5 febrero, 2015

Desahucio póstumo para la literatura

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La visita a la casa museo de Lope de Vega en Madrid empieza por la capilla de la primera planta. A la guía le sirve para explicar que a los 52 años, después de una vida un tanto desenfrenada (tuvo más de una docena de hijos legítimos e ilegítimos), el Fénix de los Ingenios se hizo cura. A partir de ahí, tras el paso por su despacho, la cocina con su hogar y su escaño y el cuarto de los niños, el visitante sale de allí con la imagen de una época de superstición en un Madrid pueblerino y en transformación por la efervescencia económica, política y cultural, clave para entender a un autor como Lope y todo el contexto del Siglo de Oro de las letras españolas.

Tal vez por el tamaño de la figura; tal vez porque se trata de un centro público (de la Comunidad de Madrid, que le dota de personal y presupuesto suficiente); tal vez porque está en el centro de una gran ciudad, con una enorme oferta cultural y comercial alrededor; o quizá por todo junto, esta casa museo va bastante bien: en 2014 tuvo 61.000 visitantes, tres veces más que en 2012.

Pero no es lo habitual, pues buena parte de los centros de este tipo viven hoy ahogados. Sus principales financiadores han sido Ayuntamientos, diputaciones y cajas de ahorro, y los recortes han puesto más en evidencia que nunca las dificultades de una gestión marcada por los vaivenes políticos y las luchas partidistas o entre herederos. Véase el caso de la Fundación Camilo José Cela, de la que se hizo cargo la Xunta de Galicia en 2010, cuando estaba al borde de la quiebra, y que en 2014 fue condenada a entregar 1,1 millones de euros a Camilo José Cela Conde (hijo del autor) tras su litigio con Marina Castaño, su viuda y gestora de la fundación hasta 2010. O el litigio entre el Ayuntamiento de Valencia, del que depende la Casa Museo de Blasco Ibáñez, y la Fundación Centro de Estudios Vicente Blasco Ibáñez, creada herederos del escritor, a cuenta del legado.

Se trata de entidades que, por otro lado, en muchos casos no han sabido o podido explotar unos recursos turísticos que podrían hacerles más independientes. “No se puede vivir de espaldas al turismo”, señala Carmen Jiménez, conservadora de museos y miembro de la Junta Directiva del Comité Internacional de Residencias Históricas-Museos del ICOM. “No vale con abrir una casa museo en medio de la nada; tiene que estar bien presentada y promocionada (al menos, con una buena web) y a su alrededor propiciar un tejido de servicios [tiendas, restaurantes]”.

La mayoría de estas casas dependen de fundaciones y no buscan con ellas beneficios económicos, sino convertirlas en un polo de atracción que les permita cumplir sus objetivos: difundir la obra de sus autores (con reediciones, exposiciones, visitas de escolares y público en general, certámenes literarios, rutas…) y conservar el legado. Son al menos medio centenar, aunque no hay un censo fiable. Su situación es muy variopinta: las hay públicas, privadas y mixtas; las hay de autores cuyos descendientes aún cobran derechos de autor y las que no; de escritores de fama internacional y de otros más modestos; en ciudades grandes o en pequeños pueblos… Pero casi todas, aunque no tengan casa ni museo, suelen hacer actividades que se entremezclan con el turismo cultural.

Por ejemplo, las rutas por el Bilbao de Blas de Otero que hace la fundación del poeta. Esta entidad solo cuenta con una modesta oficina de 15 metros cuadrados en un centro cívico municipal. “Nos gustaría tener un sitio más grande, con un espacio expositivo…”, señala el director, Ibon Arbaiza. Pero los tiempos no están para alegrías. “La cultura es lo primero que paga los recortes…”, añade. Su situación no es de las más precarias, pero como presidente de la Asociación de casas museo y fundaciones de escritores (ACAMFE) describe un panorama desalentador, con recortes de más del 70% de las ayudas en muchos casos. En general, excluyendo las más fuertes y con más apoyo institucional -por ejemplo, la Benito Pérez Galdós en Las Palmas, la Zenobia – Juan Ramón Jiménez en Moguer, la Lope de Vega en Madrid o Cervantes en Alcalá de Henares-, aguantan a duras penas, en una situación más que precaria por la falta de presupuesto. De las 50 entidades vinculadas a la asociación, solo 25 están activas y al corriente de pago en la entidad.

La Fundación Rafael Alberti en el Puerto de Santa María (Cádiz) fue una vez un gran centro de actividad cultural. Pero desde 2010 está en proceso de liquidación por una deuda de 200.000 euros a la que no pudo hacer frente y que ha asumido el Ayuntamiento de El Puerto de Santa María mientras busca la forma de mantenerla en funcionamiento. Mientras, sigue abierta, pero sin apenas actividad. Este es el caso de algunas de las más pequeñas, que apenas pueden aspirar hoy a conservar el legado, a la espera de tiempos mejores.

Los recortes también están afectando la actividades de fundaciones como la Max Aub, en Segorbe (Valencia) o la Casa Museo de Niceto Alcalá-Zamora en Priego de Córdoba. “Estamos bajo mínimos”, señalaba Francisco Tortajada, director de la Max Aub, a primeros de enero junto a una enorme mesa completamente cubierta de los textos presentados para el XXIX Premio Internacional de cuentos de la fundación, que se concederá el próximo mes de abril. De los siete trabajadores que había en 2008, ahora quedan tres, así que han tenido que reducir drásticamente la actividad, pero determinados a seguir haciendo lo que puedan. “La situación es muy triste”, aporta Carmen Perdiguero, de la Fundación Pedro Muñoz Seca, también en el Puerto de Santa María. Su casa museo cerró en 2009 porque el actual dueño de la que fue vivienda del autor teatral decidió vender el edificio.

