19 marzo, 2013

El Greco, instrucciones de uso

Secundino Hernandez, pintor, junto a Carmen Garrido experta de El Prado

Lo que une El Greco, que no lo separe el hombre. Domenikos Theotocopoulos es una pasión capaz de acercar personalidades tan dispares como la del joven-pintor-de-moda-que-todo-lo-vende (Secundino Hernández) y la de la venerable-conservadora-de-arte-antiguo (Carmen Garrido). Ella está punto de rematar El Greco pintor, estudio definitivo editado por el Museo del Prado para fijar las circunstancias de las 140 obras (no más) salidas directamente del pincel del autor de El entierro del Conde de Orgaz. Y Hernández expone, tras un exitoso paso por Arco (adonde acudió representado por seis galerías), su personalísima versión de El Apostolado, obra cumbre de aquel genio griego que fue español hasta el tuétano. La revisión revolucionaria del tema religioso ya había sido adquirida por un coleccionista finlandés antes de su apertura al público el sábado en la galería Heinrich Erhardt.

Sobre El Greco y sus misterios hablaron el pintor y la estudiosa durante dos tardes, repartidas entre el taller de Hernández en Coslada, y la galería madrileña, mientras los cuadros se iban colgando.

El flechazo. ¿Cuándo se enganchó Garrido (Madrid, 1947) al Greco? , pregunta él. “Desde siempre. Antes incluso de trabajar en el Prado. Cuando hacía mis primeras investigaciones con Pita Andrade. Tener una tela del Greco ante tus ojos es algo apasionante. El misterio de su vida está en su pintura. Sus obras tienen como un imán del que no te puedes desprender”.

La memoria de Hernández (Madrid, 1975) se remonta hasta la infancia. “En casa nos compraban unos sobres de cromos en los que podían venir futbolistas, artistas de cine o cuadros famosos. Yo tengo en mi cabeza algunas caras de El Greco de aquellas pésimas reproducciones. Por alguna razón, me inquietaban. Cuando leí en EL PAÍS que se reabría la Casa Museo de Toledo, con El Apostolado restaurado, cogí el coche y me planté allí. El impacto fue total. Siempre me ha interesado conocer cómo se han pintado algunas obras de arte. Tenía ante mí un desafío y no lo pensé”.

 El misterio. ¿Por qué la serie de El Apostolado y no otras obras, seguramente más conocidas, de El Greco? Hernández recurre en su respuesta a los inagotables enigmas del artista, de cuyo nacimiento se conmemora en 2014 el cuarto centenario. “Es un reto adentrarse en un cuadro suyo buscando al artista, al hombre. Su biografía sigue pendiente de investigación. Yo he leído a fondo varios libros sobre él, no todos, ni mucho menos, pero nunca me queda claro como era, qué pensaba o por qué pintaba de esta manera…”. Garrido añade que ha habido mucha confusión en el análisis de su pintura. Como ejemplo habla de sus supuestos cuadros inacabados, esos en los que conviven partes con detalles mimados hasta extremos inimaginables y otras resueltas con un borrón más propio del impresionismo. “Son trabajos perfectamente acabados. Los daba por finalizados cuando le venía en gana. Si observamos detenidamente las manos de los apóstoles, hay algunos con manos perfectas y otros en los que solo está la mancha. Con las telas ocurre igual. Hay partes en las que se esmera de una manera increíble y otras las remata con un brochazo en negro”.

 Los colores. Las telas de Hernández y su despliegue de naranjas, ocres, verdes o azules, dan pie para que Garrido explique cómo conseguía El Greco sus famosas tonalidades. Él mismo fabricaba sus pinturas. A los colores básicos les añadía el tinte que solo brindan las plantas, el polvo de oro o las piedras preciosas y semipreciosas. Las conseguía en las tiendas de la judería. Sus mezclas eran un secreto codiciado por la competencia. Los tenderos lo suministraban bajo juramento de no abrir la boca. Hernández también trabaja sus propios colores aunque sin tanto hermetismo. Como muchos artistas, es cliente habitual de la mercería Manuel Riesgo, uno de los poquísimos negocios que sobreviven en Madrid dedicados a la venta de ungüentos para pintores.

Aproximaciones. Que nadie busque en El Apostolado de Secundino Hernández una versión fidedigna del Greco. Tampoco un ejercicio “a la manera de”. “Es fácil copiar lo externo, no las profundidades del cuadro”, comenta Garrido, mientras su mano recorre las texturas de la obra del joven pintor. La historiadora ha caído en que los lienzos son unos centímetros más pequeños que los originales. “Parece que hubiera querido seguir las normas impuestas a los copistas según las cuales, la copia tenía que ser siempre varios centímetros menos que el original. Sea como sea, es una recreación fascinante. Veo hasta maneras semejantes en la forma de enfrentarse al cuadro”.

Por Ángeles García de El País.