21 agosto, 2013

De paseo por las esquinas del Arte

Sagrada Familia del Cordero

Madrid tiene, desde la primavera, un museo en miniatura. Atesora más de 800 modelos de esos singulares cofres rectangulares de madera ornamentada, los marcos, que sirven para realzar y conservar las obras de arte. Su historia comienza así: alborea el siglo XX. El pintor valenciano Joaquín Sorolla se halla a pleno rendimiento en el apogeo de su vida artística. Un buen día, entre destellos de sol levantino y aromas de esencia trementina, decide por su cuenta acentuar la expresión emanada de sus pinceles y ceñir, resaltándolas, las hebras de color que impregnan sus lienzos. Su ardiente deseo es el de idear él mismo los marcos, los recuadros de sus obras.

Fascinado por las técnicas empleadas por carpinteros, ebanistas y las de aquellos artesanos vinculados al trabajo con la madera y la marquetería, entra en contacto con un constructor de carros de nombre José Cano. Le plantea su proyecto. Cano se muestra receptivo: pronto participa de su mismo entusiasmo y pone a su servicio sus conocimientos adquiridos durante años de oficio carretero. De allí surge una aventura artística que se prolonga hasta la muerte de Cano, en 1922 y cuya estela alcanza hasta nuestros días ya que, muy poco después de aquel primer encuentro, cristaliza en un despliegue de las históricas técnicas de enmarcado de cuadros, a cuyo conocimiento y destreza Cano se aplicó con ahínco.

Tras formarse en viajes al extranjero, Cano y sus descendientes, tres generaciones completas, asentados primero en el Paseo del Prado y desde esta primavera entre el museo del Prado y el Retiro, han llegado a convertirse en uno de los más importantes proveedores de marcos para las obras del arte universal que atesoran tanto el Museo del Prado, como los Museos Vaticanos, la Galería Thyssen-Bornemisza o el madrileño palacio de Liria, como escribe la experta María Pía Timón Tiemblo. “Otros renombrados centros de Arte, como la National Gallery de Londres y el Metropolitan de Nueva York, han recibido exposiciones procedentes del Prado enmarcadas por la firma española”, explica Paz Jusdado, que regenta el museíto madrileño cercano al Retiro.

Quien pasee por Madrid estos días puede contemplar el resultado de aquella colaboración entre Sorolla y Cano, incluso el banco de trabajo done laboraron juntos: se encuentra en el pequeño museo que lleva el nombre de aquel afortunado carretero devenido en uno de los principales especialistas mundiales en el enmarcado de lienzos. Obras universales como La Sagrada Familia del Cordero, de Rafael Sanzio; Autorreatro, de Alberto Durero; La Virgen de los Dolores, de Tiziano; La maja vestida, de Francisco de Goya… telas de Francisco de Zurbarán, José de Ribera, El Greco, Hans Memling, Joachim Patinir…decenas de otros logros de grandes pintores de universal nombradía, cuando sus marcos originales se han avejentado o consumido por el correr del tiempo, se han visto repuestos por los marcos elaborados en la estela del saber acuñado durante más de un siglo por los herederos de aquel carretero levantino.

El Museo Cano 1907 se encuentra a la espalda del Museo del Prado, en la esquina de las calles de Moreto y Alberto Bosch. El local, de dimensiones reducidas, fue anteriormente sede de una naviera y de una agencia de viajes. Si el paseante penetra en el museíto, en la planta que ocupa a pie de calle de un edificio de ladrillo con revocos blancos, su mirada le permitirá recorrer la estela seguida por la Pintura europea desde la Edad Media hasta el siglo XIX a través de decenas de modelos de marcos que complementaron sus principales joyas.

