14 octubre, 2013

El guardián de El Greco

Rafael Alonso

Mientras devuelve a la vida a uno de los emblemas de la pintura universal canturrea a Sabina. A Joaquín Sabina, sí. Aquella canción que dice “la más señora de todas las putas, / la más puta de todas las señoras. / Con ese corazón, / tan cinco estrellas, / que, hasta el hijo de un Dios, / una vez que la vio, / se fue con ella, / y nunca le cobró / la Magdalena”. Esa. A la misma a la que el músico de la Transición le cantaba es a la que pintó El Greco hace más de cuatro siglos y este verano, mientras limpiaba la piel de El expolio, Rafael Alonso tarareaba la melodía.

Ahí, en la parte inferior izquierda, está ella, con túnica gris y cubierta la cabeza, junto con las otras dos Marías: la Virgen, con manto azul, y la esposa de Cleofás, cabeza descubierta, pelo recogido y una prenda amarilla. Porque ya es amarilla. Antes de entrar en el taller del Museo del Prado, donde Rafael trabaja desde hace casi cuatro décadas, donde pasa sus últimas prórrogas antes de jubilarse a los setenta años, antes esa túnica era marrón. Como la de la imagen que acompaña este reportaje, porque hasta que el museo no haga la presentación pública, ante el resto de medios de comunicación, en los próximos días, el resultado de un mes y medio de duro trabajo no podrá contemplarse, ni la plenitud de los colores que el restaurador ha rescatado.

Colores primarios, que se encadenan y contrastan en la sucesión de mantos de estos personajes: rojo, amarillo y violeta. Los colores originales, los colores de la verdad, los que fueron mancillados por la capa de mugre y miseria que trajeron los años y que derrocaron su vibración. Así, sin pedir permiso, ante los ojos y la aquiescencia de todos. Los colores que no se entendieron ni fueron capaces de asimilar. Los colores de un pintor rechazado y menospreciado por sus contemporáneos y los que vinieron más tarde. El primero de sus detractores, su rey, Felipe II, que no quería ni un renglón torcido de lo decretado por la Iglesia en Trento. El monarca conoció El expolio en su viaje a Toledo, en 1579, para asistir al Corpus. Sabemos por el padre Sigüenza que la pintura no contentó a su majestad.

“Por mucho que se le quiera mitificar, Felipe II fue un desastre para la cultura española”. Rafael Alonso es un vehemente contenido, que de vez en cuando explota con alguna versión incorrecta de lo que ha sido la Historia de España, de lo que es la práctica de la Historia del Arte en la actualidad, de los mangantes que han esquilmado el patrimonio nacional por cuatro perras. Da apellidos y rechinan los goznes de la memoria: Zuloaga, Madrazo y Beruete, “los intelectuales”, los que siempre admiraron su obra.

Ellos pusieron sobre la pista de los cuadros del Greco –y tantos otros- a los millonarios norteamericanos. “Y se fueron marchando uno detrás de otro”, como una lenta sangría que no para en un país que nunca ha defendido su legado histórico y artístico. Zuloaga se quejaba por carta de que Madrazo le pisaba cuadros y vendía antes que él. Alonso recuerda que en la gran exposición de 1902 en El Prado, cuando el pintor todavía era un “despreciable” y “ridículo” pintor, los cuadros estaban a la venta y compraron, y dejaron salir cosas. Y todos tuvieron su mordida a cambio. Pone el ejemplo de San Martín y el mendigo, con el caballo blanco visto de frente, concebido como parte del programa decorativo de la capilla de San José de Toledo y que “se vendió en los años veinte con sobornos… los sigue habiendo”. Hoy está en la National Gallery de Washington.

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Greco, capital Toledo. Toledo, capital Greco. Uno sin el otro, nada. Y la trilogía del Greco, a la que se ha dedicado en cuerpo y alma Rafael Alonso, sigue entre nosotros: El entierro del Conde Orgaz, La inmaculada Ovalle y El expolio. La troika manierista de un pintor que espera del XXI una nueva oportunidad, un siglo en el que no se le defina como un “loco, desequilibrado mental, mal dibujante, mal caricaturista, pintor de los espectros, de crueles borrones, tétrico de los atormentados por la Inquisición, de torpes manos…”. Una necedad con la que un historiador enterró su criterio bajo tierra en 1914.

