9 mayo, 2014

Detectives del Antiguo Egipto (2): Los restauradores del esplendor de las tumbas de Tebas

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Siguen llevando el clásico sombrero de ala ancha, que incluso en febrero resulta imprescindible para protegerse del sol de Luxor. Pero los egiptólogos que cada año viajan al país del Nilo para intentar reconstruir su glorioso pasado trabajan de forma muy distinta a los primeros arqueólogos o a los de la época en la que Howard Carter descubrió la tumba del faraón Tutankamón (1922), cuya réplica acaba de abrirse al público en un intento por preservar la original.

La tierra de los faraones ya no es sólo territorio de los arqueólogos. Los equipos españoles de los proyectos Djehuty, en Luxor, y Qubbet el-Hawa, en Asuán, son un ejemplo de cómo la incorporación de antropólogos forenses, restauradores, químicos, geólogos, arquitectos, ingenieros o topógrafos a las excavaciones está cambiando la manera en la que se estudia uno de los periodos más fascinantes de la Historia.

“Además de contar con los objetos y los restos humanos que encontramos, lo que llamamos cultura material, los egiptólogos tenemos la suerte de disponer de mucho material escrito gracias a la obsesión que tenían los egipcios por registrarlo todo”, relata José Manuel Galán, director del proyecto arqueológico español Djehuty, mientras recorremos el yacimiento en el que trabajan más de un centenar de obreros egipcios y una veintena de investigadores y especialistas españoles y extranjeros.

Nos encontramos en la necrópolis de Dra Abu el-Naga, en la orilla occidental de la ciudad de Luxor (antigua Tebas), donde los españoles excavan desde hace ya 13 años. Visitamos al equipo Djehuty a mediados de febrero, cuando apenas faltan diez días para el final de esta campaña en la que han realizado importantes descubrimientos, entre los que destaca un ataúd intacto del 1600 a.C denominado Neb y a cuya apertura asistió EL MUNDO.

Este proyecto, modesto en sus orígenes, comenzó en torno a la de un alto funcionario llamado Djehuty, supervisor del Tesoro de la Reina Hatshepsut durante la Dinastía 18. Su tumba (del 1470 a. C.) fue una de las primeras que tiene decorada la entrada y, aunque se conocía desde mediados del siglo XIX, no había sido estudiada.

En esta zona se había construido un poblado, cuyas casas fueron derribadas y sus habitantes trasladados para poder llevar a cabo los trabajos arqueológicos. Los españoles emplearon cinco campañas en excavar el patio, que había sido usado como vertedero del poblado. Para su sorpresa, “resultó ser enorme”. Poco a poco, al ir ampliando la zona de excavación han ido encontrando más enterramientos, hasta sumar una docena en una zona relativamente pequeña.

La bajada a la cámara sepucral

“La tumba de Djehuty es un monumento a la escritura”, dice satisfecho Galán, arqueólogo del CSIC. Desde la misma entrada, en la que describe con detalle cómo recaudaba impuestos y gestionaba los materiales preciosos que llegaban de África, hasta la cámara sepulcral, situada a 12 metros de profundidad y decorada con uno de los ejemplares más antiguos del Libro de los Muertos escrito en tres dimensiones.

Para bajar a la cámara hay que ponerse un casco y descender por un pozo a través de una escalera fijada a la roca. Primero se recorren ocho metros y luego otros cuatro. Abajo hace calor y se nota la humedad. Nos sentamos en unos taburetes de plástico mientras Galán alumbra con una linterna las paredes que aún conservan algunas de las pinturas y traduce algunos pasajes de estos textos funerarios que ayudaban al difunto en su viaje al más allá.

Para el arqueólogo madrileño, el legado escrito de los egipcios es un auténtico tesoro e investigarlo, una de sus mayores satisfacciones: “Lo bonito es que los textos no te dicen lo que ha ocurrido, sino lo que quieren que sepas y lo que desean que trascienda. No accedes a los hechos, sino a sus mentes, a sus ideas, a lo que consideran importante. En Historia, reconstruir los hechos es más difícil que reconstruir las ideas”, añade.

