22 abril, 2013

Dalí o la gallina de los huevos de oro

'Prenatal memory', retrato de Dalí, obra del fotógrafo Philippe Halsman. / MAGNUM

Los vientos de tramontana se arremolinan en torno a la herencia de un genio. Lali Bas Dalí, sobrina del pintor de Figueres, la única familiar viva que lleva el apellido de uno de los máximos exponentes del surrealismo, no piensa pagar “ni un solo euro” diga lo que diga esa sentencia dictada hace algo más de un año por un tribunal francés. Se pongan como se pongan “los de la Fundación”. “Me tendrán que llevar esposada”, dice extendiendo los brazos y ofreciendo sus muñecas en el salón de su casa, en el barrio de San Gervasio de Barcelona, la misma que compró cuando se casó con Manuel —“el vecino de toda la vida”— hace más de 50 años, y de cuyas paredes cuelgan valiosas obras de su tío Salvador Dalí.

Hay un retrato de su madre, Montserrat, prima hermana del pintor; un precioso dibujo a carboncillo llamado Merienda sobre la hierba, una Mujer con cántaro, ese eterno paisaje de Cadaqués… Ya no está el cuadro cubista titulado Pierrot et guitare que tantos años estuvo colgado en el cuarto de niña de Lali y del que, un buen día, jugando a las cocinitas con una amiga, arrancó una cucharita que llevaba pegada: “Ese, con el roto, se lo vendí a un particular y luego me fui de viaje con mi marido y mis hijos”, cuenta. En todo caso, ninguno de esos cuadros, ni los pocos que ha vendido ni los que conserva, formarán parte de la gran retrospectiva del artista que, procedente del Museo Pompidou de París, se inaugurará el próximo 27 de abril en el Museo Reina Sofía de Madrid.

La rebeldía de esta mujer jovial de 74 años, que combina con elegancia las maneras exquisitas y el desparpajo, no se debe a esos vientos fríos del norte propios de la región catalana de l’Empordà, de donde es originaria la familia. No es tampoco un arrebato, ni fruto del carácter cafre que caracterizó a los Dalí, según cuentan los libros, incluido el que la propia Lali escribió con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del artista en 2004: Los Dalí, historia de una familia. Su resistencia es más bien la consecuencia de diez años de litigios con la Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueras.

La resolución judicial dictada hace un año desposeía a los familiares del artista de los llamados “derechos sucesorios” que les habían reconocido hasta entonces las leyes francesas y por los que cobraban una cantidad anual. “Nada, una minucia, ni para comprar un buen bolso”, es cuanto concreta Lali. “Y ahora, encima, pretenden que les devolvamos parte del dinero cobrado”.

“Sevillano y sus amiguitos”, como ella llama a la cúpula de la fundación, son el gerente, Joan Manuel Sevillano, y los directivos de la que hoy, con 30 años de vida, es una de las fundaciones privadas más lucrativas de Europa, con un excedente de casi cinco millones de euros y 1,5 millones de visitantes al año —más que el Museo Thyssen y menos que el Prado—. El año pasado ingresó 15.459.618 euros, invirtió 902.998,90 y gastó en “actividades de interés general” 10.572.106,10. Una máquina de hacer dinero que se puso en marcha en 1983, con Dalí como presidente, tocado por la reciente muerte de su compañera Gala y ya enfermo de parkinson.

La idea surgió seis años antes de la muerte del pintor. Se trataba de crear un organismo que velara y preservara los derechos sobre su obra, la protegiera y la difundiera. Por aquel entonces Dalí ya cosechaba más que atenciones. Había sido nombrado marqués de Púbol por el rey Juan Carlos, residía en el castillo del mismo nombre en lugar de en su casa costera de Portlligat —“Se lo consiguieron llevar allí y lo apartaron de su familia”, apostilla Lali— y vivía rodeado tanto de hippies como de políticos locales y personas influyentes de ámbito nacional. Sin ir más lejos, su abogado pasó a ser Miguel Domenech, presidente de la UCD madrileña y concuñado del que fuera presidente del Gobierno por aquella época, Leopoldo Calvo Sotelo.

El circo de Dalí se profesionalizaba a medida que se acercaba el final de sus días y pasaban a la historia aquellos singulares colaboradores-secretarios, que antes habían sido futbolistas o fotógrafos y después, en algún caso como el del conocido como capitán Moore (John Peter Moore), impostores que supuestamente le hacían firmar hojas en blanco para rellenarlas después.

