28 junio, 2010

Después del Baño, Asturias

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Laura Pais Belín

Localización: Fundación Caixa Galicia
Autor: Joaquín Sorolla y Bastida
Cronología: 1904
Técnica: Óleo sobre lienzo

despues_del_banoEn el último tercio del siglo XIX nacía en Francia una nueva forma de entender y sentir la pintura, era el inicio del Impresionismo. Mientras España se encontraba sumergida dentro de un arte academicista, que no ayudaba a que entrasen nuevas renovaciones artísticas. Será en este momento cuando empiecen a destacar en el panorama nacional un conjunto  de pintores que se distinguían por una manera peculiar de pintar. Formarán la llamada  Escuela Valenciana, que contribuyó a la renovación de las artes pictóricas españolas de la época.

En este contexto surge la figura excepcional de Joaquín Sorolla, que se convirtió en la culminación de la fértil y completa escuela pictórica, ya que con su particular manera de pintar sobrepasó los límites locales para convertirse en un referente pictórico a nivel internacional.

Hombre tenaz, coherente y metódico, fue capaz de crear una pintura llena de personalidad propia. Abandonó la dictadura artística de la época, para poco a poco ir configurando su propio estilo. Persiguió a lo largo de toda su trayectoria un tipo de pintura realista pero compartiendo con los impresionistas algunos principios técnicos como la factura espontánea, la fidelidad a la pintura al aire libre y una temática anecdótica, sencilla pero sin pretensión didáctica.

Artista prolífico destacará por su larga y regular carrera, sus inicios serán academicistas, pero este arte no le aseguraba un lugar destacado dentro de las corrientes estéticas de la época, pero debido a su talento e ingenio fue buscando su sitio. Iniciado en el realismo de clara influencia Velazqueña e influido por pintores como Francisco Domingo o Emilio Sala, tardará unos años en descubrir su verdadera personalidad, un camino encontrado en la observación de la realidad, en el que la luz se convierte en la principal protagonista. Creando un estilo luminoso, espontáneo y colorista.

Prueba de la consolidación del artista valenciano cómo uno de los grandes referentes pictóricos de la época es su consagración internacional, hecho que se estaba fraguando en el momento de realización de esta obra. “Después del baño. Asturias” pertenece a una época de gran importancia para el artista. Ya que el año de su creación  1904 es considerado el momento de su madurez y triunfo. El artista está totalmente formado y quiere presentar al mundo su obra. Será un periodo de frenética actividad, en el que pintará cerca de 250 obras entre apuntes de pequeño formato, estudios de tamaño medio y cuadros.
En este época pinta de nuevo en Asturias, en la que será la última estancia en esta región. Recurre a uno de los temas más significativos y tratados por el pintor valenciano, una escena de playa pero desde su peculiar visión, porque la mejor pintura del artista es ésta, en la que representa a figuras humanas moviéndose en un exterior luminoso, convirtiéndose también en la temática más numerosa de sus producciones definiendo desde fecha temprana su trayectoria.
Pero al mismo tiempo nos acerca a su mundo íntimo ya que a lo largo de su carrera además de retratarse a si mismo, retrato infinitud de veces a su familia. En esta ocasión elige a su mujer Clotilde como modelo, posando en unas rocas en Asturias. Ella se convirtió en la trama única de su vida, y no se separará de su obra y su trayectoria vital, convirtiéndose en elemento esencial de su intensa existencia.

Para su representación elige uno de esos encuadres tan audaces que caracterizan la obra del artista, crea una peculiar concepción espacial, la figura tiene un papel protagonista, puesto que el paisaje se convierte en marco y contraste de la figura, Clotilde abarca las tres cuartas partes del lienzo, generando su propio espacio y eludiendo la perspectiva en el fondo. En este encuadre fragmentario advertimos la clara influencia de la fotografía. Pero al mimo tiempo  el formato estrecho y vertical servía para favorecer la estilización elegante de su mujer, y conseguir una representación sensual a través del formato y la pose elegida.
Llama la atención las dificultades para reconocer el rostro de su mujer, pero a cambio nos invita a disfrutar de su figura, organizada a través de una armonía cromática centrada en el blanco vestido de la dama, un blanco matizado por los azules, marrones y verdes del fondo, y sobre esa armonía consigue filtrar los rayos de luz consiguiendo un naturalismo perfecto.

Uno de los mayores atractivos de la obra reside en la superposición de tonos blancos en la figura, conseguida probablemente a través de la delicada técnica de la veladura. El blanco infunde a la pintura una iluminación deslumbrante. Y su utilización magistral es uno de los grandes logros de su pintura, así su empleo le permitía la captación de la luz natural. Esa luz se convierte en la protagonista de la obra, gracias al virtuosismo de un artista que como nadie era capaz de crear al aire libre, con esa mirada atenta al natural sin otro objetivo que su registro fiel.
Todo ello acompañado de una factura espontánea, nerviosa, empastada. Una pincelada larga que construye el cuadro con grandes manchas de color rebosantes de materia. Así  se recrea en el movimiento de la figura sobre un fondo protagonizado por las rocas y el mar y formado por  planos de color sintetizados con una audacia casi decorativa.

Este lienzo formó parte de la primera exposición individual del artista, inaugurada en París el 11 de Junio de 1906, en las salas de La Galería George Petit, una de las galerías de mayor prestigio de la época. En la que alcanzó grandes éxitos tanto en lo que se refiere a las ventas como a la crítica. Entre las críticas recibidas destacaremos la del político y escritor Henri Rochefort: “Ha nacido un magnífico pintor. Desgraciadamente no ha sido en Francia (…) No conozco pincel que contenga tanto sol (…) Nuca antes los ocres y verdes húmedos de las rocas se habían perfilado sobre el cielo con tal intensidad. Esto no es  Impresionismo, pero es increíblemente impresionante”

Y es que Sorolla se convirtió en uno de los artistas más cotizados de su tiempo, un pintor que destacó por su virtuosismo técnico con el que creaba un universo optimista bañado por la luz. Y en el que no dejaría de trabajar porque nunca dejó atrás su deseo de adelantarse y superarse a sí mismo.
Porque como muy bien lo definió un contemporáneo de su época, el escritor Blasco Ibáñez: “Aquello no es un cuadro, es la realidad…Aquello no es pintar: es robar a la Naturaleza la luz y los colores”