El restaurador se acerca al expolio, se aleja. Mira y vuelve. Cambia el gran foco con el que ilumina sus horas de trabajo. Tiene una escalera cerca para llegar a la parte más alta del lienzo de casi tres metros, que ha abandonado la sacristía de la Catedral de Toledo para volver a la vida. El convenio firmado entre el deán y el director alojará la pieza durante algo más de un mes en el Museo del Prado (como actividad de Greco 2014), en una de las salas dedicadas al pintor griego. Habilitada para la ocasión, con la exposición de los resultados de la investigación, radiografías, reflectografías, el antes y el después del proceso de limpieza y un marco nuevo. Porque el cuadro no tiene marco, pero lo sacarán del que cubría El descendimiento de Caravaggio, que llegó de los Museos Vaticanos durante el préstamo para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Recortes, más recortes y mínimas inversiones. Un museo en apuros debe aprovecharlo todo.

Cuenta que en la estancia del cuadro entre sus manos hablaba con Enrique Quintana (responsable del equipo de restauración del Prado), para interpretar las capas más sucias y plantear una estrategia de limpieza que equilibrara la composición. Al parecer, antiguas intervenciones habían limpiado por aquí y por allá, dejando más luces y color en unas partes que en otras. El trabajo de Alonso ha consistido en hacer desaparecer esos barnices oxidados de la piel. Un proceso interpretativo que redescubre y libera el alma de la pintura, presa de la inmundicia.

Pero los restauradores no lo han tenido fácil. Los conservadores (historiadores) siempre vieron en ellos la mano ejecutora de sus caprichos. Algo ha cambiado en el tira y afloja. Él es la persona que más cerca está de la cualidad de la pincelada, ellos más próximos a los libros que hablan e interpretan la obra de El Greco. Empezó a ocuparse de los cuadros heridos del griego en el año 1981, con La Trinidad, y desde entonces han pasado tantas cosas.

“Ahora se ve, antes los historiadores no lo veían: tenían un filtro que anulaba colores, que igualaba matices y destruía la pincelada. Nosotros tenemos ventaja con respecto a los anteriores. Los historiadores de principio de siglo XX vieron estas obras muy mal, porque cuando miraban veían obras sucias y en malas condiciones”, explica Alonso para aclarar que las interpretaciones de entonces no eran válidas, porque se hicieron sin tener en cuenta los materiales ricos y el brillo del color. “En el caso de El Greco ha sido fundamental la restauración de los últimos treinta años”, que es el tiempo que lleva encargándose de toda la pintura de Doménikos Theotokópoulos que hay en los fondos del Museo del Greco, toda la colección del Museo de Santa Cruz, la de la Catedral (con 16 obras) y los del Prado.

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Y el Caballero con la mano en el pecho, por supuesto. El Premio Nacional de Restauración de 2010 recuerda aquellos aciagos días como una “anécdota”. Por primera vez y última, una intervención en un cuadro llegaba al Congreso de los Diputados. La clase política se dividió entre los que defendían la limpieza y el descubrimiento de un cuadro menos, mucho menos, oscuro y los detractores de la actuación de Rafael. Él resume aquella pelea como consecuencia de un interés político, que se desató “a los tres años de haberlo restaurado”.

Fue una intervención arriesgada, lo reconoce. Estaba tan seguro de lo que hacía, como que el choque por el cambio de imagen iba a ser fuerte. Todavía resuenan las críticas entre buena parte de los historiadores que le acusan de haber borrado la firma del pintor. Lo sabía, como se sabe que si algún día se decide limpiar La Gioconda, el revuelo va a ser mundial, porque nacerá otra imagen nueva.

Rafael subía por la Gran Vía, recuerda, y veía la imagen del retrato estampado en los posavasos en las tiendas de recuerdos, con ese fondo tan negro, con una mano y una cabeza que no se veía de dónde nacían, mientras él contemplaba en su caballete un cuerpo y un fondo gris y una atmósfera veneciana. Después de aquello los posavasos no volvieron a ser igual y él bien no lo pasó. “Había tertulia y humoristas que durante meses se dedicaron a hacer burla a costa de mi trabajo. La gente que no estaba preparada con un criterio propio siguió la corriente, pero el cuadro se defendía y se defiende solo”.

