7 junio, 2011

El arte que se salvó de la quema (La Razón)

Un libro analiza cómo se protegió el patrimonio cultural catalán durante la guerra.

Barcelona-La escena es ilustrativa de las tensiones de la época. El 22 de julio de 1936, muy pocos días después del inicio de la Guerra Civil, la Generalitat decretó la incautación de la fabulosa colección de pintura del líder de la Lliga Regionalista, Francesc Cambó y su depósito en el Museo de Arte de Cataluña. Pero no fue fácil poner en marcha el decreto:  el domicilio de Cambó, en la Via Laietana, había sido ocupado por los comités de la FAI y de la CNT, protegido por una guardia armada. El entonces conseller de Cultura, Venturas Gassol, no lo pensó dos veces y negoció el rescate de las obras directamente con el líder anarquista Buenaventura Durruti. A cambio de fondos para la biblioteca de la Juventudes Libertarias, Durruti dejó que los bienes de Cambó se pusieran a buen recaudo.

Conocidos y anónimos
Este episodio es uno de los muchos que aparecen en las páginas del ensayo «Salvem l’art!», escrito por Francisco Gracia y Glòria Munilla, y editado por La Magrana. El libro expone con todo lujo de detalles cómo se llevó a cabo la protección del patrimonio cultural catalán en los años del conflicto bélico y los primeros de la posguerra. Para ello los autores siguen el trabajo realizado por muchos personajes, algunos conocidos –como Pere Bosch, Joaquim Folch i Torres o Joaquim Borralleras– y otros anónimos. El volumen llena un vacío bibliográfico sobre un tema que, en nuestro país, se ha centrado casi monográficamente en la situación del Museo del Prado entre 1936 y 1939.

Gracia, en declaraciones a LA RAZÓN, explicó que el tema analizado en «Salvem l’art!» no ha sido víctima de «un silencio querido. Lo que pasa es que la importancia de las colecciones del Museo del Prado y del Palacio de Liria han ocultado lo que se hizo en Cataluña. Hace un tiempo, participamos en un coloquio precisamente en el Prado sobre la salvación del patrimonio durante la guerra y vimos que había un conocimiento reducido de lo que pasó en Cataluña».

Los autores creen que las autoridades catalanas de la época, pese a la mala publicidad dada en su momento por el franquismo, «hicieron un trabajo excelente. Gracias a ellos hoy podemos disponer de las colecciones de museos como el Arqueológico o el Nacional de Arte de Cataluña. A partir de julio de 1936, con independencia del color político, una serie de hombres vio que se tenía que poner en marcha una labor para conservar el patrimonio más allá de la protección oficial. Y se hizo creando un modelo que, por ejemplo, tomó el Museo del Louvre durante la II Guerra Mundial. Se trataba de no mover únicamente una o dos obras sino todo el patrimonio para permitir su conservación». Gracia y Munilla subrayan que la labor de la Generalitat logró que «no se perdiera ni una sola pieza».

El libro explora casos curiosos como el de Caterina Albert, la escritora que pasó a la historia bajo el seudónimo de Víctor Català y que era propietaria de una importante colección de restos arqueológicos. «En julio de 1936, la Generalitat entendió que debía cuidar de las colecciones públicas, pero también de las privadas. En el caso de Víctor Català, ella era propietaria de una serie de piezas que había comprado legalmente, pero que procedían en algunos casos de excavaciones furtivas en L’Escala y Empúries», explica Gracia. A través de un decreto de incautación, la Generalitat se quedó con esos materiales. Al terminar la contienda, todas las piezas volvieron a sus propietarios legítimos con excepciones, como en el caso de la escritora. «Hay un tira y afloja, devolviéndose solamente una parte», recuerda el autor de «Salvem l’art!».

Los autores no se arriesgan hoy a realizar un cálculo de lo que pudo salvarse, aunque trabajan en un segundo libro en el que quieren analizar con más detalle esta cuestión. «Es muy difícil hablar del arte perdido porque no había en ocasiones inventarios, como sucede con el patrimonio depositado en iglesias», matizan los autores que recuerdan, por ejemplo, el saqueo que hubo con el tesoro de la catedral de Tortosa.  «Las iglesias sufrieron las consecuencias de la revolución: se saqueaban, se destruyeron sus archivos, los edificios se utilizaban como oficinas de partidos o sindicatos. Fue un panorama brutal para el arte religioso», según Francisco Gracia.

Pese a todo, un grupo de valientes lucho contra los elementos. Los responsables de «Salvem l’art!» sostienen que «la Generalitat tenía pocos recursos para el orden público. Gassol y su gente salen a salvar lo que pueden y toman medidas para conservar lo que se guarda en los monasterios de Montserrat y Poblet. Lo que no pueden hacer es ir detrás de cada milicia patra poder vigilarlos. Es un error seguir pensando que no se hizo nada por el patrimonio artístico porque se logró muchísimo».