12 mayo, 2015

El laberinto de autentificar un ‘leonardo’

leonardo

¿Leonardo da Vinci o no? De la decisión dependen entre 100 y 150 millones de euros. Los dueños de la obra extraen de una maleta una diapositiva de gran formato. Mide más de 20 centímetros y revela con un enorme detalle una bella madonna. Al trasluz, la imagen surge leonardesca. La languidez, el recurso del sfumato. Estamos en un bufete madrileño. En la pequeña entrada, sobre el techo, hay cámaras de vigilancia. La reunión se pacta entre el dueño de la firma, dos de los propietarios (españoles) del cuadro y el periodista de EL PAÍS, quien se compromete a revelar lo justo. Solo lo que leen. Ni siquiera puede describir con detalle la obra. El silencio es una puerta blindada. Por lo general, los dueños de cuadros de este nivel suelen guardarlos en una cámara acorazada de algún puerto franco de Singapur, Ginebra o Luxemburgo. Lugares donde siempre es de noche.

“Más adelante, si se vende la obra, podrá contarlo todo; la historia es suya”, avanza uno de los propietarios.

Una tarea compleja

Este consorcio español lleva varios años en la “compleja” y “cara” tarea de autentificar el probable leonardo. Un tour de force que exigirá la acreditación de algunos de los mejores expertos del mundo en el genio renacentista (Martin Kemp, Robert Simon, Carlo Pedretti, Michael Daley) y un análisis químico de la tabla de álamo (el soporte sobre el que pintaba el maestro) en el Instituto de Física de Partículas (Zúrich), el laboratorio Lumiere Technology (París) o el Fine Arts Expert Institute (FAEI) de Ginebra, con ganada fama en la datación por radiocarbono y el uso de la reflectografía de infrarrojos. Eso sí, los dueños de la madonna tendrán que desembolsar más de 15.000 euros solo por los análisis iniciales, olvidarse del Prado —el museo tiene prohibido firmar certificados de autenticidad— y seguir un “riguroso proceso”, dice Chaterine Grenier, directora de la Fundación Alberto y Annete Giacometti.

Pero si logran encajar todas las caras de este cubo de Rubik, el viaje (económico) habrá merecido la pena. El último leonardo aparecido en el mercado —un Salvator Mundi bastante deteriorado que se expuso en la National Gallery de Londres— lo compró en 2013 el multimillonario ruso Dmitry Rybolovlev por 127,5 millones de dólares (unos 114 millones de euros). Una cantidad estratosférica que le hace reflexionar a Manuela Mena, responsable de Conservación de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Prado, “si existe alguna obra que de verdad se merezca semejante cifra”.

Sin embargo, en el arte solo las atribuciones son tan subjetivas como los precios. Kemp es, quizá, la principal autoridad en Leonardo del planeta. Profesor emérito de Historia del Arte del Trinity College de Londres, en 2009 descubrió una nueva obra del genio, algo que ocurre una vez en décadas. Un pequeño dibujo (33 x 23,9 centímetros) hecho con tizas de colores y tinta sobre pergamino que representa a Bianca Sforza, hija ilegítima del duque de Milán. El retrato la muestra con 13 o 14 años, pocos meses antes de morir. Quizá de un embarazo ectópico, algo frecuente en la corte milanesa de aquel tiempo. Kemp bautizó el dibujo La Bella Principessa. Pero a pesar de su prestigio, algunos expertos, como Michael Daley, hablan de “falso moderno”. No le encaja nada. Ni la posición de los ojos, ni la ropa que viste La Principessa ni su sorpresiva entrada en escena en 1998, más de 500 años después de, en teoría, haberse pintado. La Bella está datada en 1496.

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Kemp, desde luego, defiende su criterio. “En un aspecto amplio, cuando Leonardo pinta no tiene la intención de crear una ilustración anatómica. Hay errores anatómicos, en el sentido básico del término, en muchos de sus trabajos. Es un criterio tonto [para desautorizar el cuadro]”, sostiene por correo electrónico el historiador inglés.

Pero en este mundo de autorías, los dibujos son presa habitual. Sufren más falsificaciones porque resultan más sencillos y baratos de producir que una pintura o una escultura. Tampoco ayuda el poblado taller del genio, donde convivían discípulos brillantes (Francesco Melzi, Boltraffio y Marco d’Oggiono) con otros menos dotados. Es difícil separar la paleta de unos y otros. A lo que se suma la mítica inconstancia de Leonardo, quien saltaba de un cuadro a otro sin acabar de rematarlos.
Mercado millonario

Sobre esa fragilidad y la presión de los casi 54.000 millones de euros que mueve al año el mercado del arte se explica la recurrencia en los últimos tiempos de escándalos (Beltracchi, Knoedler, Glafira Rosales) que remiten a falsificaciones y falsificadores. En Ginebra, Yan Walther, director del FAEI, revela que “entre el 70% y el 90% de las obras que estudian son falsas o mal atribuidas”. Esa debilidad y la fuerza de los precios también se ocultan detrás de la sorprendente aparición estos meses de nuevos leonardos.

Parece que el maestro florentino, de quien solo están autentificados entre 15 y 20 cuadros, estuviera vivo. Incluso se celebra como de Leonardo una obra tan desmañada como el retrato de Isabel de Este que en febrero pasado los Carabinieri rescataban de la caja fuerte de un banco suizo. Poco importan las enormes dudas que despierte o que Kemp no vea el pincel del toscano.

Quizá porque tras los análisis técnicos, la investigación y el ojo del connoisseur queda la naturaleza humana. “Cuando pones 100 millones encima de la mesa siempre existe alguien para firmar algo. Hay que tener mucho cuidado”, zanja Miguel Falomir, director adjunto del Prado.

Tras la pista de una falsificación

-El coste de un análisis inicial para saber si una obra es falsa puede rondar los 15.000 euros.

-El multimillonario ruso Dmitry Rybolovlev pagó por el último leonardo aparecido en el mercado hasta 114 millones de euros. Fue un Salvator Mundi que se expuso en la National Gallery de Londres. El mercado del arte mueve cerca de 54.000 millones de euros cada año.

-Entre el 70% y el 90% de las obras que se estudian son falsas o mal atribuidas, según reconoce Yan Walther, el director de FAEI.

-Los mayores expertos del mundo en Leonardo da Vinci, que luchan contra las falsificaciones, son Martin Kemp, Robert Simon, Carlo Pedretti y Michael Daley.

Por Miguel Ángel García Vega en El País.