11 enero, 2016

El influjo clásico en el arte moderno

Si el crítico de arte Charles Baudelaire (1821-1867) levantase la cabeza se sorprendería sobremanera al ver la influencia que la obra de Jean Auguste Dominique Ingres (1780-1867) ha ejercido sobre algunos de los más ilustres representantes de la pintura de la modernidad.

A mediados del siglo XIX pervivían en los salones artísticos las viejas disputas entre antiguos y modernos a través de las diferentes corrientes estéticas ahora centradas en lo clásico y lo romántico, tomando como principales exponentes de las mismas a Ingres y Delacroix, enfrentados bajo la bandera del gusto por la tradición o la exaltación creativa. Algunos escritores como Flaubert, Zola, Mallarmé o Thoré parecían saber de qué iba el arte moderno, aquél que se nutría de su propio pasado para construir una imagen con inéditas formas expresivas y nuevos valores artísticos. Baudelaire tomó partido por el romanticismo de Eugène Delacroix (1798-1863) símbolo de un estilo indisciplinado y rebelde, convirtiéndole en el origen de su teoría artística que plasmó en El pintor de la vida moderna de 1863, cuyo ideal estético era la libre visión individual del artista a través de un lenguaje actual, adaptado a una nueva época y sin carácter de eternidad. Rechazaba por tanto el estilo de Ingres que se ajustaba más a las tradicionales enseñanzas académicas y los modelos del pasado.

Distanciados de esa controversia y con la perspectiva que da el paso del tiempo, no parece que los pintores del siglo XX olvidaran las innegables destrezas y aportaciones de Ingres a la pintura universal e hicieran de ellas emblema para realizar algunas de las obras más significativas de la pintura contemporánea. Cabría preguntarse entonces ¿Qué vieron estos jóvenes artistas en el arte de Ingres? ¿Por qué encontraron tanta inspiración en sus temáticas y estilo?, parece indudable que lo clásico y lo moderno estaban llamados a entenderse a través de la constante transformación y fue inevitable que lo nuevo conviviera con valores ya establecidos.

Esta pervivencia del ideal clásico renovado de Ingres se puede rastrear en muchas manifestaciones artísticas del siglo XX, lo supieron ver muy bien los pintores modernos que vinieron después como Édouard Manet, Edgar Degas, Auguste Renoir, Henri Toulouse-Lautrec Paul Gauguin, y vanguardistas como Henri Matisse, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani, Chaïm Soutine, Moïse Kisling, Man Ray, Salvador Dalí, Magritte y una interminable lista de creadores que llegaría hasta nuestros días.

Ingres se había sentido fascinado por las armonías ideales y las superficies abstractas de Rafael y David en sus cuadros de tema histórico, pero seducido por el “style troubadour” de su época consiguió también aportar un aire insólito y curioso a sus obras que evocaban un pasado no clásico. La disciplina y perfección de la que hacía gala no impidió un tratamiento lineal de la figura femenina, haciéndola doblarse y retorcerse para conjugar perfectamente lo estético y lo erótico. Su concepto de la mujer abarcó muchos campos, tanto el clásico aspecto de la ninfa Tetis, como el motivo exótico de la bañistas y odaliscas de Oriente Próximo.

La bañista de Valpinçon

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Una de las obras más célebres de Ingres en este género fue La bañista de Valpinçon (1808), en la que su maestría en la interpretación del desnudo al natural y su seguridad técnica no empañan el aire de novedad exótica que infiere a la figura ataviada con un turbante moruno cubriendo sus cabellos y en la originalidad de la pose y el atrayente punto de vista que aporta a la modelo. Primicias que no pasaron desapercibidas para los artistas de la modernidad. Despertó en Degas el interés por tratar la desnudo femenino a través de la temática de las “toilettes”, mujeres en la intimidad de su aseo personal, desprovistas de idealización mitológica, potenciadas por el estudio postural y las técnicas impresionistas. Testigo que tomará Toulouse-Lautrec, el pintor de la vida nocturna y los bajos fondos, en obras como El baño (1892), aportando la singular elección de tomar como modelo a una prostituta. Cien años después una fotografía de Man Ray titulada el El violín de Ingres (1924), convierte las sensuales curvas de Kiki de Montparnasse en un instrumento de cuerda, insinuado por las dos aberturas con forma de efes, convirtiendo el cuerpo de la joven en un sonoro instrumento, creando asociaciones inéditas tan presentes en la estética surrealista. Man Ray evoca la bañista de Ingres a través de la referencia al turbante y la posición de espaldas de la modelo, y alude a la afición musical del pintor por el violín, ahora convertido en una alegoría del juego amoroso. Dalí siempre admiró la autoridad técnica de Ingres, su destreza con el dibujo y la línea, es fácil comprender por qué se convirtió en referencia para muchos de los desnudos en los que posó la omnipresente Gala.

