21 septiembre, 2015

El gran desnudo, de Amadeo Modigliani

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Autor: Amedeo Modigliani
Cronología: 1917
Técnica: Óleo sobre lienzo
Localización: Museum of Modern Art, New York

En las primeras décadas del siglo XX, las artes figurativas experimentaban una increíble transformación. El novedoso invento de la fotografía irrumpía con fuerza en el panorama artístico y lograba ganar a los artistas la batalla de la búsqueda de la perfecta y precisa representación de la realidad. Una vez más, la historia del arte volvía a cambiar y se abría un nuevo capítulo, en él que los artistas no se rindieron sino que se convirtieron en verdaderos inventores buscando nuevos caminos de expresión.

Este nuevo escenario artístico estaba dominado por el nacimiento de las vanguardias, movimientos distintos, simultáneos en el tiempo, que con su propio lenguaje intentaban reflejar un mundo de tensiones y cambios que rápidamente les arrollaba.

París, desde finales del siglo anterior, seguía ostentando el título de ser la capital del mundo artístico, con sus luces y sus sombras era la ciudad a la que llegaban los artistas de todas partes, buscando empaparse de aquel momento de revolución y dejándose llevar por las diferentes vanguardias. Pero también a ella llegaron toda uno serie de artistas que no encontraron cabida en ningún movimiento, que se movían entre dos aguas, encontrando un lugar donde dejarse influir por todo lo que tenían a su alcance pero sin llegar a unirse a ninguna vanguardia.

Este fue el caso del artista de origen italiano Modigliani, excéntrico y bohemio, podríamos afirmar que su arte en su momento fue inclasificable. Pero, con el paso del tiempo, se le vinculó a la llamada “Escuela de París” formada por artistas que al margen de sus unión física a la capital francesa también les unía era su rechazo al arte académico y una ansiada búsqueda de modernidad que tenía sus raíces en los cambios producidos en el siglo anterior.

París, por aquel entonces cosmopolita y en constante renovación, era un hervidero de artistas procedentes de todo el mundo, por ello se convirtió en el lugar idóneo para que el maestro italiano muy pronto se encontrase cómodo, un entorno idóneo donde experimentó la libertad necesaria para desarrollar su peculiar visiónn del arte.

Aunque su historia había comenzado mucho antes, una vida corta e intensa en la que cada acontecimiento influiría en sus decisiones. Amedeo Modigliani había nacido en Liborno en 1884 en el seno de una familia judía safardí, relativamente acomodada.

Su madre una mujer culta y progresista que le influirá siempre, al igual que su abuelo que le inculcará su pasión por la filosofía, una pasión que le acompañará toda su vida.
Cuando contaba con tan sólo 11 años comienza su enfermedad, iniciada con un ataque de pleuresía que le dejará para toda su vida unos pulmones muy débiles, agravándose su estado con el paso de los años y causándole la muerte cuando tan sólo tenía 36 años.

Fue justamente en esos años de niñez donde afloró su habilidad y pasión por el dibujo, por lo que su familia no duda en apoyarlo en su formación y vocación artística.

Renuncia definitivamente a los estudios regulares y comienza una serena preparación entre su ciudad natal, Florencia y Venecia, una formación en la que se mezclaba la tradición artística de su tierra y la influencia de las nuevas generaciones que formaban la bohemia italiana, preparando de esta manera el camino para un cambio que se producirá en 1906 cuando inicie su aventura en París.

Modigliani sin lugar a dudas encuentra en la capital francesa su sitio, convirtiéndose desde el principio en un personaje característico de la bohemia artística de la ciudad, y comprenderá en ese momento que no necesitaba unirse a ninguna vanguardia para llegar a ser un artista moderno y ante ellas afirmará claramente su deseo de libertad y la total independencia como creador.

Logra crear su propio estilo empapándose de lo que le atraía en cada momento, se dejó llevar por la influencia de artistas como Tolouse – Lautrec y su pasión por la línea, por la libertad cromática de los fauves y lo complementa con la admiración por la descomposición fragmentaria de la línea y el color de Cezanne pero todo ello con sus propias reglas ya que nunca dejó de ser un artista figurativo. No abandonaría tampoco la influencia de la tradición, sus fuentes eran los artistas del trecento italiano, pero también el arte egipcio y griego. Así como el arte primitivo que por aquel entonces lo estaba descubriendo toda Europa.

Siempre movido por sus impulsos y personales inquietudes, construía sus propias reglas, como la de captar lo esencial del motivo pero siempre desde su propia subjetividad. Se entregaba por completo al proceso de creación ante su modelo, terminando casi todas sus obras en una sola sesión envuelto en un método poético y lleno de intimismo.