“Lo acordonaron”, sentencia Lali. “Cuando mi madre y yo fuimos a verlo al hospital nos salió al paso un guardia civil que no nos dejó pasar”, recuerda. “Se había quemado porque se incendió su habitación de Púbol, provocó un cortocircuito de tanto llamar a aquel timbre de pera que tenía. Y luego se lo llevaron a la casa de Figueres, junto al museo”, cuenta. “Dejé de verle a finales de los setenta y mi madre, a la que quiso mucho, poco después”, asegura. “¡Si hasta consiguieron enterrarlo en Figueras en lugar de en la tumba que él mismo dejó preparada junto a la de Gala en el castillo. Y ahí está, vacía. El alcalde de entonces, Marià Lorca, dijo (y sigue diciendo) que su última voluntad fue que quería ser enterrado en el museo, quien quiera que lo crea”, añade arqueando las cejas.

“Yo le creo”, dice Imma Parada, que empezó de vigilante y ahora es responsable de comunicación en la Fundación. Hoy, cuando millones de personas pisotean la sepultura del genio en ese pequeño parque temático daliniano que es el teatro-museo de Figueres, quienes dirigen todo ese cotarro con sumo celo son los directivos de la entidad. Un ex alto ejecutivo de una empresa cementera, que es el gerente Sevillano. Un prestigioso ingeniero, Ramón Boixadós, nacido en Figueras hace 85 años, expresidente de Renfe y de Exel (Iberia), uno de los responsables de las obras de la Villa Olímpica… Sustituyó a Dalí en la presidencia. Y Antoni Pitxot, de 79 años y director vitalicio de la entidad desde el principio. En total, 21 patronos en un patronato con representación de las distintas administraciones.

Lalí Bas Dalí

Todos a una. Ese es el secreto de su éxito económico. Todos, incluyendo al despacho de abogados de Miquel Roca (también patrono vitalicio de la Fundación desde 1997), “todo el día a la gresca”, en palabras de Sevillano, para que nadie —ni familiares— utilice la marca Dalí en vano, sin permiso y, sobre todo, sin pagar por ello. “En el caso de una tesis doctoral de un estudiante, por ejemplo, el pago sería simbólico”, asegura.

Desde que en un alambicado convenio firmado en 1997 el Estado español —“heredero universal”, según el testamento del pintor— le cediera la gestión y explotación de los derechos inmateriales de la obra, el activo de la marca, a cambio de un canon anual que supone “entre un 4% y un 5%” de los beneficios obtenidos, la Fundación es algo así como la SGAE de Dalí. Salvo porque además ha desarrollado un merchandising impresionante, con unos 600 artículos y ya está explorando los productos de alta gama. “Es la mejor no-inversión del Estado”, presume Sevillano, de 50 años, que habla y se desenvuelve como quien se siente tocado por el éxito: amplia sonrisa, actitud resolutiva, andar decidido… Pero que reconoce que cuando llegó en 2003, de la mano de Boixadós, “solo sabía de Dalí lo que había estudiado en el instituto”. No obstante, metido convencionalmente en un traje, defiende sin complejos en conferencias la eficacia de un trabajo organizativo basado en el pragmatismo y en lo que él entiende como “independencia política y económica”. “Ordenamos y optimizamos los derechos. Para los contenidos están otros. Y ahí están nuestros resultados”.

En ese terreno, y mientras la nueva Ley de Propiedad Intelectual no parece ir ni para adelante ni para atrás, los gestores dalinianos están a la vanguardia. “Lo peleamos todo, dentro y fuera de España. Los derechos lo son en el mundo entero, también en Francia”, dice aludiendo de pasada al caso de la familia Dalí. “Hay que creérselo, en lo único que somos primeros espadas es en patrimonio cultural, hay que sacar pecho, como está haciendo ahora el museo del Prado”.

Entre tanto, Lali Bas Dalí pasa las hojas del álbum de fotos en el salón de su casa: su madre de pequeña con su tío en Cadaqués, los dos primos con Federico García Lorca, ella de adolescente sobre el regazo de Gala, años después de visita con sus hijos en Portlligat o donando una obra de su tío a la Fundación. Y decenas de autobuses, de escolares y de jubilados, de España, de Francia, de Rusia, crean un hormigueo incesante en los alrededores del edificio de la Fundación, el antiguo teatro convertido en museo y coronado con huevos gigantes siguiendo las excéntricas directrices del pintor. Un símbolo monumental de la gallina de los huevos de oro de Dalí.

Patricia Ortega en El País.