22 marzo, 2011

El museo oculto de la Laboral (El Comercio Digital)

Miles de objetos, máquinas, libros y recuerdos que se libraron del expolio están almacenados y catalogados, pero sin ser expuestos.

Don Cecilio, el interventor de la Universidad Laboral, guardaba con celo, allá por los años sesenta del siglo pasado, la integridad de su calculadora. Aquella última tecnología estaba al alcance de muy pocos y nadie podía siquiera tocarla sin su permiso. Si alguien planteaba un problema de números, don Cecilio, siempre solícito, se aprestaba a solucionarlo con su ‘computadora’, que más de una vez se atascaba ocasionándole dolores de cabeza incluso a los técnicos responsables de su mantenimiento. Todo era poco, en aquellos tiempos, para la Universidad Laboral. Ahora, aquel viejo aparato, como otros miles de objetos que formaron parte de la vida de la Laboral durante medio siglo, permanece almacenado en las estancias que fueran de los Jesuitas, en el propio edificio de Cabueñes, ubicadas entre la base de la torre y la parte trasera de la iglesia. Es un museo dentro de la denominada Ciudad de la Cultura que, al menos hasta ahora, permanece oculto y a la espera de tiempos mejores. La calculadora de don Cecilio, al menos, ha corrido mejor suerte. Otros muchos recuerdos y objetos de la Universidad Laboral han desaparecido en los años de semiabandono del emblemático edificio de Luis Moya o, incluso, aparecieron en algunos de los rastros de la vecina comunidad de Castilla y León.

No es complicado, y menos para los miles de alumnos que pasaron por sus aulas, diferenciar todos y cada uno de los objetos que formaron parte de sus vidas en edad escolar. Sillas, mesas, cuadros, cubiertos, pendones, relojes y hasta la vieja centralita están en la mente de todos, aunque hace años que no tienen posibilidad alguna de refrescar su memoria con aquellos recuerdos. Cuando, después de lustros de abandono, el Principado decidió remodelar la Universidad Laboral, lógicamente se encontraron en cada hueco, en cada habitación, en cada espacio, con un mundo de objetos de todo tipo, acordes a su destino durante decenas de años. Las habitaciones conservaban las camas, las mesitas, las sillas y hasta armarios. No digamos la zona de servicios internos de la Laboral, la que estaba más ligada a los internos y a las monjas clarisas. La cocina, enorme, sigue en pie como si el tiempo no hubiera pasado, con utensilios de todo tipo, algunos muy avanzados para la época.

Lo mismo sucede con la zona de secado y planchado de ropa y, hasta hace poco, con los comedores. Miles de piezas, platos, cacerolas, cafeteras, teteras, vasos, cubiertos… muchos de ellos con el escudo de la Universidad Laboral (una corona en la parte superior, la Cruz de la Victoria en el centro y el yugo y las flechas en la parte inferior) grabado, forman parte de ese menaje. Incluso lecheras que llevan, en su parte superior, una pequeña vaca como señal inequívoca de su contenido. Es un pequeño ejemplo, sólo un detalle, del museo de objetos que se conservaban en la Laboral y que el equipo técnico encargado de la remodelación del edificio, bajo la dirección del arquitecto Antonio Cuartas, se encargó hace años de poner a buen recaudo y de catalogar para, al menos, tener una prueba documental de lo que quedaba hasta entonces.

La vieja centralita
La Asociación de Antiguos Alumnos y algunos veteranos profesores, a título particular y por amor al centro, también aportaron su granito de arena. Imposible, en todo caso, saber todo lo que desapareció durante años. Hasta un ‘caballito de mar’ que adornaba una de las paredes de la cafetería pasó ‘a otras manos’ en medio de toda esta vorágine. El expolio, al menos, no se llevó por delante todos los recuerdos de la Laboral, aunque, después de muchos años y de promesas de presentarlos de forma digna, siguen, en el mejor de los casos, cerrados en cajas. Es el museo oculto de 65 años de historia de la Laboral.

