7 abril, 2015

Dioses, tumbas, sabios… y mascotas

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Los egipcios amaban a los animales. No es necesario ser egiptólogo para saber eso. Representaban a sus dioses con cabezas y atributos de animales, se hacían acompañar de mascotas, las domesticaban y momificaban, representaban la salida del sol con la figura de babuinos y decoraban sus muebles con figuras de bestias salvajes. Los egipcios amaban a los animales, pero no eran zoólatras; no los adoraban.

‘Animales y faraones. El reino animal en el Antiguo Egipto’ es la exposición que muestra con mayor detalle la especial relación que tenían los egipcios con la fauna que poblaba aquellas tierras próximas al Nilo, muchas de cuyas especies se han extinguido. La Obra Social de laCaixa y el Museo del Louvre organizan conjuntamente esta muestra que se inaugura hoy en Madrid, donde permanecerá hasta el 23 de agosto, antes de viajar a Barcelona.

Las cifras dicen que en la planta segunda del moderno edificio del Paseo del Prado se exhiben 430 objetos que han sido seleccionados de entre los eternos fondos del museo parisino (y algunas piezas del Museo Arqueológico Nacional y de Ciencias Naturales), para explicar esta intensa relación mediante esfinges, estatuas, estelas, vasos, jarras, acuarelas, sarcófagos y 14 momias de animales.

Hélène Guichard, conservadora jefe del departamento de Antigüedades Egipcias del Louvre, es la comisaria de esta exposición, para la que ha sido necesaria la restauración de 260 piezas, y donde el elemento más destacado es un conjunto escultórico de granito rosa de Asuán que representa a unos babuinos, que pesa seis toneladas y cuyo traslado y montaje en la exposición ha sido algo más que complejo, “una auténtica obra de ingeniería”, asegura la directora adjunta de la Fundación la Caixa, Elisa Durán. Es la primera vez que sale del Louvre, desde que entró allí en 1836, al rechazar la puritana sociedad del siglo XIX la visión de sus atributos viriles en la plaza de la Concordia, en la base del obelisco oriental del templo de Luxor.

Una relación “consolidada”

El grupo de los babuinos y la cabeza de un cánido de la estatua de un dios, en madera policromada, de entre el 664 y el 332 a.C., son objetos que nunca antes habían salido del Louvre, que con esta exposición “consolida” su colaboración con CaixaForum, aseguran Durán y Guichard. “Nuestra motivación es explicar lo más claramente posible qué relación tenían los egipcios con el mundo animal”, añade la conservadora gala, que recorre la exposición con un legítimo orgullo por lo espectacular de la museografía.

En la exposición se registran más de 60 especies de animales diferentes, algunas de las cuales ya han desaparecido. Lo más representado son los gatos, que tenían un papel práctico en las casas (limpiarlas de roedores) por lo que vivían cerca de las familias. De hecho, el carácter maternal de la gata la llevó a representar a la diosa Bastet, protectora del hogar, los hijos y las embarazadas.

El mundo egipcio siempre buscaba el equilibrio. Es por ello que no se puede concebir el bien sin el mal, y por ello había animales intrínsecamente buenos y otros, como algunas bestias del desierto, “a los que se temía mucho, como la diosa leona de la guerra y la venganza, Sejmet, que podía traer todas las calamidades posibles cuando estaba enfadada”, explica Guichard. “Era indispensable calmarla con ofrendas y se volvía tan protectora como agresiva era antes”, añade.

En las nueve secciones que componen la exposición se pueden contemplar a las mascotas, a los animales que servían de ayuda en la vida cotidiana, a los que se relacionaban con la subsistencia o a los que tenían una función de amuleto.

“Luego, el arte egipcio se apodera de los animales para hacer comprender a la gente los fenómenos naturales o metafísicos, merced a la comparación e incluso a su asimilación a través de metáforas y también se apropian de ellos para explicar la divinidad y lo todopoderosos que eran los faraones”, asegura Guichard.

Los animales se momifican, como los 14 ejemplares que se exponen, porque se convierten en algo sagrado, y son depósito de una pequeña parte de la divinidad que representaban: “Mandarlos al más allá era una forma de que hicieran también de intermediarios entre el muerto y dios”.

Por Esther Alvarado en El Mundo.