8 noviembre, 2010

El General Belisario: Un ejemplo de lealtad

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1En los pueblos del sur y levante de la península Ibérica se producen enfrentamientos, que llegan a ser violentos, entre dos facciones, los cuales se encuentran representados por colores: “verdes y moraos” en Alhaurín el Grande, provincia de Málaga, “blanquillos y negrillos” en Lebrija, provincia de Sevilla, y como no los “blancos y azules” de Lorca, provincia de Murcia.

Desde muy jóvenes, los ciudadanos se decantan por uno u otro color, al que no renunciarán en la vida, mezclándose con ellos sentimientos religiosos, sociales e incluso políticos, pero principalmente los primeros, de tal forma que en Semana Santa en muchos lugares se reconoce a una procesión por su color.

Se dice que esta separación de la población, por colores, es una reminiscencia de los setenta años en que los bizantinos ocuparon parte de la Península, trasplantando sus controversias religiosas de los “verdes”, monofisitas y “azules”, ortodoxos, a las tierras reconquistadas para el imperio romano de oriente.

Por supuesto, poca base histórica puede tener tal aserto, debido a la larga permanencia en esas tierras, más de quinientos años, de los musulmanes, pero tal vez los españoles de dicha creencia, también estuvieran enfrentados por colores, traspasando la tradición tras la conversión al cristianismo.

Como no podía ser menos los colores: blanco, rojo, azul, morado, verde, negro, etc., representaban los equipos que competían en las carreras de cuadrigas. El traslado de la capital imperial a Constantinopla, originó el realce de las mismas en oriente, decayendo en el otro lado del imperio. En la nueva Roma, las facciones se refundieron en dos, los “verdes” y los “azules”, adoptando, los primeros el creo monofisita y los segundos la ortodoxia. El emperador tenía una misión difícil, servir de equilibrio entre las dos, porque su predilección por una de ellas, podía encender la guerra civil, como de hecho acaeció durante varios períodos, entre ellos en los primeros años del gobierno de Justiniano, que apoyó a los ortodoxos, provocando el levantamiento armado de los monofisitas. Durante unos días su trono estuvo en el aire, incluso pensó en abdicar, pero la energía de su esposa Teodora y la habilidad militar del general Belisario, redujeron a los azules, pareciendo que la paz religiosa se restablecía, pura ficción, porque aún quedaba los peor por llegar, el enfrentamiento entre iconoclastas e iconódulos, pero esa es otra historia.

Hemos puesto a este recuadro de la historia el título de “El general Belisario: un ejemplo de lealtad”. Se le podría haber puesto otros, porque Belisario fue uno de los grandes generales del imperio romano, pudiendo comparársele con Julio César o Escipión el Africano, e incluso con Aníbal. Personalmente, tras haber analizado muchas campañas militares, hasta podría afirmar que Belisario se encuentra entre los cinco mejores generales de la historia de la humanidad.

Un general pasa a la posteridad por sus victorias en los campos de batalla, pero la victoria es mucho mayor cuando se consigue a pesar de la superioridad numérica y en medios del adversario. Napoleón, en la primera campaña de Italia, venció a la coalición austro-sarda, al mando del general Beaulieu, en las batallas de Monte de la Noche, Millesino, Dego y Mondovi, con un ejército francés que le faltaba de todo, menos entusiasmo y un excepcional general en jefe. Lo mismo podría decirse de Belisario, el cual en todas sus campañas venció a sus enemigos, cuando los contrarios eran dueños del terreno, contaban con el apoyo de la población y disponían de ejército numerosos y de medios de extraordinaria potencia y efectividad.

El empleo hábil de la caballería, como reserva y para profundizar en el despliegue enemigo, envolverlo o desbordarlo, son acciones tácticas empleadas por Napoleón y Belisario, estando casi seguro, que el primero no conocía las campañas de éste. En otro recuadro futuro, podemos analizar las similitudes de los dos personajes y también sus grandes diferencias, porque si Napoleón era soberbio, Belisario siempre fue humilde.

Belisario fue soldado desde su infancia. Su mente despejada y la educación que recibió, le hizo ser un políglota y un profundo conocedor del arte de la guerra, al principio de forma teórica, estudiando los tratados de sus predecesores y posteriormente con la práctica obtenida tras muchos años de combatir. Él mismo comentó a sus amigos y estos lo recogieron documentalmente, que la lectura de Tucídides y de Jenofonte, le habían enseñado más que su estancia en al Academia Militar de Constantinopla.

No existen muchas biografías de Belisario traducidas o en castellano, pero existe una, la de Robert Graves, titulada “El conde Belisario”, de la que existen muchas ediciones y que recomiendo su lectura, si tras la visualización de este recuadro, llega a calar en el lector el personaje.