Pero, ¿qué contiene ese cajón de sastre catalogado de la historia del viejo edificio de Luis Moya? La relación sería poco menos que interminable y, de hecho, ocupa en la actualidad, como se apuntaba anteriormente, una parte importante de la vieja residencia de los jesuitas, entre el Conservatorio de Música y la base de la torre. EL COMERCIO ha tenido acceso a una parte documental en la que, en primer lugar, queda clara la labor callada y nunca bien reconocida de la comunidad de las madres clarisas que, con un mimo y dedicación encomiable, se encargaron de conservar los enseres y el menaje con el que trabajaron durante años con los alumnos internos. Hay que tener en cuenta que, en algunos momentos, llegaron a ser casi 1.500 los niños que vivían en la Laboral. Así, las monjas dejaron tapados con plásticos los platos, las copas, los cubiertos, las teteras y, en general, todos los utensilios de la cocina y de los comedores. Están, o al menos estaban, conservados de una forma sorprendente, pese al paso de los años. Muchos tienen grabado el escudo de la Laboral, algunos por la parte trasera. Los cubiertos eran de alpaca plateada que, al menos en aquellos tiempos, no eran excesivamente caros y daban una buena calidad para su utilización. Pero es que, además del menaje, se conservan las cocinas, con enormes potas y otros elementos imprescindibles para entender la vida de la comunidad de las clarisas y su trabajo con los alumnos internos. Pero la variedad de objetos es impresionante. Algunos llegaron procedentes de la residencia de Lloreda, donde ahora se encuentran las instalaciones del campo municipal de golf. Entre ellos se encuentra un reloj, datado en finales del siglo XVIII, y morteros de bronce que eran utilizados como adornos. Estos objetos que se consideraban valiosos, se les daban en custodia a las clarisas como garantía de su supervivencia futura, decisión que fue clave para su preservación. Además, hay máquinas de todo tipo, del estilo de la mencionada calculadora de don Cecilio. Un artilugio era destinado a la impresión de los sobres para los alumnos. No hay que olvidar que la Laboral llegó a tener, aunque fuera de forma simbólica, su propio sello como estafeta de correos. Luego, como testigo del paso del tiempo, la vieja centralita, clave para el funcionamiento interno de un edificio tan enorme como la Laboral. Hasta 160 teléfonos interiores llegó a tener el edificio. Cada aula, en los pasillos, en la cocina, en la cafetería, en la dirección. Toda la Laboral estaba comunicada a través de esa joya de centralita que estuvo operativa durante muchos años. Algunos de los telefonillos también se conservan como testigos de aquel pasado de esplendor.

Dedicatoria del Príncipe
De todo ello, en los muchos años que estuvo abierta a la actividad escolar, fueron testigos personajes de la reciente historia de España, que dejaron plasmada su firma en los libros de oro del edificio. El documento tiene un valor simbólico e histórico incuestionable. Además de las interminables dedicatorias de José Antonio Girón, que llegaban a ocupar más de dos páginas, hay otras firmas y dedicatorias ilustres, como las de José María Pemán; el superior de los Jesuitas, el padre Arrupe, o el, por entonces, príncipe de Asturias, Juan Carlos de Borbón que, el 13 de marzo de 1961, escribía en el libro de honor lo siguiente: ‘A la Universidad Laboral de Gijón, con todo mi afecto’, y lo firmaba de su puño y letra.

Estos libros, como los miles de legajos que forman parte del archivo se conservan en estanterías a la espera de poder ser analizados. Allí están los planos de la construcción, los encargos de material, las comunicaciones con la central de obras y miles y miles de facturas que desgranan el pasado del emblemático edificio. Hasta algunas de las guitarras de la rondalla y una escopeta (inutilizada ahora para su uso) de los antiguos guardas jurados se conservan en este enorme ‘puzzle’ de recuerdos. No faltan, tampoco, los pendones de todo tipo que eran utilizados por los alumnos en los desfiles.

Capítulo aparte merecen los muebles, que tienen un diseño especial, con patas que acaban en pico y siempre con la parte inferior plateada. Su identificación es sencilla, aunque, por ejemplo, sabido es que no todas las sillas eran iguales. Las de los comedores eran más sencillas. Muchas se han destrozado y, seguro, no pocas han desaparecido, pero, al menos, queda una amplia muestra de estos muebles que formaron parte de la vida de muchas generaciones de alumnos. Los mismos que, seguro, esperan un museo abierto de la historia de la Laboral.

logo_el_comercio_digital