14 julio, 2011

El aguador de Sevilla

Cabecera_Joya

Laura Pais Belín

Autor: Diego Velázquez.
Cronología: 1620 ca.
Localización: Wellington Museum. Londres.
Técnica: óleo sobre lienzo.

img_contenido_JoyaEl siglo XVII está considerado como el Siglo de Oro de las artes Españolas, un momento que se caracterizó por el surgir de las más grandes personalidades artísticas del panorama nacional. Un tiempo de gran creatividad, en el que los artistas parten de fórmulas autóctonas de fuerte carácter y se recrean en la creación de su propio estilo.

En el ámbito de la pintura se creó una escuela de pincel rápido y seguro, que combinaba a la perfección un riguroso misticismo con un impecable efecto lumínico y un rico cromatismo que rápidamente desembocaría en originales y diferentes acentos pictóricos.

Y sin lugar a dudas el culmen de esta época lo encontramos en la gran figura de Diego Velázquez, convertido hoy en día en uno de los nombres claves de la historia del arte universal.

Dotado de una sensibilidad excepcional para asimilar todo que lo veía a su alrededor añadido a todo lo mejor de la tradición artística así como a todas las novedades técnicas que se produjeron en su época, podemos asegurar que la figura de Velázquez es una inigualable y perfecta síntesis de los rasgos artísticos más sobresalientes del siglo XVII. Pero sin olvidar que a esa particularidad se une su indiscutible y propio sello personal.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, nace en Sevilla en 1599, en una época en la que la ciudad andaluza era una de las más importantes de España, era el centro de las comunicaciones con las Indias, y uno de los grandes hervideros  económicos y culturales del momento. A su puerto llegaba buena parte de la pintura europea de entonces y así desde su infancia un jovencísimo Velázquez pudo acceder a las novedades artísticas que se producían en toda Europa.

Se crío en el seno de una familia burguesa sevillana siendo el mayor de seis hermanos. Con tan sólo once años entraría a formar parte como aprendiz del taller de Francisco Pacheco, que tiempo después se convertiría en su suegro al casarse con su hija Juana.

Su maestro era un pintor manierista que defendía que el dibujo era el principal fundamento del cuadro, pero Velázquez sin dudarlo se fue separando de este rígido precepto y comenzaría ya desde temprana edad a prefigurar su estilo inconfundible.

El buscaba iniciar un arte más vivo, creía en la observación directa de la realidad, y esperaba encontrar en esta observación todas las respuestas que necesitaba.

En la naturaleza todos los motivos cambian sus expresiones y movimientos, y en estos cambios buscaba la esencia de las cosas, así que comenzó a copiar incansablemente todo lo que veía a su alrededor y a prefigurar su personal estilo. Puesto que si algo lo definió e individualizó fue su manera tan particular de acercarse a la realidad.

En sus inicios se sintió atraído por el estilo tenebrista, por consejo de Rubens se trasladó a Roma en 1630 donde directamente se sentiría atraído por la antigüedad clásica y los grandes maestros contemporáneos, volvería a Madrid, allí a excepción de un segundo viaje a Italia, permanecería toda su vida como pintor del rey en la corte de Felipe IV, donde consiguió gran respeto.

Aunque su tedioso trabajo era pintar al rey y a su familia, el maestro andaluz fue capaz de convertir estos retratos en increíbles y fascinantes expresiones pictóricas.

La presencia en la corte le permitió estudiar la colección real de pintura que, junto con las enseñanzas adquiridas en Italia fueron influencias determinantes para evolucionar a un estilo de gran luminosidad, con pinceladas rápidas y sueltas. Consiguiendo en su madurez un arte que se hizo mucho más esquemático y abocetado alcanzando un dominio asombroso de la luz.

Será su buena situación en la corte como Pintor de Cámara la que le proporcionó desahogo material y una increíble independencia. Pese al tiempo dedicado a los encargos reales, su privilegiada posición le proporcionó una envidiable libertad para pintar como y cuando quiso. Y quizá por todo ello podemos apreciar en su obra lo que se ha definido como “pintura pura” una pintura hecha porque si, en la que buscaba lo que el necesitaba y quería en cada momento. Y lo excepcional se encuentra en que esto lo hizo en la época que le tocó vivir, un momento en el que las artes estaban dirigidas por la corte y las instituciones religiosas, y totalmente atadas a las normas y las modas imperantes.

En su primera etapa se quedó impresionado ante el descubrimiento del estilo de Caravaggio al que sólo pudo conocer a través de las obras de sus imitadores o a partir de grabados que llegaban a Sevilla. Si bien tomó como punto de partida los postulados del maestro italiano muy pronto también rechazó sus aspectos más ostentosos.

De esta manera asimiló perfectamente la tendencia del naturalismo y basó su arte en la observación objetiva de la realidad apartándose de cualquier convencionalismo.