El primer testimonio de la existencia de marcos en España se encuentra en una miniatura del códice de las Cantigas de Santa María. Data del siglo XIII y se halla en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En ella se representa a un monje que, desde la montura de un caballo, recoge un cuadrito con marco dorado que le ofrece una mujer desde el interior de una estancia de cuyas paredes penden otros cuadros enmarcados.
Pan de oro fino

Años después, comenzó a desplegarse aquella misma técnica que no solo realzaba las obras de arte, sino que también las protegía. Además, se convirtieron en receptoras de las modas y estilos de cada época. Así, ya en la Baja Edad Media, la ornamentación gótica vino a resaltar y perpetuar el arte religioso de su tiempo, con marcos tachonados por cornisas, arcos conopiales lobulados, pináculos, florones, arquillos entrelazados, hojas pinjantes y vierteaguas, es decir, pies inclinados de la base del marco, a veces con inscripciones en letras de esmerada caligrafía. A partir de entonces, la impregnación de los marcos con láminas de metales áureos se convirtió en un aditamento asociado al enmarcado de pinturas y ello mediante un procedimiento denominado “dorado al agua con pan de oro fino”.

A medida que avanzaban los tiempos, los cantos, entrecalles, filos y contrafilos de los marcos iban incorporando otros elementos decorativos y nuevas técnicas ornamentales, desde la sarta de perlas a las pilastras o pilastrillas, con macollas o nudos, amén de entorchados y rosetas, entre los primeros; y de las técnicas, las del estofado, el bruñido o el trepanado, entre muchas otras aplicadas. La combinatoria de unos y otras permitió una diversidad extraordinaria, de la cual se sirvieron muchos artistas y propietarios de obras de Arte para poner en valor sus ajuares.

El Realismo español del siglo XVII, con su ascética formal, abordó el enmarcado en una clave austera que logró su cumbre en 1656 con Las Meninas, de Velázquez. Una vez perdido su bastidor primitivo, Cano y sus legatarios recibieron el encargo del Prado de insertar su preciosa tela en un marco rectangular de ébano negro, con un especialísimo tallado en rizo de su filo, su canto interior que, con la oscuridad de su silueta, realza más, si cabe, la grandiosa pintura. El Barroco, con su horror al vacío, y el Neoclásico, con su rigidez inicial y su derroche rococó, vinieron a agregar nuevos estilos de enmarcar, que culminaron en los profusos decapados tan caros a los marcos de las obras de los pintores impresionistas.

Más de 800 modelos de marcos posee la colección Cano, una de las más importantes del mundo. Allí, el curioso podrá ver cuál es la sección del marco de 3,18 metros por 2,76 metros del celebérrimo lienzo de Velázquez que representa a las infantas de Felipe IV, o las edículas, esa suerte de teatrillos lujosamente decorados en sus dinteles y jambas, que magnifican sobremanera las telas renacentistas que contienen, como el que orla la prodigiosa Sagrada Familia del Cordero, del impar Rafael.

Son centenares las variantes que presenta el mundo del enmarcado. Orejetas, cantoneras, cantos, entrecalles, filos, contrafilos componen la secuencia elemental de los marcos, cada uno de ellos ornamentable aún con cornisas, frontones y frisos aderezados por cornucopias. De la figuración decorativa destacan roleos, palmetas, acantos, cardos y follajes diversos; todos ellos fueron tratados mediante elaboradas técnicas artesanas que se sirven de utensilios como las peludas pelonesas, brochas sin mango destinadas a recoger el pan de oro desde el pomazón, una caja de piel fina protegida del viento para tratar el metal áureo, amén de serruchos, pinceles, martillos, cinceles…Todo un mundo artesanal donde junto al pan de oro de los bañados que suelen acompañar los enmarcados, surgen en ocasiones las incrustaciones de carey, los cabujones, las diseños en forma de gemas, perlas, puntas de diamante…La jerga es infinita, al igual que las combinaciones que tan variado elenco permite a los artesanos desde hace tres generaciones. Cuentan con el legado del saber de muchas otras precedentes y laboran una disciplina que, en ocasiones, alcanza el rango mismo del Arte, por su perenne belleza.

Cano 1907. Horario de verano: de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00. Entrada libre. Horario de invierno: de 11.00 a 19.30. Calle de Moreto, 13, esquina Alberto Bosch.

Fuente:Rafael Fraguas para El País