30 abril, 2013

Dos féminas escandalosas toman el Palacio Ducal

Olympia de Manet

Una es cálida, tierna, dueña de una belleza nostálgica. Cubre el pubis con la mano izquierda y encanta al espectador con una mirada dulce, mientras reposa en una habitación familiar y luminosa. La otra, fría, cruel, bajita, poco agraciada. Fija al público con un aire indiferente desde un escenario oscuro y lujurioso. Ambas féminas, La Venus de Urbino de Tiziano y Olympia de Manet han tomado el Palacio Ducal, sede de la exposición Manet, retorno a Venecia, a partir del día 24 y hasta el 18 de agosto.

En la sala Los destinos de Venus, que hospeda ambos íconos de la historia del arte se respira una atmósfera erótica especial. Cuando se llega a este punto, todos quedan boquiabiertos al ver reunidas por primera y tal vez única vez dos espléndidas obras maestras. Una ocasión única para admirarlas y encontrar las similitudes que las unen. En Tiziano el desnudo es objeto de deseo; en Manet, objeto de pintura pura que cambió la historia del arte. Y creó tantos escándalos e incomprensiones. La Venus de Tiziano es un préstamo excepcional de la Galería de los Uffizzi de Florencia. Pintada en 1538, retrata a una mujer como Dios la trajo al mundo, tumbada en suaves almohadas. La luz es difusa, como intentando acariciar la piel. Junto a ella duerme un perrito, símbolo de fidelidad. El pintor veneciano recibió el encargo de crear una obra nupcial para la habitación del duque de Urbino, Guidobaldo della Rovere. La obsesión por la tela le hacía soñar más con poseer el cuadro que a su amada. La luz de Olympia (1863) es densa. La piel es pálida, cadavérica. A sus pies, un gato negro. Representa la imagen de una prostituta contemporánea que mira impúdica y segura. Y a diferencia de su compañera de sala, Olympia no era una prostitututa, sino la modelo favorita del pintor francés que ya había escandalizado con su desnudez en Déjeuner sur l’herbe, también presente en la muestra que reúne 80 obras procedentes de todo el mundo, en especial del Musèe d’Orsay de París, la entidad que conserva la mayor parte de la herencia de Manet. Al inicio del recorrido expositivo, una pequeña muestra fotográfica documenta la atmósfera que Manet encontró en Venecia en sus dos visitas: en 1852 cuando todavía era austriaca y en 1874, esta vez, italiana.

La chica “mala” de Edouard Manet (París 1832-1883) nace tras uno de los viajes del maestro francés a Italia. Entre 1853, 1857 y 1874 visita Venecia, Florencia y Roma. Transcurre seis años copiando y estudiando la composición de Tiziano en La Venus de Urbino y tras el análisis del genio italiano presenta Olympia al Salón de París de 1865, pero es rechazada. Lueven críticas feroces. Califican la obra de horrible y escandalosa. Desde el nacimiento del polémico cuadro de esta mujer nada guapa y demasiado moderna para la época, el padre del impresionismo revoluciona el desnudo femenino. “Manet destruye el perfil erótico de la pintura, antes basada en la dialéctica entre ver y tocar. Su desnudo mira a los ojos. Verlas juntas me provoca una gran sorpresa y confirma lo que se pensaba: siempre se ha creído que su influencia de Manet se basa en Goya y Velázquez, pero Tiziano también fue muy importante en su formación temprana”, declara a EL PAIS, Guy Cogeval, uno de los comisarios y director del Musée d’Orsay de París. Adelanta que han iniciado las negociaciones para llevar Olympia a El Prado.

Manet viaja a España en 1865 y queda maravillado con el uso del negro y la composición de Goya y Velázquez. Realiza una serie de obras que son un homenaje a los maestros españoles como Lola de Valencia y Le Lifre, colgados en la sala Una España muy híbrida. “El viaje a España no fue nada agradable, se lamentaba de la comida y de otras cosas, pero fue muy motivado para conocer los maestros españoles. Cabe recordar que antes de visitar El Prado había realizado la mitad de su obra. Através de sus visitas a el Louvre conocía la pintura española antes de trasladarse a la Península.Goya y Velázquez le parecen los más modernos y mejores, pero esto no hace desparecer la escuela italiana, que es mucho más importante en el inicio de su formación”, comenta Cogeval.

Manet, retorno a Venecia indaga la influencia de los pintores del renacimiento italiano y veneciano tales como Rafaello, Tiziano, Tintoretto, Lotto en en la formación temprana del padre del impresionismo y al mismo tiempo escribe un nuevo capítulo en la historia del arte. La idea rondaba desde hace algún tiempo en la cabeza de la directora de la Fundación de Museos Cívicos de Venecia, Gabriella Belli. “Venecia agrupó gran parte de la cuna Renacimiento pictórico en Italia, tales como Giorgione, Tiziano, Veronese, todos muy ligados a la escuela veneciana. Era necesario contar Manet con una mirada italiana porque falta en su historiografía crítica. Los franceses han valorizado escasamente la memoria del arte italiano en la obra de Manet porque han querido demostrar que son los grandes en siglo XIX. No es así. Es difícil convertirse en moderno sin pensar en el Renacimiento italiano”, comenta Belli a esta periodista en la sala Manet, pintor de la sociedad, delante de otra obra maestra, Sur la plage (Manet, 1873).

Cuando Manet es ya un pintor de fama consagrada y se acerca a la visión moderna del París de finales del siglo XIX, en su pintura aparecen algunos recuerdos muy venecianos. Eso es evidenciado en la sala Entre música y teatro donde cuelgan El Balcón de Manet junto a Dos damas de Vittore Carpaccio. “En ambos casos, la pintura está fuera, no se sabe qué ven realmente las protagonistas de Manet y de Carpaccio, las cuales aparecen suspendidas, en una atmósfera silenciosa, muy interior. No es pintura narrativa, la composición es rigurosa”, continúa Belli. Se detiene delante de El baile de máscaras de Manet, expuesto al lado de otra obra emblemática, Il Ridotto di Palazzo Dandolo a San Moisé de Francesco Guardi. El baile de máscaras también fue rechazado para participar en el Salón de París; corrió el mismo destino de Olympia y Desayuno sobre la hierba, fueron considerados demasiado contemporáneos para el Salón. Esto lo hacía un artista triste, no obstante lo intentaba cada año”. En el atardecer de su carrera deja Veduta de Venecia, (1874) que cierra la exposición. El pequeño cuadro evidencia la evolución creativa cuando decide dedicarse a la luz y a los sujetos en movimiento. Y aunque no logra participar en ninguna de los ocho muestras de los impresionistas, tras su prematura muerte a los 51 años, Manet, era ya el padre de una corriente artística que cambió el rumbo de la pintura.

Por Milena Fernández en El País.