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Acceder a las zonas donde están realizando descubrimientos no es fácil: “Este año ha habido que retirar dos metros de basura moderna. Lleva mucho tiempo y trabajo, pero debajo está lo antiguo intacto. Los escombros echan para atrás a muchos egiptólogos, pero también protegen. Nuestra filosofía es que todo esfuerzo tiene recompensa”, señala Galán.

“En ciencia hay que buscar huecos de conocimiento, ver lo que no se ha investigado hasta ahora. Y hasta ahora nadie había estudiado los patios”, señala. “Lo que demuestran estas tumbas preciosas construidas durante la época de Djehuty es que antiguamente los egiptólogos despreciaban el exterior. Entraban, documentaban y publicaban. Y en el mejor de los casos, restauraban algo. Nosotros fuimos de los primeros que pensamos que el patio de entrada era un lugar importante del monumento, tanto como la parte interior, porque es donde se despide al difunto, donde se le hace la ceremonia de la apertura de la boca, donde cada año los familiares venían a comer con él”, enumera.

Arqueología del paisaje

Asimismo, se muestra orgulloso de haber podido contribuir a demostrar que la necrópolis tenía un urbanismo y aportar conocimiento en un área que denomina arqueología del paisaje: “Las tumbas se agrupan una detrás de otra, casi como si fueran chalés adosados, siguiendo la colina. Y esto algo que no estaba muy documentado. Normalmente, en Tebas, un proyecto extranjero cogía una tumba y se excavaban como si fueran independientes, separadas unas de otras. Pero en nuestro caso, como las tumbas están conectadas entre sí por dentro era muy difícil trazar la línea y de entrada nos dieron tres”, recuerda. “Al igual que en el cementerio de la Almudena de Madrid, la necrópolis de Tebas tiene caminos, zonas de paso por las que venía la procesión del templo de Karnak, la más importante”, compara.

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A partir del trabajo topográfico de Juan Ivars y Carlos Cabrera y las fotografías de José Latova, el arquitecto Ignacio Forcadell ha reconstruido las tumbas de este proyecto en 3D. En anteriores campañas también han participado geólogos del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que han estudiado el terreno donde se asienta el yacimiento y el tipo de rocas. Su objetivo es restaurar el conjunto de tumbas y abrirlas al público en unos diez años.

El equipo técnico, integrado por Cabrera, Forcadell e Ivars, asegura techos y paredes para evitar que se produzcan derrumbes durante las excavaciones. Cada avance se planea cuidadosamente. Así avanzan de forma segura aunque lenta, para desesperación del capataz que supervisa a los trabajadores, Ali Farouk, más partidario de la vía rápida. El rais Farouk es toda una institución dentro del proyecto Djehuty y es frecuente verle también por el patio del Hotel Marsam, en el que los españoles se alojan durante la campaña y con los que ha entablado amistad desde hace años.

El buen ambiente que hay en la excavación se percibe en la pausa que hay a mediodía, cuando los obreros egipcios improvisan canciones y sacan a bailar a los españoles. Dicen que esto es habitual, y que la verdadera fiesta tendrá lugar al final de la campaña. La llaman Fantasy y la celebran todos los años como despedida.

Después, todos retoman el trabajo meticuloso que ha hecho que este proyecto arqueológico sea uno de los más reconocidos en el sur de Egipto. Algunos de sus descubrimientos, como la tablilla del Aprendiz o el ataúd de Iqer, se exhiben en el Museo Arqueológico de Luxor.

No corren buenos tiempos para la egiptología española, pues los recortes debido a la crisis han reducido o cancelado la financiación de muchos proyectos. La situación económica del equipo Djehuty es más holgada que la de otros colegas españoles gracias a la financiación privada. Unión Fenosa Gas aporta los 150.000 euros con los que cuentan en esta campaña.

Sin embargo, la incertidumbre es un rasgo de la egiptología española y ningún proyecto tiene asegurada la continuidad, por lo que la búsqueda de financiación es permanente. Los investigadores de este proyecto sí reciben una remuneración durante la campaña egipcia, aunque algunos de ellos no tienen trabajo el resto del año o se dedican a otras profesiones, como la restauradora Nieves López, reconvertida en profesora de pilates.

