26 abril, 2013

Dalí noquea a su personaje

Manuel Borja-Villel

En diciembre de 1965, Dalí, toda una estrella planetaria, protagoniza varias intervenciones en Nueva York. A propósito de la inauguración de la Gallery of Modern Art es invitado a realizar una acción. Ante un público cargado de cámaras y joyas pinta en directo un jinete al tiempo que el guitarrista Manitas de Plata y el cantaor José Reyes entonan unas soleares cuya letra ensalza su genialidad. Pocos días después, transforma una copa del Esclavo de Miguel Ángel en una versión horizontal. Antes de romperlo, lo besa en la boca y sobre un ataúd cubierto de monedas y de un dólar, un ocelote le olfatea la cara. La intervención concluye cuando Dalí sorbe ante el público un huevo de cisne del que salen montones de hormigas. Ambas acciones forman el núcleo central del documental Dalí in New York, realizado por Jack Bond, en el que el artista español muestra su peor cara como artista y lo mejor de su personaje.

Ante las cámaras va desgranado todas esas sentencias que le han hecho intragable para grandes sectores a lo largo de muchos años: “A mi lado solo quiero esclavos”, “la monarquía es la mejor forma de gobierno porque los reyes como yo somos elegidos de Dios”, “hay que resucitar la Santa Inquisición”… Narciso, ególatra, maestro de la performance, genio de la publicidad (“estoy muy ocupado siendo Dalí y solo puedo ver a las personas por razones simbólicas como el dinero o la publicidad”, dijo en una entrevista en 1955), imitado hasta la saciedad entonces y ahora por artistas como Andy Warhol, Damien Hirst o Jeff Koons, Salvador Dalí (Figueres, 1904-1989) es un artista muy superior a su inconmensurable personaje. Su lugar en la historia del arte está entre los primeros puestos y ese es el reto al que se enfrenta la exposición Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas, que el sábado se abre al público en el Reina Sofía con más de 200 obras. Procedente del Pompidou parisiense, donde ha sido vista por 790.090 personas a lo largo de cuatro meses, Dalí será, sin duda, la exposición del año en España.

Comisariada para su versión en Madrid por Montse Aguer, directora del Centro de Estudios Dalinianos de la Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueres y una de las personas más próximas al artista en sus últimos años de vida, cree que es el momento de hacer una aproximación sin prejuicios al doble Dalí, al personaje y al artista. Para ello se han reunido obras procedentes de importantes instituciones, colecciones privadas y de los tres depositarios principales del arte de Dalí: la Fundació Gala-Salvador Dalí, el Salvador Dalí Museum de St. Petersburg (Florida) y el Museo Reina Sofía. El museo madrileño cuenta entre sus fondos con medio centenar de obras de primer orden. Hay treinta que nunca se han visto en España y que han sido prestadas de manera excepcional, como La persistencia de la memoria (1931) y El Ángelus de Gala (1935), prestadas por el MoMA neoyorquino; Metamorfosis de Narciso (1937), de la Tate londinense; La tentación de San Antonio (1946), de los Musées Royaux des Beaux-Arts de Bélgica; Alucinación: seis imágenes de Lenin sobre un piano (1931), del Centre Pompidou; Los bañistas (1928) y Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo (1932), del Salvador Dalí Museum de St. Petersburgo y Chaqueta afrodisiaca (1964), de la colección particular del millonario griego George Economou.

Manuel Borja-Villell, director del Reina Sofía, interesado por Dalí hasta el punto de dedicarle su tesis doctoral conjuntamente con Antoni Tàpies, está seguro de que esta exposición es absolutamente necesaria. Hace más de 30 años que en España no se le dedica una antológica y las últimas generaciones no le conocen en profundidad. “Es el momento de desvelar la importancia de su inteligencia pictórica, de mostrar a un artista que ha estado oculto en parte por su desbordante personaje y en parte por el rechazo que producía su relación con la dictadura franquista. Hay artistas que no le podían ver, y eso cuesta reconducirlo”.

“Es un creador constante de imágenes”, explica Borja-Villell. Participa en todos los movimientos y es un precursor en todo. Su dominio de la pintura es total desde muy joven, al igual que Picasso, una de sus obsesiones. Y como Duchamp, se da cuenta de la importancia del trabajo en serie y de cual es el papel del artista. En eso es muy rompedor porque luego hemos visto a otros artistas como Koons que siguen haciendo lo mismo que Dalí, pero sin su contenido”.

