1 abril, 2014

El hallazgo de la Biblia de Oro

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«Van a ver ustedes un retablo dorado», dijo Teresa Laguna, abriendo mucho los ojos y sonriendo. El entusiasmo con que la coordinadora de la restauración se dirigía ayer a los periodistas antes de emprender el ascenso, como previniéndolos ante la belleza que estaban a punto de contemplar de forma excepcional, podía parecer en un primer momento ese frenesí que los eruditos dedican a cosas que apenas apasionan a nadie más que a ellos. Qué iba a decir la conservadora de los bienes muebles de la Catedral. Sin embargo, en cuanto la comitiva accedió al otro lado del telón de los andamios, se colocó los cascos de obra y tomó las escalerillas metálicas, la sensación de que esta historiadora del arte se había quedado corta en su advertencia quedó patente en las caras de admiración, las bocas abiertas y los ojos como platos de la concurrencia. El retablo mayor de la Catedral de Sevilla, al otro lado de las lonas y los hierros, se mostraba no como un elemento artístico y religioso sencillamente restaurado, sino como un tesoro nuevo, una joya recién descubierta, desenterrada de debajo del polvo y del tiempo tras cuatro años de delicados y pacientes trabajos.

Era, en efecto, un retablo dorado, y no lo que se había estado viendo en los últimos siglos, más tirando a marrón ceniciento, a parda devoción. «Una Biblia en imágenes», un inmenso evangelio en relieve increíblemente detallado. Con Teresa Laguna, ejercían también de anfitriones el deán de la Catedral, Teodoro León; el director de la restauración, Fernando Guerra-Librero; y otros responsables y restauradores que compartían, aparte de ese entusiasmo, lo que definieron como «la pena de haber terminado, la tristeza por el mono que nos va a dar», dijo la conservadora, tras casi cuatro años de estar en el día a día, la presencia, el roce, el comentario constante…».

ARTE Y TECNOLOGÍA

Lo había subrayado el deán antes de subir, durante la exposición a la prensa de los datos generales de la restauración: estos trabajos no solo han logrado la recuperación de un bien artístico de incalculable valor, sino también «el descubrimiento de su verdadera naturaleza», su dimensión teologal y evangelizadora. Aquello fue hecho para atizar la fe en los corazones de quienes lo vieran. Compartía este criterio la doctora Laguna, al afirmar que «el retablo es la gran pantalla litúrgica ante la que día a día se desarrolla el sacrificio de la misa».

Pero esto era mucho más impactante verlo que escucharlo. Estar a 28 metros de altura, sobre las planchas metálicas del noveno piso de andamios, encaramado a una torreta cimbreante desde la que la Virgen de los Reyes se veía, a espaldas del retablo y abajo, del tamaño de un grano de arroz… y comprobar que hasta la última uña del pie de la última figurita estaba primorosamente tallada, eso era la confirmación palpable de que el elemento piadoso no iba a la zaga del artístico en la creación de esta inmensa obra de madera. Como repitieron todos los responsables de la restauración que guiaban la visita, admirados como si la estuviesen viendo por primera vez (y llevan allí desde hace 26 meses, a primeros de 2012), «los que lo hicieron no estaban trabajando para los hombres. Estaban haciéndolo para Dios».

FIN DE LAS VISITAS

No solo concluyen los trabajos: también las visitas públicas concertadas; esos recorridos guiados que durante once meses, hasta enero pasado, y bajo el lema Veinte y siete escenas del retablo, han permitido disfrutar de la contemplación de todos los elementos de este conjunto, a un metro de distancia de su cara, a 4.942 personas que lo solicitaron.

Los andamios –que, por sus dimensiones, perfectamente podrían acoger diez apartamentos espaciosos– y la lona que lo recubre todo serán desmontados después de Semana Santa, con idea de que todo esté listo para el Corpus.

Será entonces cuando los visitantes del templo puedan admirar en toda su dimensión, aunque a distancia, el resultado final de la resurrección de un retablo fechado entre 1481 y 1564 y que reúne las firmas de Jorge y Alejo Fernández, Pyeter Dancart, Roque de Balduque, Pedro de Heredia, Juan Bautista Vázquez el Viejo…

Tras la investigación inicial de la obra, imprescindible para hacer un diagnóstico de su estado, patologías y razones del deterioro, se acometió la conservación y recuperación, dentro de lo posible, de todo cuando estaba oculto «bajo gruesas capas de estratos oscurecidos y desvirtuados por erosiones, faltas y repintes», tal y como indica el informe. Se han afirmado las partes sueltas de la estructura, reparados los dorados y las policromías y retirado de las superficies originales las capas de barnices oscurecidos, colas oxidadas y los antiguos repintes alterados.

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TECNOLOGÍA LÁSER

También se ha logrado eliminar mediante láser una gruesa capa de cola orgánica de fijación que se había aplicado hace más de un siglo sobre toda la superficie, oscureciéndola y provocándole serias tensiones a los estratos originales hasta el punto de desprenderlos, y que hasta ahora no había habido manera de quitar (ya se intentó a finales de los setenta) porque se carecía de las técnicas necesarias.

La restauración ha costado 1.622.601 euros desglosados en anualidades desde 2010. Con ese dinero, entre otras cosas, se ha contratado a restauradores, historiadores, aparejadores, químicos, biólogos, ingenieros, fotógrafos, dibujantes, carpinteros, electricistas y otro personal diverso, hasta sumar unos cincuenta especialistas. Lo próximo será acometer una nueva iluminación para este conjunto («y no se puede hacer de momento porque no hay dinero», dijo ayer el deán); un retablo donde, de todos modos, las tareas no han concluido del todo: aparte de las labores de seguimiento, se van a organizar unas jornadas divulgativas sin fecha prevista a día de hoy.

Pero lo más importante, ahora, es admirarlo, verlo no solo con los ojos reverentes del amante de las grandes creaciones humanas, sino también, solicita el deán, con los de la fe. A saber cuál de las dos miradas en más difícil de poner o más gratificante de empeñar en la tarea. Que nadie se olvide, pide Teodoro León, de que se trata de «la historia de la Salvación en madera». En realidad, de dos salvaciones, aunque una de ellas se escriba en minúscula salvo para quienes adoran el arte.

Como se decía, las tareas no han terminado del todo. «El retablo no se podrá dejar a lo largo de los siglos. Cada cuatro o cinco años habrá que volver a él para corregir esos deterioros que el tiempo va causando».

REVISIONES PERIÓDICAS

Todos los restauradores coincidían en algo que de algún modo los contrariaba: el hecho de que mucho de lo que han hecho en estos años no vaya a ser perceptible para el público:conducciones, afianzamientos, fijaciones… «Hemos hecho cosas que no se ven», dice la conservadora, reclamando un acto de fe también para su trabajo por parte del gran público.

Está completamente enamorada de su trabajo, del retablo, y la conmueve ver el detalle con que fueron trabajadas en su día imágenes que no iban a ser vistas apenas debido a la distancia, a la altura con respecto a los observadores, los fieles.

El amor por el detalle, por el oficio. «Se trabajaba sin pensar en el tiempo, porque entonces el tiempo no importaba». Si es que alguna vez se lo preguntaron a los artistas.

Por César Rufino en El Correo Web.