración con la Hamburger Kunsthalle, el Museo Meadows de Dallas y el Centro de Estudios Europa Hispánica-Center for Spain in America, han catalogado y estudiado por primera vez los 210 dibujos españoles de Hamburgo y se han revisado sus atribuciones. Jens Hoffmann-Samland, investigador independiente especializado en arte español, y José Manuel Matilla, conservador del Museo del Prado, han realizado el catálogo que se presenta al tiempo que una breve y sabrosa selección de 85 dibujos de la colección.

El papel es el decorado de la trama de esta frágil novela, que cubre una peripecia de varios siglos y al que se han ido añadiendo las señas de la experiencia. Sobre esa materia verjurada comparte espacio el dibujo con manchas, dobleces, arrugas, marcas, anotaciones, como las cicatrices de quien lo ha vivido todo y a todo ha sobrevivido. Así ocurre en el diseño del Proyecto para un altar con la figura de san Diego de Alcalá, dibujado por Alonso Cano, de quien se ha incluido un detallado dibujo de Santo Domingo en Soriano.

La historia en papel

El recorrido pasa página cronológicamente, con una isla central soberbia que recoge los ejemplos más modernos. Hay varios hitos y descubrimientos, como el del apostolado atribuido, en estos momentos, a Francisco de Herrera el Viejo, fruto del vaivén historiográfico que padece la colección, en un estado de investigación incipiente a la vista de los dibujos sin atribuir y los bailes. Como se lee en el catálogo, recién editado en castellano, la técnica (aguada de tinta gris sobre papel verjurado) y el modelado del grupo de los doce apóstoles hizo que los primeros historiadores señalaran a Herrera el Viejo como autor de ellos. Otros como Jonathan Brown se pronunciaron a favor de su hijo, Francisco de Herrera el Mozo. De hecho, ni siquiera se tiene claro si es un apostolado, dado que todas las figuras representadas de medio cuerpo carecen de los atributos que los identifican y muestran rasgos genéricos y comunes. “Se trata más bien de figuras varoniles polivalentes que podrían emplearse indistintamente como santos, profetas o apóstoles en distintas composiciones”. Sean quienes sean, componen un recopilatorio de gestos y movimiento, retratos de una maestría asombrosa por su habilidad y eficacia en el uso de la aguada y las sombras.

El Mozo de los Herrera también tiene a su disposición una mano fuera de lo normal, como prueba el Caballero ante un paisaje, de antes de 1660, un simpático doncel que nos mira de perfil, un brazo en jarra y otro apoyado en su bastón, tocado plumífero, espada y perilla. El hijo del Viejo emplea la pluma y la aguada, la tinta parda, sobre papel verjurado blanco.

La espectacular Asunción de Bartolomé Esteban Murillo es otra de las piezas que se hace con la atención de la tenue sala. Los expresivos toques de aguada castaña y de aguada gris, sobre el lápiz negro, con la Virgen brazos abiertos y apoyada sobre las nubes y los ángeles que son testigos de su estado de ánimo. Al hilo de los Murillos expuestos es curiosa la batalla muda que libra la conservadora del Prado Manuela Mena contra el historiador Jonathan Brown, en la guerra de las atribuciones.

Hemos visto aguadas y lapiceros negros, llega la hora de la sanguina, del rojizo, de Francisco de Goya, de quien se exponen varias estampas copiadas de Velázquez para salir adelante en su nuevo destino, Madrid, a los 32 años de edad. Copia el retrato del bufón Cristóbal de Castañeda y Pernía; el de Francisco Lezcano, el niño de Vallecas; el del príncipe Baltasar Carlos, cazador; y El aguador de Sevilla. Y el llamativo Vuelo de un globo aerostático (1792), a lápiz, que ha sido interpretado como “el interés de Goya por trascender la realidad”. “Separa el globo, símbolo del deseo humano de libertad, de las ataduras sociales que mantienen al hombre pegado a la tierra”. Para Matilla explica que los vuelos aerostáticos más significativos fueron los realizados por el italiano Vicente Lunardi, en agosto de 1972 (desde El Retiro a Daganzo) y enero de 1973 (desde el Palacio Real a Pozuelo). La masa de gente admirando el viaje recuerda, inevitablemente, a esa campa alborotada del Coloso.

Nueva gerente en El Prado

Por lo demás, Carlos Fernández de Henestrosa, posiblemente el director adjunto de administración con más experiencia en la gestión de museos de este país -tras pasar por el Thyssen y los últimos seis años en El Prado-, se jubila y su puesto lo ocupará Marina Chinchilla, que hasta el momento desempeñaba las tareas de coordinadora general de administración, el brazo derecho de Fernández.

Por Peio H. Riaño en El País.