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Encontramos a Nieves López en el largo pasillo de la capilla de la tumba de Djehuty, inmersa en la limpieza de los relieves usando un vibroincisor, ultrasonido, bisturís y pinceles. A medida que quita el barro deja al descubierto grafitis demóticos: “No podemos usar ningún producto acuoso, así que es un trabajo mecánico y muy lento. Esta tumba ha sufrido mucho por agua, aire y fuego y no conserva sus pigmentos. La poca policromía que queda la fijamos con resina”, relata.

López es partidaria de intervenir lo menos posible: “Cuando introduces materiales de restauración no sabes cuánto van a durar a la larga. Además, queremos contar la historia de lo que le ha ocurrido a la tumba a lo largo de los siglos. Creo que hay que acostumbrar al público a ver las cosas tal y como han pasado y no mostrarlo todo rehecho”, reflexiona.

Aunque algunas misiones arqueológicas no cuentan con restauradores, aquí trabajan seis (tres españoles y tres extranjeros) porque el director los considera una pieza clave: “A veces el que excava no se da cuenta de la importancia de lo que encuentra. Además, la restauración no es sólo embellecer y proteger el monumento, es una parte integrada de la investigación científica”, explica Galán.

Primero, María Angéles Jiménez y Galán supervisan todo el material que los obreros van sacando de los pozos en capazos. Estos son trasladados a la jaima más grande del yacimiento. Allí, los egiptólogos Gudelia García y Francisco Borrego separan la cerámica, de la madera y de los huesos, y los distribuyen en cajas y gafas (cestas de madera).

La cerámica, de la que se encarga Elena de Gregorio, es el material más abundante y ofrece buenas pistas en la investigación, y no sólo porque su estado de conservación ayuda a determinar si una tumba está intacta o cómo ha sido saqueada. “Te ayuda a estimar una cronología relativa del yacimiento según el tipo de arcilla que se ha usado. Para las piezas de color claro se han usado margas, minerales del desierto, y para la cerámica más oscura, arcilla del Nilo”, explica mientras va extendiendo sobre una estera fragmentos de vasijas.

En otra de las jaimas, Pía Rodríguez, restaura las piezas más urgentes. Ella ha sido la principal encargada de tratar los ataúdes que han ido sacando a la luz a lo largo de estos años.

De las momias humanas que hay en su interior y de los restos óseos se encarga Roxie D. Walker, del Instituto de Bioarqueología de San Francisco (EEUU), mientras que Salima Ikram, premiada este año por la Sociedad Geográfica Nacional de España, analiza las abundantes momias de ibis y halcones halladas en el pozo de otra de las tumbas incluidas en este proyecto de la tumba de Hery, que fue supervisor de los graneros de la madre del rey Anhotep.

La de Hery “es una tumba pequeñita pero importante porque es de una época en la que se conservan muy pocas tumbas decoradas, de comienzos de la Dinastía 18”, explica Galán, que la define como “una joyita”. Lo más destacado es la calidad de sus relieves, que reflejan su proximidad con la familia real.

Los bloques y fragmentos encontrados en distintas zonas del yacimiento aguardan en bolsas para ser colocados en su lugar de la pared. Un epigrafista ubicará los bloques en su sitio y los restauradores los pegarán con morteros y resinas. “En 1896 un alemán hizo un calco de esta pared, que se conserva en Oxford. Fuimos allí y por eso sabemos cómo son los fragmentos que se han robado. Hemos localizado dos. Uno está en el Metropolitan [de Nueva York] y otro en el Museo del University College de Londres”, señala. Y es que, como se ha visto, el trabajo del egiptólogo tiene mucho de detectivesco. “La conservación de diarios y fotos antiguas tomadas por expediciones que han pasado por aquí nos ayudan a entender mejor cómo encontramos las cosas”, añade el investigador.

Tras acabar la campaña en Egipto, el 22 de febrero regresaron ligeros de equipaje porque no pueden sacar ningún objeto, pero con su base de datos llena para seguir trabajando desde España, donde continúan investigando y consultando los archivos de otros países a la búsqueda de pistas y nuevas hipótesis de trabajo. “En investigación científica, muchas veces cuantos más datos tienes, menos puedes concluir”. Y es que, para estos detectives del Antiguo Egipto, es difícil dar un caso por cerrado.

Por Teresa Guerrero en El Mundo.