Para mostrar esa auténtica esencia daliniana, la exposición ha sido organizada siguiendo un orden histórico que se interrumpe para dar paso a momentos poéticos. Dividida en once apartados, arranca en una sala dedicada a sus autorretratos. Tomado a sí mismo como modelo hasta la saciedad, aquí hay seis obras realizadas sobre diferentes soportes, entre las que se incluye un Dalí con cara de Marilyn Monroe y toques de Mao Tse-Tung. Son años de aprendizaje en los que utiliza como modelos a sus familiares: a su hermana Ana María o a su padre, el notario de Cadaqués, y en los que aparecen alusiones a uno de sus tormentos: el haber sido bautizado con el mismo nombre del hermano muerto a la edad de tres años, algo que perturbó la personalidad del Dalí niño. En este primer apartado se proyecta uno de los vídeos (la exposición incluye una decena) más interesantes de la muestra, por la información que aporta sobre el personaje. Autoportrait mou de Salvador Dalí, realizado en 1966 por Jean-Cristophe Averty, y en el que el artista hace una divertidísima disertación sobre la importancia de las pelucas, entre otras muchas cosas.
La Generación del 27

Su vinculación a la Generación del 27 y sus años en la Residencia de Estudiantes con Lorca y Buñuel arranca con el retrato del cineasta. Los dibujos de la serie Putrefactos, realizados a mediados de los veinte, en su tiempo en la Residencia, son una fascinante joya de este espacio dedicado a la juventud del artista.

El surrealismo, movimiento del que fue expulsado por Breton y a quien Dalí comparaba con su padre por el autoritarismo, es su etapa más representada. El famoso método paranoico-crítico inventado por él le permite revolucionar el movimiento y crear obras como El gran masturbador (1929), La persistencia de la memoria (1931), Guillermo Tell (1930), El espectro del sex-appeal (1934). Son obras en las que juega a las imágenes dobles o las imágenes invisibles, a gusto del espectador que las contempla; un planteamiento con el que consigue que quien contemple el cuadro pase a formar parte de él

Sus fantasmas sexuales se explicitan en el apartado dedicado a El Ángelus de Millet. Sobre esta pintura escribe profusamente y reinterpreta su imaginario. Para Dalí, la figura de la mujer es una mantis religiosa que después del apareamiento se come al macho, y la figura masculina tiene que proteger sus órganos genitales para que no sean devorados.

Aunque su imagen frívola no lo recoja, los conflictos y sus efectos están muy presentes en su obra, como se ve en el espacio dedicado al rostro de la guerra y el surrealismo después de 1936. De ese tiempo son los inquietantes óleos Premonición de la guerra civil (1936) o El rostro de la guerra (1940), en los que recurre a imágenes de canibalismo para mostrar su desagrado. Como en ningún otro momento, la pintura es un texto y las imágenes son síntomas.

Con la Segunda Guerra Mundial empieza de verdad su desembarco americano. Pero no a Nueva York. Con Gala se instala en Miami y allí abandona ya todo resquicio de romanticismo. Crece como performer de su propio personaje, colabora en el cine con Walt Disney y Alfred Hitchcock (un vídeo recoge fragmentos de Recuerda, de 1945, con todo el universo freudiano-daliniano en la pantalla). Escribe guiones de cine, diseña decorados y vestuarios y empieza a dar muestras de no controlar sus intervenciones públicas.

A partir de los años sesenta, su interés creativo se vuelca en la ciencia y las nuevas tecnologías. Hace holografías e imágenes estereoscópicas. Escribe y protagoniza happenings y performances filmadas por el mayor número de televisiones posible, sin olvidar nunca a sus grandes maestros: Velázquez, Rafael y el propio Picasso. Cierra la exposición Cola de golondrina y violonchelos (1983) en la que reflexiona sobre su última obsesión: las teorías matemáticas de René Thom, una prueba más de que su búsqueda de la fama no era incompatible con la investigación de las grandes preocupaciones de su tiempo.

Por Ángeles García en El País.