3 diciembre, 2013

Duelo de gigantes al aire libre

-Una exposición itinerante de Henry Moore por cinco ciudades españolas celebra el 40º aniversario de la histórica muestra en Tenerife de escultura en la calle

1385670347_215126_1385670624_noticia_normalLa vida siempre ha fluido entre gigantes en la elegante Santa Cruz de Tenerife. Está La estatua,así llamada a secas en conmemoración de los logros de nadie recuerda muy bien quién; esa espiral de Martín Chirino que un mal día amaneció vandalizada por la autoridad (in)competente; y hasta el monumento a Franco, que permanece erguido en bronce contra la lógica de la historia. Pero más que nada, está la majestuosa sucesión de esculturas abstractas de la Rambla y el parque García Sanabria, que un grupo de entusiastas arquitectos, intelectuales y amantes del arte se trajeron de un país extranjero llamado modernidad aquel heroico 1973. De modo que no sorprende que la ciudad haya convivido el último mes sin grandes sobresaltos con la exposición, comisariada por Anita Feldman, de siete enormes piezas de broncíneo azabache de Henry Moore (1898-1986), revolucionario de la escultura del siglo XX y poeta del espacio público.

Si la fundación que vela por el legado del artista británico y la Obra Social La Caixa escogieron Santa Cruz como primera parada de la tournée española de Moore, que continuará en diciembre en las Palmas de Gran Canaria para después recalar en Sevilla, Bilbao y Valencia, lo hicieron como un tributo a aquella iniciativa, de la que ahora se cumplen 40 años, y que dejó en Santa Cruz obras importantes de escultores como Paolozzi, José Abad, Remigio Mendiburu o Guinovart. Entre los 43 artistas que aceptaron participar, la mayor parte sin cobrar por ello, hubo algunos, también Moore, que lo hicieron con la condición del regreso del préstamo. Entre las piezas que se pudieron contemplar allí entonces, y solo entonces, había un gargallo, un julio gonzález, un marino marini y hasta un calder.

Que Santa Cruz recobrase el privilegio de lucir permanentemente un bronce de Moore se debe al empeño del arquitecto y fotógrafo Carlos Schwartz, que trabó a mediados de los setenta en Inglaterra cierta amistad con el genio y logró convencerlo de que la ciudad había quedado “desconsolada y triste”, ante la pérdida de Figura recostada (1963), aportación del escultor a la muestra del año 1973. Para ocupar su vacío llegaría para quedarse en 1977 Guerrero de Goslar, obra cumbre de Moore, a cambio del coste de la fundición. Desde entonces, el mercenario tumbado ha servido, entre otros usos cívicos, para que los niños de varias generaciones trepasen por él.

Schwartz y el arquitecto Vicente Saavedra rememoraron recientemente aquellas circunstancias bajo los flamboyanes y laureles de indias de la Rambla en un paseo en dirección contraria al tiempo y la memoria y con rumbo al Colegio de Arquitectos, el lugar donde arranca esta historia. Como parte de ese proyecto modernizador de refinadas geometrías se construyó a finales de 1972 una plaza de acceso en la que fue colocada la pieza de Martín Chirino Lady Tenerife contra la naturaleza escarpada de la isla. Aquella fantasía curva de intenso color rojo supuso, como recuerda Saavedra, coautor del edificio junto a Javier Díaz-Llanos, el bautismo de la ciudad en la “escultura abstracta y no conmemorativa”.

La Comisión de Cultura del Colegio, que hoy asiste a la demolición sorda que le tenía guardada el tsunami de la crisis, estaba formada entonces por un heterogéneo grupo, mezcla de jóvenes entusiastas y personalidades de la cultura española, como el arquitecto Josep Lluís Sert y el pintor Eduardo Westerdahl, mítico editor entre 1932 y 1936 de los 38 números de la Gaceta del Arte, caldo de cultivo indispensable de la Exposición Surrealista del Ateneo, que contó en 1935 con la presencia de André Breton. En la estela de la refinada ambición isleña de Westerdahl y con la colaboración del crítico Roland Penrose, que escribió una elogiosa reseña en The Times, surgió el proyecto de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle.

1385670347_215126_1385671175_sumario_normalEntre los que respondieron a la llamada del remoto archipiélago al final de la noche del aún más remoto franquismo, hubo quienes se limitaron a mandar las piezas. Pero otros, muchos, viajaron a Santa Cruz para supervisar la colocación de sus obras. Durante meses, la ciudad se convirtió con la complicidad y la sorpresa de sus habitantes en un “enorme taller de artistas”, como recuerdan a dúo Schwartz y Saavedra. La ocasión lo merecía: entonces, la idea de la escultura pública era solo una quimera ensayada con timidez en el museo madrileño a la intemperie de la Castellana; aún no se había celebrado el concurso de escultura al aire libre de la Autopista del Mediterráneo y las efigies de Botero o Valdés todavía no eran moneda común en el paisaje urbano de nuestras ciudades.

Mucho han cambiado las cosas en el género del arte público. Casi cuatro décadas de democracia han dejado tras de sí cadáveres en rotondas y plazas de media España en nombre de la especulación urbanística y la ansiedad de las autoridades por cortar la cinta inaugural a tiempo de salir en la foto oficial. Los retos de conservación, con todo, siguen intactos. En el mismo ideario utópico de la escultura al aire libre (alterar con modales de museo la cotidianidad de un público poco inclinado a visitar los templos del arte) se encierra su propia condena: el vandalismo y el incivismo aún se antojan, tantos milenios de civilización después, irradicables.

La oportunidad de la efeméride ha permitido al menos a los impulsores de aquel sueño arrancar de las autoridades tinerfeñas un mayor compromiso con la restauración de las piezas. Y eso incluye la puesta al día de la que Plensa, acaso el escultor español más internacional y último premio Velázquez, instaló donde la rambla se precipita hacia el océano para conmemorar en 1994 el 20º aniversario de aquella hazaña.

Entretanto, y como testimonio de lo que pudo ser y en cierto modo fue, ahí sigue el guerrero de Moore, que parece contento de haber estado acompañado este mes en una exposición única por siete de sus hermanos de bronce.

 

por IKER SEISDEDOS, EL PAÍS