21 mayo, 2013

El Cau Ferrat se adapta al siglo XXI sin perder su esencia modernista

Cau Ferrat

El Cau Ferrat y el Museo Maricel de Sitges son dos ejemplos de museos de coleccionista en los que, en condiciones normales, —es el ADN de estos centros—, se exponen miles de obras de arte en una especie de horror vacui. Lo excepcional es poder ver las salas de estos edificios vacías y poder admirar los detalles de la arquitectura, normalmente oculta. Este viernes, víspera del Día Internacional de los Museos, se pudo ver vacías, por primera vez, las estancias del Cau Ferrat y la Casa Rocamora, a medio rehabilitar, tras concluir las obras de reforma y mientras acaban los trabajos de aclimatización, iluminación y seguridad previas a la instalación, de nuevo, de las 3.000 piezas que allí se exhiben abigarradas

Tras el recorrido con Vinyet Panyella, responsable de los museos de Sitges, quedó claro que el Cau Ferrat volverá a ser lo que ha sido siempre: el Templo del Modernismo, según su creador, Santiago Rusiñol, pero perfectamente adaptado al siglo XXI.

Desechadas las intervenciones agresivas del anterior proyecto, no habrá ni rampas exteriores, ni urna acristalada en la fachada marítima, ni pavimentos originales levantados para ocultar conducciones de aire y luz. El nuevo proyecto que impulsa, desde el 2011, el Consorcio del Patrimonio de Sitges formado por Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona (9 millones de euros y que continúa dirigiendo el arquitecto Emili Hernández Clos) busca, por encima de todo, que la remodelación pase desapercibida y “mantener el espíritu modernista y noucentista de los edificios”, según Panyella.

El sol y el mar, que le dan uno de los mayores encantos a estos edificios, también han provocado el mayor de los dolores de cabeza. Su acción había alterado suelos, paredes y hacía peligrar la conservación de las obras. Se han restaurado las vidrieras de todo el edificio y se han protegido exteriormente por filtros para evitar la acción de la luz. “El edificio ha estado abierto dos años, y hay mucha humedad, pero conseguiremos acabar con ella”, explicó en un momento de la visita Panyella.

Durante los trabajos se han recuperado muchos de los elementos que habían ido desapareciendo desde 1933, año en el que Joaquím Folch i Torres inauguró la musealización de la casa taller levantada sobre dos casas de pescadores por Rusiñol (fallecido dos años antes) y donde había reunido una enorme colección de arte a lo largo de su vida. Es el caso de cinco medallones de cristal modernistas que se han colocado en la Sala del Brollador tras rescatarlos de los almacenes y la restauración de las 7.000 piezas de cerámica ornamental que decoran todo el edificio, sobre todo zócalos y frontales de escalones, mientras que los suelos cerámicos, alterados por la humedad se han sustituido por piezas nuevas.

Uno de los cambios que más se percibirán es el color de las paredes. Ya se pueden ver las pruebas de color del blau de Sitges (añil) con el que se pintarán las estancias del piso inferior, mientras que la sala noble del edificio, el enorme y majestuoso salón modernista del piso superior muestra todo su esplendor: la piedras de las paredes han perdido su color grisáceo y ha recuperado el dorado original, mientras que las gárgolas y el artesonado del techo de madera “sin ninguna función, más allá de la decorativa. Puro Modernismo”, apunta Panyella, han recuperado su aspecto original. De forma paralela, en los últimos seis meses, se han restaurado una treintena de muebles originales que usó Rusiñol y que volverán a exponerse.

Con la reforma, la Casa Rocamora, hasta ahora cerrada al público y que el primer proyecto condenaba a desaparecer, adquiere un papel protagonista ya que acogerá el vestíbulo y será el comienzo de la visita. Además, acogerá exposiciones temporales organizadas con las más de 2.000 obras que están en la reserva.

La próxima cita antes de la inauguración, prevista para finales de este año, será cuando se cuelgue la primera obra. “Será una de Rusiñol, no diré cuál, pero promete ser muy especial”, asegura Panyella. En 2014 los esfuerzos se concentrarán en el edificio vecino del Museo Maricel, construido por encargo del americano Charles Deering en 1910 y en el que se podrán ver otras 5.000 piezas. Entonces, más que nunca, Sitges será sol, playa, sexo, pero también cultura.

Por Ángel Montañés en El País.