10 diciembre, 2013

El Greco desconocido

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Ni católico ni resignado ni españolizado, ni astigmático… Resulta que las afirmaciones más extendidas y populares sobre el Greco son solo clichés construidos a principios del siglo XX.

Así lo explica fernando Marías, uno de los mayores estudiosos del genio cretense y autor de la monumental biografía El Greco, historia de un pintor extravagante, publicada por la editorial Nerea. La nueva visión que propone Marías procede de haber pasado de tener en aquella época solo 37 documentos para valorar al pintor a los más de 500 de los que hoy disponemos, a los que se suman las más de 20.000 palabras que él mismo escribió sobre el arte y los pintores de su tiempo.

¿Y cómo es el pintor que hoy descubrimos? «Un pintor griego, no español, que no renuncia a su identidad griega a lo largo de su carrera, que se forma como un cristiano ortodoxo, no católico; que no parece interesarse especialmente por el carácter religioso que en España se le asignaba a la pintura y que piensa, en cambio, que esta es un instrumento de conocimiento de la realidad», afirma. El Greco establecía en su pintura una frontera muy clara entre las figuras que pertenecen al mundo religioso o al mundo de la ficción o de la literatura y las que pertenecen al mundo real y debían ser tratadas de un modo distinto.

En cuanto a su vida y personalidad, su españolismo es más que relativo, apunta Marías: nunca llegó a dominar la lengua española, pese a haber vivido aquí 35 años; tenía muy pocos vínculos personales con españoles y prefería la compañía de italianos o de gente que hablaba griego en Toledo.

«No era tampoco, como se creía, un personaje pasivo y que se amoldaba: estaba lleno de personalidad, de iniciativas e intentó imponer su voluntad. Era un pintor a contracorriente que quiso hacer lo que pensaba que se debía hacer. No fue un sumiso pintor que solo pensara en la religión. Hace, desde luego, pintura religiosa en un 70 por ciento de su producción porque le tocó vivir bajo el espíritu de la Iglesia contrarreformista, pero no creo que estuviera en sintonía con esos postulados». De hecho, al Greco constantemente le criticaban que estuviera dedicado a ‘lo superfluo’. «Le decían que era muy bonito lo que pintaba, pero no lo que debiera ser una pintura religiosa. Tuvo, de hecho, problemas con las autoridades de la Iglesia, incluso con pintores como Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, que pensaba que el Greco hacía de su capa un sayo».

Y no, no pintaba las figuras alargadas porque tuviera astigmatismo… «Desde luego que no sonríe Marías. Después de que se demostrara en el siglo XIX que el Greco no estaba loco [como se había dicho en el XVIII], se intentaron explicar científicamente algunos caracteres de su pintura: ‘Que alargaba mucho sus figuras, pues estaría astigmático’… No es así. Él mismo dice en sus notas que pintaba las figuras más alargadas porque es lo que hacía todo el mundo. ‘Nos gustan mucho más las figuras alargadas; y las mujeres de Toledo se ponen unos chapines para parecer más altas, más estilizadas, más elegantes’, decía. Como unos taconazos hoy. Muchos de sus cuadros eran, además, para ser vistos desde abajo: estaban situados muy en alto. Y ese alargamiento que hoy vemos al contemplarlos de frente se reducía al verlos desde abajo.

Él buscaba una corrección natural de la escala por esta disposición. Odiaba, además, las figuras enanas. Constantemente lo dice. ‘Nada que tenga que ver con lo enano’». ¿La razón de esta ‘fobia’? ¿Quizá él mismo era enano? «Pues no tenemos ni idea… No hay ninguna descripción física de sus contemporáneos».

Algunos de sus cuadros

Autorretrato ingenioso.
“El Greco hizo al menos dos autorretratos. Este, pintado hacia el 1600 -apunta Fernando Marías-, lo muestra con gorguera y garnacha revestida de piel, como un hombre de letras. Su rostro, de ojos claros, facciones asimétricas y mirada penetrante y empática, nos muestra un ser vivísimo e inteligente, como el pintor filósofo que uiseo ser”

¿Fue esta su mujer? «La dama del armiño (o, mejor, del lince) es una pintura sorprendente para tratarse de una obra del siglo XVI por el contacto visual directo de la mujer con el espectador. Pese a algunas tentativas, no se ha demostrado que la retratada sea Jerónima de las Cuevas, la mujer de origen humilde madre del hijo del Greco. Es uno de sus escasos retratos femeninos».

Luz para superar a los clásicos. «El soplón es una obra maestra del naturalismo colorístico y lumínico del Greco. Es de una gran verosimilitud en el soplado de las mejillas, la luz desde abajo del rostro, las manos a contraluz o la llama creciente… Viene a demostrar lo que él defendía: que a través de la luz y el color se podían superar las obras de la Antigüedad clásica».

Una Musa para Velázquez. «La dama de la flor en el pelo, peinada según la moda de los últimos años del reinado de Felipe II, muestra la habilidad que tuvo el Greco para enlazar retratado y espectador en un diálogo psicológico. Jerarquiza los elementos más elocuentes, como los encajes del busto, algo que Velázquez aprendería a hacer a partir de los modelos grequianos».

La elegancia, a lo grande. «Este retrato de Vicenzo Anastagi pintado en Roma representa la culminación de las capacidades del Greco como retratista. Destaca por ser de gran formato y de cuerpo entero, nunca antes realizado por él; por el naturalismo visual -color, texturas, brillos- de armadura, calzones y medias; y por la elegancia del yelmo abandonado».

Una licencia literaria. «La muerte de Laocoonte -un episodio tomado de La Eneida, de Virgilio- es la única pintura de tema literario que conocemos de su mano. Se aleja de forma absoluta del modelo helenístico de la escultura encontrada en 1506 y citada por Plinio, demostrando su libertad en las citas de la Antigüedad. Más que un remedo del grupo es una reconstrucción de lo que pudo haber sido el sufrimiento del sacerdote prudente y protector de sus hijos al ser atacados por las serpientes como castigo de los dioses».

Para mirar orando. “San Luis rey de Francia, el rey santo, es uno de los cuadros de devoción de más de medio cuerpo pintados por El Greco. El paisaje al fondo, solo recientemente recuperado, con sus poderosas nubes, fija el nivel de nuestra mirada por debajo del codo del santo y a la altura del paje que le sostiene un yelmo. Ello nos sitúa en actitud de oración, con la mirada baja, y magnifica su santa corporeidad”

Por E. Font en XL Semanal.