La gran Odalisca

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En La gran Odalisca (1814) vuelve a demostrar el apego por el desnudo femenino unido a lo exótico y lo oriental. Una mujer de extraordinaria belleza resuelta con un pronunciado escorzo, sin olvidar el exquisito gusto por los detalles de todos los elementos que rodean a la figura: las telas, el cortinaje, los almohadones o el abanico. La libertad alegórica de Ingres evoluciona hacia un exotismo despreocupado y lejano. La enorme influencia que tuvo esta imagen en los artistas del siglo XX se puede constatar desde los inicios del impresionismo.

Matisse hizo de las Odaliscas una de sus recurrentes temáticas, fascinado por los ambientes fabulosos, ricas telas, muebles exquisitos, encontrando en las estridencias cromáticas del fauvismo el estilo para plasmarlas.Pero quien sin duda fue a contracorriente recuperando los desnudos de la tradición clásica para la modernidad de los años veinte fue Modigliani, que interpretó desprovisto de todo aditamento, un nuevo concepto creativo para la desnudez. En su obra Desnudo echado sobre el costado izquierdo (1917), el dibujo y la silueta un tanto ingrescas no evitan la deformación primitivista del cuerpo, el fondo cromático alcanza una gran autonomía moderna, una elevada abstracción.

Siendo ya director de la Academia Francesa de Pintura realizó El baño turco (1862), considerada hoy en día como una de sus obras maestras, se incluye dentro de la tendencia orientalista del autor, en la que la sensualidad femenina y el tono erotizado de la misma alcanzarán altas cotas de seducción. Mostrada al público por primera vez en el Salón de Otoño de 1905 entusiasmó a muchos pintores de vanguardia, entre ellos a aquellos jóvenes “salvajes”, luego conocidos como fauvistas, reagrupados en la sala VII, por sus exuberantes y coloristas pinturas. También marcó a Picasso cuya influencia se vio pronto reflejada en las poses y contorsiones rosadas de las mujeres de El harén (1906), sin embargo Picasso abandona la sensualidad y suntuosidad de los cuerpos para para transmitir un ambiente sórdido, que derivará en su celebérrima obra Las señoritas de Avignon (1907), en la que a partir del tema clásico del desnudo consigue abordar un nutrido inventario de problemas formales del arte contemporáneo que derivarán en el cubismo. Las visitas de Pablo Picasso al museo Ingres de Montauban, se dejaron sentir en el influjo de aquel sobre los retratos que el artista malagueño realizó en su dilatada carrera, encontrar relaciones entre Madame Rivière de Ingres (1805-06) y Olga en el sillón de Picasso (1917-18), o el Retrato de Madame Moitessier (1856) y Mujer con libro (1932) nos hablan de las excelentes dotes de ambos como dibujantes y de sus cualidades para el retrato, así como la teatralidad y solemnidad del gesto de Ingres y la capacidad para alterar las reglas de Picasso.

Ingres, considerado tradicionalmente como un artista académico y conservador, símbolo de pintura espléndida y refinada, volvió a la pintura vanguardista de la mano de los artistas que configuraron la modernidad. Tras su muerte, su obra y reputación generó un fructífero diálogo con los jóvenes pintores que abrieron nuevos caminos al arte. Las conexiones con fuentes no occidentales en el arte europeo, el valor de la pintura a través del dibujo y la línea o la reinterpretación de su ideal clásico de una manera más libre y crítica con la tradición, han colocado a Ingres como uno de los grandes influjos del arte contemporáneo.

Por Violeta Izquierdo para El Mundo