Prueba de ello serán las obras realizadas en esta etapa de juventud, como El aguador de Sevilla, considerada en la actualidad como una de las obras maestras de la etapa Sevillana, por lo que se cree que fue realizada entre 1619-1622. En ella ya demuestra alguno de los fundamentos de su pintura. El lienzo durante siglos perteneció a los reyes españoles hasta que, en 1813, fue regalado por el rey Fernando VII a Lord Wellington en reconocimiento a su ayuda en la Guerra de la Independencia, y por eso hoy se encuentra en el museo londinense.

La pieza forma parte de un grupo de escenas de género, en las que las figuras comparten protagonismo con la clara representación de bodegones. Pintada en los inicios de su carrera podemos apreciar en su estilo como muy pronto Velázquez se alejó del academicismo de su maestro para poder perseguir un claro naturalismo, que tiempo después se convertiría en uno de los decisivos rasgos de toda su carrera.

En la escena nos encontramos ante tres figuras situados en un claro primer plano, un aguador y un niño, y al fondo un hombre bebiendo en un jarro, por lo que se ha insinuado que podría representar las tres edades del hombre. El aguador, un anciano, ofrece una copa con agua a un chico joven. Esa copa simbolizaría el conocimiento. Al mismo tiempo, al fondo de la escena, un mozo aparece bebiendo, como si estuviera adquiriendo los conocimientos.

Su composición audaz, en círculo, creada a través de las tres cabezas y sencilla al mismo tiempo, tres figuras sobre fondo neutro, se eleva a lo sublime gracias al tratamiento incomparable que el pintor hace de las formas y las texturas. Sobresaliendo la calidad de los objetos y el detallismo hiperrealista que se puede observar en la obra,

De esta manera la impecable técnica utilizada destaca por su vibrante realismo y por un dominio impresionante de la luz, la precisión dibujística y el perfecto acabado, mezcla de plasticidad y robustez.

En lo que se refiere a la paleta de colores quizá no destaque por su belleza pero sí por su precisa armonía, colores terrosos, ocres, ciertos matices verdosos y un blanco perfectamente situado en la composición para crear precisos efectos de luz.

Prueba de su maestría técnica es la veracidad a la hora de representar la mancha de agua que aparece en el cántaro de primer plano o los golpes del jarro de la izquierda. Al igual que nunca se había pintado tan atentamente el cristal, consiguiendo al mismo tiempo la sensación de volumen y a la vez de fragilidad de la copa. Logrando que los objetos tengan una corporeidad casi escultórica y plástica que nos da la sensación que casi podemos tocarlos.

Un realismo que lleva a sus cotas más altas en el tratamiento de las dos figuras principales que se recortan sobre un fondo neutro, interesándose el pintor por los efectos de luz y sombra. Utilizando la técnica del claroscuro, iluminando una zona del cuadro con un foco de luz desde la parte izquierda y oscureciendo el resto del lienzo, consiguiendo de esta manera que las figuras destaquen.

Llama la atención como representa al aguador a través de su rostro arrugado y su viejo capote, en el que destacan los destellos luminosos que produce su camisa blanca. Ya que en contraposición nos encontramos con el voluminoso cántaro que sobresale por su claridad puesto que hasta podemos contar las estrías circulares que lo componen.

Pero al mismo tiempo dirige nuestra mirada hacia el expresivo rostro modelado con tal pasión en el carácter que va más allá de la mera representación de los rasgos físicos.

Ya en esta temprana obra, un jovencísimo Velázquez da muestra de su genialidad a través una mezcla única de virtuosismo y control, naturalidad y pureza técnica que caracterizarán toda su obra. Una genialidad que lleva al extremo ya que el maestro elige una escena de la vida cotidiana pero la peculiaridad se encuentra en que crea la obra con la misma intensidad y penetración que un tema religioso.

Este lienzo produce gran impacto en el espectador, uno ante él ya no se fija en los personajes individuales o en su paleta de colores mesurada, sino que queda atrapado ante el realismo con el que está ejecutada la escena, una escena de inigualable armonía en la que parece que podemos tocar cada uno de los componentes del cuadro, porque logra dar la sensación de que en él todo tiene vida propia.

Se dice que algunas de sus aportaciones nunca han sido igualadas en el mundo del arte, como su manejo de la luz y la conquista de la profundidad. Porque con la sensación óptica de su luz, Velázquez conseguía representar la atmósfera de la escena. Puesto que  su profundidad e intensidad no están conseguidas por los brillos de su paleta o en la vitalidad de sus retratos sino que es el aire iluminado y su profundidad visual  donde encontramos la esencia de su arte.

Muchas veces en sus cuadros no hay nada que destaque a primera vista, pero cuando el espectador más se recrea en ellos, sus lienzos nos atrapan y uno se queda sorprendido ante las cualidades de un artista, que con su observación del natural se adelantó en el tiempo. Es esta la magia de un genio inigualable que siempre nos hará vibrar  ante su obra, por eso que no nos extrañe que hoy en día sigua siendo considerado uno de los pintores más originales y conmovedores de toda la historia.