26 enero, 2015

De charla con Rubens

rubens

El titánico pintor flamenco Pedro Pablo Rubens (1577-1640), trescientos años anterior a Picasso, puede parecer un tatarabuelo tan perfecto que constituye ya casi un sobreentendido. Incluso es fácil querer orillarlo desde la tontuna modernita: su barroquismo inflado, cierta falta de verdad en su manierismo, una perfección tan celebrada que ha devenido en lugar común. Poco que añadir ya a un genio tan redondo, que constituyó una próspera industria incluso en vida, con un taller que produjo más de tres mil cuadros desde Amberes y engalanó las mayores cortes europeas. Pero el museo KMSKA de Amberes, el Bozar de Bruselas y la Real Academia de la Artes de Londres han decidido darle otra vuelta al asunto. Han puesto a Rubens a charlar con otros pintores relevantes y han detectado su rastro en Cézanne, Turner, Delacroix, Constable, Klimt… amén de la huella evidente en su discípulo y empleado, Van Dyck. Hasta Picasso, Bacon o De Kooning han sido sumados a una bacanal de color, que celebra la voluptuosidad, imaginación y dominio imperial de Rubens.

«Rubens y su legado, de Van Dyck a Cézanne» se inaugura hoy en la Real Academia de Bellas Artes de Londres, muy cerca del Ritz donde murió Thatcher y anexa a esas galerías de Picadilly donde se agota el catálogo textil para el gentleman ajeno al calendario. Entrar cuesta 21,5 euros y podrá verse, con buen disfrute, hasta el 10 de abril.

Como Rubens es un universo unipersonal, se ha dividido el diálogo por temas, que van ocupando cada uno una enorme sala. La poesía y la compasión. La elegancia. El poder, que tan bien refleja un artista que se formó en Italia bajo el mecenazgo del Duque de Mantua, donde se empolló al milímetro a Tiziano, Veronés y Tintoretto. Un maestro que fue pintor de corte y sirvió a su rey Felipe IV, etapa en la que instruyó al joven Velázquez, con quien llegó a fabular un viaje conjunto a Italia, que haría solo el sevillano.

La lujuria, por supuesto, esas gorduras que son firma rubensiana, el evidente entusiasmo salaz que animó muchos de sus cuadros tras su segundo matrimonio, con Helena Fourment. Ella tenía 16 años, 37 menos que su marido, con quien tuvo cinco hijos (el último llegó ocho meses después de que la gota y un infartazo se llevasen al maestro, que murió con 62 años y henchido de gloria, distinguido caballero por Felipe IV y Carlos I de Inglaterra, y hasta con un castillito propio en las afueras de Amberes).

La sala de la violencia presenta el espectacular cuadro que ha iluminado el cartel de la exposición, la «Caza del tigre y el león», de 1616, cedido por el museo de Rennes y pintado para engalanar un palacio de Maximiliano I, el elector de Baviera. Ahí Rubens no ahorra emociones: mordiscos a saco de los felinos, rostros contorsionados por el estupor, hasta los caballos boquean aterrados. Un estrago en tecnicolor, con todo el rebuscamiento de las emociones barrocas. Casi anticipa el cine-espectáculo del siglo XX. La cacería del genio flamenco es observada por la versión de Delacroix, una «Caza del León» de 1858.

No puede haber Rubens sin religión, porque su pincel sirvió con convicción a la Contrarreforma. Hijo de un calvinista que huyó a Alemania por causa de su fe, y que fue encarcelado allí por líos de faltas en los que picó demasiado alto, el pintor volvió a su credo original cuando retornó con su madre a Amberes. Rubens fue siempre un hombre de orden, católico cumplidor, respetuoso del imperio español de los Habsburgo que mandaba en Flandes. Incluso sirvió con éxito como diplomático, aprovechando bien su don de lenguas (hablaba seis idiomas). De la importancia que cobraron sus motivos religiosos en el apostolado católico da prueba un curioso objeto que se expone en Londres: un plato de cerámica Ming, en el que los misioneros encargaron a los artesanos locales reproducir el cuadro de la lanzada de Rubens.

Es ocioso decir que los Rubens que se pueden ver en Londres son un aperitivo comparado con las maravillas que atesora El Prado, que ha cedido para el diálogo de Inglaterra el encantador «Jardín del Amor» (1632). También se muestra un gran cuadro del pintor barroco madrileño Claudio Coello –hoy para el vulgo, una calle de tiendas finas de Madrid-, se trata de una copia de la obra de Rubens «Niño y Virgen adorados por San Luis», que formó parte de las colecciones del rey Felipe IV.

De salida, antes de llegar a la inefable tienda, donde se venden hasta cedés con la música de la época de Rubens y donde se anuncian lecturas sobre Rubens del novelista Julian Barnes, aguarda una sorpresa, una sala que se ha titulado «La peregrina». Los comisarios se la han cedido a la pintora inglesa Jenny Saville, de 44 años, conocida por sus enormes retratos de desnudos femeninos, para que la artista elija cuadros de algunos maestros modernos en los que ha querido rastrear aromas de Rubens. Aunque lo cierto es que el invento queda un poco pegote, no está mal ver de propina trabajos de Lucien Freud, Picasso (por partida triple), Bacon o De Kooning. Lo qué diría Rubens de todo eso ya es otra historia. Pero hombre lúcido y pragmático, seguramente se actualizaría y pintaría con talento gordas con ojos en la nuca y manchones aleatorios de color. «Solo los mejores han sido capaces de trasladar el lenguaje visual de Rubens a un idioma personal», explica Nico van Hout, el comisario de la exposición. Al fondo, el tigre del flamenco sigue mordiendo, con poca verdad, pero con mucho espectáculo.

Por Luis Ventoso en ABC.