Desde 1915 hasta 1920, año de su muerte, el artista realizó su obra más significativa, compuesta mayoritariamente por retratos y desnudos femeninos. De esta forma la mayor parte de su producción está formada por retratos y estudios de la figura humana. Son el reflejo de su entorno más cercano, ya que el motivo de estos retratos son sus amigos de Montparnasse, marchantes, pintores, poetas, y también las mujeres que vivían con ellos y, por supuesto, todas las mujeres que estuvieron relacionadas sentimentalmente con el artista. Sus retratos, aparentemente simples en su composición y tratamiento, tienen un trasfondo psicológico que no puede pasar desapercibido y por ello llaman poderosamente la atención del espectador.

Después de una etapa como escultor influido gratamente por el escultor rumano Brancussi, el arte griego y primitivo retornó a la práctica de la pintura, pero su experiencia como escultor tendría consecuencias fundamentales en su estilo, que se plasmarían en la simplificación de la imagen y en el uso del color. Sus obras logran tener un aire familiar en su elegancia y alargamiento, pero al mismo tiempo reproducen la personalidad del retratado con gran agudeza.

En el poco tiempo dedicado al género del retrato se une su desmedida pasión por el desnudo. Siempre con un claro estilo definido, en todos sus desnudos reconocemos como rasgos característicos de su propio lenguaje, una receta personal que se repite conscientemente. Las líneas sinuosas y las formas planas y alargadas se recrean en definir el trato suave y delicado de las figuras, que como no podía ser de otra forma se acompañan de los rostros ovalados característicos del autor. Para poder llegar a desprender una poderosa sensualidad y un cierto realismo velado lleno de lirismo.

Como podemos apreciar en la obra de 1917 Gran Desnudo, que nos invita a recorrer el cuerpo de la mujer, un cuerpo que ha sido serenamente modelado a través de una pincelada minuciosa acompañada de una gama de tonos cálidos. Un desnudo sencillo que logra destacar solamente por la elegancia y la simplicidad, la sensualidad del cuerpo y el tratamiento de las carnaciones. Un desnudo femenino que rebosa una sensualidad lánguida y complacida, donde la línea que perfila el cuerpo es sutil, melodiosa y elegante. El decidido trazo negro que antes delimitaba sus figuras ahora ha desaparecido y el cuerpo desnudo de la mujer dialoga directamente con un fondo que se sigue construyendo a través de grandes pinceladas en tonalidades más oscuras para destacar un hermoso cuerpo que se construye con una suave armonía de tonos pálidos, mientras que en su rostro los ojos almendrados dotan a la figura de una delicada melancolía.

Sobre un fondo casi neutro, íntimo y sin detalles y con una paleta que se ha aclarado y tiene unas tonalidades mucho más suaves, tanto en las carnaciones como en el fondo, convierten al desnudo en un auténtico reflejo de la sensualidad desplazando toda la atención hacia el cuerpo, en la que sobresale la línea ondulada que recorre el cuerpo, el cuello y el rostro de la retratada, demostrando con ello la importancia que tiene el dibujo para él. Dibujo que se acompaña con una pincelada mucho más empastada busca mostrarnos todas las calidades táctiles.

Defiende su concepción del desnudo como motivo de contemplación gozosa, como tantas veces se había repetido en la historia del arte a través de los clásicos como Botticelli, Tiziano o Velázquez y a esa tradición de la pintura italiana Modigliani aporta un lenguaje plenamente moderno, logrando el aplanamiento de las figuras femeninas, apoyado en el empleo de un punto de vista cercano y el uso expresivo de la línea.

De forma consciente los elementos del entorno, como el diván, las telas y el fondo, aun estando en el lienzo, desaparecen ante la rotundidad del cuerpo femenino que se presenta inmediato ante la vista del espectador.

El mismo año que creó esta obra se organizó una exposición dedicada sólo a él, parte de ella estaba formada por estos desnudos y el gran escándalo no se hizo esperar, viéndose obligados a cerrar a los pocos días de la inauguración.

Su situación en la capital francesa era cada vez más precaria, vivió siempre del dinero que le enviaba su madre y de los pocos dibujos y cuadros que llegó a vender, sin olvidar que nunca le abandonó el sufrimiento por su enfermedad y porque nunca superó el escaso reconocimiento de su trabajo.

Pero aun así Modigliani demostró con creces que se podía ser un artista moderno sin tener que pertenecer a ninguna vanguardia, desprendiendo toda su obra un magnetismo arrollador.

Apasionado y atractivo durante su corta vida creó su propia leyenda, la del perfecto artista romántico, de carácter rebelde, desmesurado en sus pasiones y dotado de una fuerte personalidad artística. Su obra, irrepetible y llena de misterio, mantiene hoy en día su carácter atemporal que la hace única, pese a que en su época no sería valorada, ya que lo nuevo aun comenzaba a ser un valor en sí mismo. Quizás, por ello, el maestro italiano creó su delicado y propio mundo a través de sus obras que nos miran desbordando una distante melancolía.

Por Laura Pais Belín.