5 noviembre, 2013

El palacio varado

El edificio del antiguo Museo del Ejército permanece abandonado desde hace ocho años. El inmueble, que formó parte del desaparecido Palacio del Buen Retiro, se alza junto al Prado, la Real Academia de la Lengua y los Jerónimos

1382381507_853821_1382383386_noticia_normalEl edificio que albergó durante siglo y medio el Museo del Ejército, en la acrópolis cultural de Madrid, permanece abandonado y sin uso desde hace ocho años. Varado entre el Museo del Prado, la Real Academia Española, la iglesia de los Jerónimos y el parque del Retiro, languidece en el olvido de su clausura: los espléndidos fondos que atesoraron sus 24 salas fueron traslados al nuevo Museo del Ejército, en el Alcázar de Toledo.

El veterano edificio madrileño, con casi 9.000 metros cuadrados de superficie hábil, según fuentes técnicas —con una longitud de fachada de unos 150 metros por otros 40 de anchura— es, junto al cercano Casón, el último vestigio en pie del Palacio del Buen Retiro. Erigido en 1630 con trazas de Juan Bautista Crescenci y Alonso Carbonel, ocupaba su ala norte. Así lo indican sus dos chapiteles flamencos, pizarra y plomo, que rematan su cubierta amansardada. Bajo ella, las cuatro y cinco plantas de sus alas a Poniente y al Este atestiguan la declinación del terreno. Ladrillo visto y revocado, más caliza esquinera, en colores anaranjados, gris y crema, su atrio al norte muestra seis estatuas de Reyes de España. Proceden de la coronación de las cornisas del Palacio Real, de donde fueron apeadas y dispersas por distintas provincias españolas tras una pesadilla premonitoria sufrida por Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, en el arranque del siglo XVIII.

En el interior del palacio se conserva, casi intacto, el llamado Salón de Reinos, una pieza de grandes dimensiones de cuyos muros colgaron hasta 12 escenas de batallas como La rendición de Breda, de Diego Velázquez, o el Sitio de Bahía, de Maíno, más retratos ecuestres de Felipe IV y telas de gran formato firmadas, entre otros, por Caxes, Castello y Zurbarán. El pintor de los frailes fue coautor, con Velázquez de los diez lienzos de Los Trabajos de Hércules, allí dispuestos. La ornamentación de la polícroma bóveda del salón, a base de heráldica de los reinos hispanos y grutescos a la italiana, fue decidida por el propio Velázquez, aposentador del rey: Felipe IV recibía a los embajadores en tan magna estancia, cuya suntuosidad se exhibía como emblema del apabullante poderío hispano en el siglo XVII.

Dada la historicidad del antiguo museo —en él se refrendó la Ley Sálica y sirvió de velatorio de Felipe V y de su hijo Luis I— desde distintos medios madrileños, académicos, literarios y artísticos se barajan desde tiempo atrás distintas fórmulas para recobrar un edificio de su valía, incrustado en el corazón culto de la ciudad: así, el arquitecto y académico de Bellas Artes y de la Española, Antonio Fernández Alba, acaricia la idea de instalar en él una suerte de Museo de la Palabra o Museo del Español, habida cuenta de la proximidad del edificio a la sede de la Academia Española, apenas a un latido de distancia. “Sería extraordinario poder dedicar el edificio a albergar la representación de las 21 academias hispanoamericanas”, dice José Manuel Blecua, director de la Española. La institución que preside ha debido desplazar hasta el final de la calle de Serrano algunas importantes dependencias.

Fernández Alba considera que la dimensión plástica de la lengua española podría encontrar allí expresión, en un nuevo museo lingüistico-artístico, sobre el cual han discurrido algunas de sus más recientes reflexiones. Contempla también instalar una sede del Instituto Cervantes.

La Gerencia de Infraestructuras del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte titular del veterano edificio, ordenó tiempo atrás un informe arquitectónico, arqueológico y documental sobre el Salón de Reinos, encomendado al experto Javier Contreras, que lo entregó en 2010. Por su parte el museo del Prado encargó un estudio de la estructura del edificio que realizó la empresa Intemac, recuerdan fuentes académicas. El Museo del Prado dedujo de aquel estudio que la adecuación para nuevos usos, principalmente de exhibición, implicaría un remozamiento evaluado en 90 millones de euros: se contempló desde instalar el Gernika de Picasso y otros lienzos de Goya de índole bélica dentro de un discurso pacifista hasta la reposición del Salón de Reinos con su decoración primigenia, como previera el historiador Elías Tormo en el primer tercio del siglo XX.

La idea de incorporar el nuevo espacio al Prado, con acceso interconectado incluido— fue contemplada en el Plan de Actuación de 2009 a 2012, “pero ha desparecido del plan siguiente, que abarcará hasta 2016”, explican fuentes del museo. “Dada la actual situación de crisis, no es el momento de especular con ideas de este tipo”, señala Miguel Zugaza, director del Prado. Fuentes del Ministerio de Cultura señalan por su parte: “La responsabilidad del momento obliga a ser prudentes sobre nuevas obras”.

Sin embargo, voces del mundo de la Arquitectura, las Letras y la Academia señalan, por su parte, que tiempos de crisis como los presentes resultan ser idóneos para gestar nuevos proyectos alejados de anteriores tentaciones faraónicas. “El estado actual del palacio es aceptable”, remarcan fuentes técnicas.

Por ello, se va abriendo paso la idea de aunar en el palacio un futuro Museo del Siglo de Oro, la misma centuria que asistió al nacimiento del palacio y al esplendor universal de las Letras y las Artes hispanas. El público tendría allí acceso a una joya museográfica única en Europa; y las necesidades de expansión del Museo del Prado y de la Española podrían verse satisfechas. El futuro museo paliaría así efectos perversos de la actual crisis.

Mientras, en el adormecido palacio, solo impera el silencio.

 

por RAFAEL FRAGUAS