La Fundación Cultural Miguel Hernández de Orihuela (Alicante) está tirando de ahorros.“Pero claro: quita y no pon, se acabó el montón”, se queja su director, Aitor Larrabide. En el mismo edificio de la fundación, las goteras crónicas de la casa museo gritan cada vez más fuerte la necesidad de una rehabilitación integral, y unas calles más allá, la casa natal del autor, rehabilitada en 2010 por la Generalitat de Valencia con más de 500.000 euros, sigue cerrada por una sucesión de desencuentros y burocracias; la última porque el Ayuntamiento de Orihuela aún no ha firmado el convenio redactado por la Generalitat. Mientras, la mayor parte del legado del poeta, vendido por sus herederos, está en Quesada (Jaén) a la espera de la inminente apertura de un nuevo centro de interpretación en el pueblo natal de la esposa del poeta, Josefina Manresa.

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“Estamos en esa tormenta; somos el ejemplo perfecto”, dice el director de la Fundación Rafael Cansinos Assens en su pequeño despacho del municipio de Alcobendas (le ha sacado un espacio a un domicilio familiar). Rafael Cansinos (hijo) cuenta que la fundación no tiene ninguna subvención para gestionar uno de los archivos más impresionantes del primer tercio del siglo XX, que incluye manuscritos, miles de cartas con Borges, Vicente Huidobro, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, entre muchos otros, publicaciones periódicas, carteles, proclamas y otros impresos del paso por las vanguardias del que también fue uno de los críticos literarios más importantes de los años veinte y treinta del siglo pasado.

Cansinos (hijo) dejó el trabajo y se trasladó con su familia a Sevilla en 2010 para crear la entidad con el apoyo del Ayuntamiento, gobernado entonces por el PSOE. Pero las promesas se fueron incumpliendo -“Había voluntad, pero los fondos no llegaban”- hasta que un nuevo equipo municipal, del PP, le retiró sede y subvención en 2011. Y tuvo que volver a Madrid. Cansinos ve imposible salir a flote sin apoyo público o de empresas. Y en España la subvención “se ha derrumbado y está desprestigiada por los abusos” y no se hace nada “para potenciar el patrocinio privado”. El proyecto de Ley de Mecenazgo del Gobierno se diluyó en una reforma fiscal que aumenta del 35% al 40% la desgravación para empresas que inviertan en cultura; en Reino Unido es el 70%, en Francia el 60%, en Italia el 100%.

La conservadora Carmen Jiménez admite que “no se puede pretender que ahora se hagan mejores propuestas con menos medios y exiguo personal, especialmente en los centros pequeños”. Pero insiste en que no todo depende del dinero: “Sí se pueden rentabilizar buenas iniciativas que estén en marcha, cofinanciar otras con casas museo, fundaciones e instituciones afines, aprovechar las ventajas de Internet en cuanto a promoción, diseñando estrategias viables y, sobre todo, formar parte de asociaciones nacionales e internacionales que contribuyen a tener más visibilidad”. Además, augura tiempos mejores: “Hay futuro para estos espacios, lo están haciendo en otros países”, como Francia, Reino Unido, Italia o, más recientemente, en Portugal.

Pone el ejemplo de la casa natal de William Shakespeare en Stratford, en el condado de Warwickshire, Inglaterra, y todo lo que tiene alrededor (varias casas, un museo o la sede de la compañía de teatro Royal Shakespeare Company), que dependen de una fundación privada. En Italia, elogia la red de casas museo Case de la Memoria, una red donde se mezclan los literatos (Dante o Petrarca) con pedagogos (Maria Montessori) o empresarios (Enrico Ferrari, fundador de la marca de coches).

Y también destaca el trabajo de las casas museo de escritores rusos, en especial, la de León Tolstoi en Yasnaya Polyana, a 12 kilómetros al suroeste de Tula. Allí, la casa y sus objetos personales, sus escritos, la hacienda, los festivales de arte y literarios, conviven con restaurantes y un hotel para los visitantes o la explotación de las enormes arboledas de frutales de la finca (este proyecto sí es público). Además, tiene un proyecto llamado El Jardín de los Genios, que agrupa a siete casas museo de literatos universales: Tolstoi, Dante, Shakespeare, Joyce, Hugo, Goethe y Cervantes (en este último caso, se trata de Casa Natal de Cervantes en Alcalá de Henares, de la Comunidad de Madrid).

Stratford recibe cada año 800.000 visitantes. La casa natal de Cervantes, unos 150.000 (como la de Lope, las visitas son gratuitas). A la de Tolstoi van 130.000 personas. A la de Juan Ramón Jiménez en Moguer, otra de las más fuertes y con más apoyo, 30.000 en 2014, Año de Platero. La de García Lorca en Fuente Vaqueros recibió 10.000. Esta tiene una subvención de 351.000 euros e ingresa unos 18.000 por visitas y publicaciones.

Desde ACAMFE, insisten en el valor de estos centros más allá de su capacidad para generar dinero. “Estamos hablando de cultura con mayúsculas, de hacer pensar y dar una visión crítica del mundo”, dice Arbaiza. “Muchos somos el único museo de la localidad, donde se concentra la vida cultural”, añade Antonio González Padrón, expresidente de ACAMFE y director de la Casa Museo León y Castillo, en Telde, en la isla de Gran Canaria.

Por J.A. Aunión en El País.