El criterio. ¿Cómo se forma el criterio? ¿Por qué hay tantos y tan diferentes en torno a un cuadro, a una pincelada? El criterio es un arma arrojadiza y El Greco es el pintor que más lo ha sufrido. Precisamente, porque nadie, ni público, ni historiadores, ni restauradores han podido etiquetarle todavía. “No es fácil, es dificilísimo. Reconozco que El Greco es muy difícil de entender, para los historiadores también. Porque hay que ver mucho y analizar mucho los detalles, cómo mueve el pincel, cómo componer”, explica Rafael para puntualizar que sin limpieza no hay interpretación válida.

Qué trabajo tan delicado y tan curioso, restaurar: devolver una pintura a un estado que nunca conoció. Iluminar. Ilusionar. Engañar y que parezca nuevo lo que tiene casi cinco siglos y hecho por un pintor que no atiende a normas. Qué personalidad la de El Greco. Tan soberbio y estoico como para mantener el rumbo de su creación a pesar del rechazo. Resistir con su norma, su lenguaje y no claudicar y hacer frente a los pleitos. La historia de la pintura no es ajena al poder, pero el poder de la pintura se sobrepone a los poderosos cuando se niega al expolio de la verdad y la libertad.

Recuerdo las palabras del sabio pintor Joan Hernández Pijuan (1931-2005), en su estudio de Barcelona. El secreto de la pintura abstracta reside en saber retirar a tiempo el pincel. Esas palabras vuelven ante El expolio. Tan cerca del cuadro ese secreto de Pijuan es el secreto de la pintura universal. Theotokópoulos componía de atrás adelante, indica Rafael Alonso: primero dibujaba sobre el lienzo con el pincel, como Tintoretto, luego aplicaba las masas de color, que concretaba plano a plano, según se acercaba a la parte más cercana de las figuras al espectador.

Hasta llegar a la vibración del color de Tiziano. “Construye desde el fondo, superponiendo capas hasta que toca el primer plano, donde utiliza una pincelada muy pequeña. A veces utiliza el rabo del pincel. No son brochazos, cada una de ellas tiene una intención distinta. Miles de diminutas pinceladas”.

Rafael insiste una y otra vez en que no es un pintor popular, que es complejo, que el público debe esforzarse para comprenderle y que, como cualquier artista que cruza el umbral de la normalidad, corre el peligro del rechazo. “Los pintores de verdad siempre le admiraron: esas lanzas –y señala la parte superior del grupo que se alborota detrás del Cristo de El expolio- las vio Velázquez y las copió para Breda. Mira esa mano haciendo el agujero en la cruz. ¡Es una mano de Goya!”.

Realmente El Greco ha logrado destruir la temática. Utiliza el motivo religioso, pero no lo reivindica. Pudiera parecer que ese pie blanco que avanza hacia la cruz en la que será torturado, y pisa una piedra con el dedo gordo (vaya ironía la del griego sufridor), mientras un hombre en un escorzo imposible barrena la cruz para clavarle ahí, pudiera ser el pie del propio Greco. Un pintor incomprendido, un hombre que siguió su camino a pesar de las amenazas, que padeció el menosprecio. Un hombre crucificado por ser como es, por pintar lo que pintó.

Y Rafael Alonso lo entiende. También pasó por su pequeño calvario por su trabajo. Y devoción. Por si le faltaba al lector algún dato de que Greco es la capital de Toledo y Rafael Alonso su guardián, su alcalde, de pequeño, camino de la escuela, pasaba por delante de la Iglesia de san Vicente y veía las pinturas del griego. Alonso es toledano, siempre ha tenido a su alcance a El Greco, “cerca de mis ojos” –que en estos momentos se empañan. “Así acabo mi carrera, con la mayor obra que podía tocar de él. No puedo imaginarme la cara de Cristo si no es como la de este cuadro. Mi mundo es El expolio. Lo tengo todo ahí”. Es un asunto personal.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.