Justiniano, sobrino del emperador Justino y posterior emperador, conoció desde muy temprana edad a Belisario, haciéndose amigos de juventud, incrementándose cuando ambos se casaron con dos mujeres también amigas, las dos procedentes del mundo de la farándula.

Figura_2Justiniano ha pasado a la historia con el sobrenombre de “el Grande”, aunque siendo persona de gran inteligencia y conocimientos de todo tipo, carecía de la facultad más importante de un gobernante: capacidad de decisión, sobrepasándole en muchas ocasiones los acontecimientos, ante los cuales se disponía a huir o a abdicar, evitándolo la energía de su esposa Teodora, de Belisario y de la esposa de este, la bella Antonina.

Es una afirmación histórica que el “poder corrompe”, y el que lo ostenta por muchos años, cada vez se considera más “elegido de Dios” y menos en contacto con los hombres. Justiniano, procedía de familia humilde, elevada a la púrpura por la designación como heredero, por su tío, Justino, que se enroló en el ejército muy joven, ascendiendo a fuerza de valor y de méritos hasta comandante de la guardia imperial y posteriormente jefe del ejército, siendo elegido emperador a la muerte de Anastasio, cuando ya tenía setenta años.

Justiniano, fue emperador o “basileus” desde el 1º de agosto de. 527 hasta el 14 de noviembre del 565, gobernando más de treinta años, lo que le hace ser uno de los reinados más largos de la antigüedad. Procedente del pueblo, se convirtió en un ser divino, tanto que la Iglesia ortodoxa los elevó a los altares, conmemorándose su santo el 14 de noviembre.

Quiso resucitar el imperio romano, uniendo la parte occidental a la oriental y para ello contaba con su amigo Belisario, el cual, aparte de los ejércitos propios del imperio, solicitó y obtuvo, que pudiera formar una unidad dependiente de él, creando una fuerza de caballería que lo mismo servía para una carga a caballo con lanza, que para atacar a galope con arcos y arrojando flechas, como combatiendo a pie, de tal manera que un escuadrón de doscientos jinetes del regimiento de Belisario, equivalían a más de mil de cualquier otra unidad.

Antes de poder restaurar la unidad imperial, se presentó para el imperio bizantino, la amenaza persa, y allá fue enviado Belisario, para con los soldados existentes en la frontera, más los poco que pudiera reclutar, incluidos los de su propio regimiento, alcanzara no sólo éxitos militares, sino también políticos, materializando una paz más o menos duradera con los sasánidas.

Tras la pacificación de este frente, al que tuvo que volver en más de una ocasión, dado que las “paces duraderas” eran de escasos años, quiso Justiniano, reducir a los vándalos que habían ocupado las antiguas provincias romanas del norte de África.

Las victorias siempre siembran envidias y rencores, y la nobleza que rodeaba al emperador, denunciaba constantemente a Belisario, por extralimitación en sus funciones y de traición, por querer deponerlo y sustituirlo como máximo dirigente del imperio.

A lo largo de los años, se repitió el tema, y el general victorioso era llamado a Constantinopla, para defenderse de los ataques de sus enemigos, saliendo siempre airoso, no sólo por la confianza que aún depositaba en él Justiniano, sino también por la creencia de la emperatriz Teodora, que era el garante más fiel del imperio.

Pero la injuria entraba como una semilla en la mente, cada vez más debilitada, de Justiniano. La separación durante años de los dos amigos, hicieron el resto. Tras la reconquista del imperio romano de Occidente: sur de Hispania, norte de África, Itálica y parte de las Galias, realizada conjuntamente con otro general bizantino, no tan brillante, pero muy eficaz: Narsés, fue llamado por última vez a la capital imperial.

Figura_3Justiniano, sin formación de causa, lo destituyó de todos sus cargos, se apoderó de todos sus bienes, le sacó los ojos y le obligó, si quería seguir viviendo, a pedir limosna en la puerta de las iglesias. En todo momento, Belisario nunca protestó y aceptó sin rechistar, elevando la lealtad hasta un nivel heroico, las decisiones tomadas por su antaño amigo y ahora representante de Dios en la tierra.

Las figuras que se acompañan, reflejan la posición de Belisario, a la derecha del emperador, en el mosaico que se conserva en Ravena (figura 1), hasta los cuadros de Vincent (figura 2) y David (figura 3), en los cuales se observa a un Belisario ciego, recibiendo monedas de los soldados y de las gentes que lo reconocían.

La historia y la leyenda se confunden en los últimos años de los dos personajes. Hay historiadores que reconociendo la pérdida de confianza de Justiniano, eluden el dejarlo ciego y pobre. Parece ser que Flavio Belisario vivió al final de su vida, tranquilo, junto con su esposa.

Los dos personajes murieron con escasas semanas de diferencia en el 565, diez años más tarde, el imperio que habían forjado, comenzaba de nuevo a tambalearse y empezaría un lento declinar que culminaría en el 1452 con la caída de Constantinopla en manos de los turcos.

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