3 noviembre, 2011

Cuestionario Protecturi para Rosa Regás

A finales del pasado mes de julio, afrontábamos en PROTECTURI un reto apasionante y complejo, como sólo lo pueden ser los retos que merecen la pena: la prestigiosa revista SEGURITECNIA, referente ineludible y necesario en la prensa especializada en el sector de la Seguridad nos ofrecía, nada más y nada menos, que dedicarnos su número del mes de octubre, el que saldría a la calle coincidiendo con la celebración en Barcelona de nuestro II Congreso.

Había que diseñar contenidos, comprometer a colaboradores, coordinar entregas, buscar imágenes… Y todo ello para lograr un número histórico. Por eso no se ahorraron esfuerzos y pasamos un mes de agosto la mar de entretenidos facilitando a los amigos de BORRMART un material que, a la vista está, han cuidado hasta el mimo hasta lograr una pieza periodística que nos llena de orgullo.

Comenzamos a recoger hoy, bajo el título Reflexiones sobre Protección las entrevistas que nos concedieron algunas de las más relevantes personalidades relacionadas con el Patrimonio histórico, artístico y cultural de España

– Rosa Regás es, ante todo, una brillante escritora. Premio Nadal en 1994, Premio Ciudad de Barcelona en 1999 y Premio Planeta con “La canción de Dorotea” en 2001. Del Planeta y el reconocimiento como escritora, al cargo público de Directora General de la Biblioteca Nacional. Mujer, ¿a quién se le ocurre?

rosa_regas_02Bueno, fueron tiempos duros los últimos años de Aznar cuando ya no hablaba catalán en la intimidad, y me pareció que una vez destronados los populares podía aceptar un cargo en el que me veía capaz de poner mi vocación y mi experiencia al servicio de la Biblioteca Nacional. Creía que la ideología seguía vigente como motor de la cultura. También en esto me equivoqué.

– No cabe duda de que tenía usted, al aceptar el cargo, una cartera llena de proyectos, de ilusiones, de cosas que hacer para mejorar la Biblioteca Nacional. ¿Cuál era su “hoja de ruta”, que se dice hora?

No, no tenía demasiadas ideas preconcebidas en mente cuando acepté, pero en cuanto me puse a pensar en ello fueron apareciendo todas las deficiencias e imperfecciones que había ido detectando en mis visitas a la BNE, ese edificio oscuro, vetusto, que lo era igualmente a la hora de utilizar sus servicios  La más evidente era la exclusividad, como si la BNE estuviera abierta y dedicada por entero a los expertos y no al público en general. Así que mi hoja de ruta se centró en abrir la Biblioteca a los ciudadanos de este país, no sólo facilitándoles la entrada y ayudándoles a utilizar sus servicios sino mostrándoles, por distintos medios y maneras, los tesoros que contenía  con sus millones de objetos, libros, periódicos, folletos, fotos, dibujos, partituras, originales, grabados, mapas, incunables, etc..

– De los tres años que estuvo bajo su responsabilidad, y que terminaron abruptamente por los motivos que luego abordaremos, quedan ejemplos de su buen hacer. Por citar sólo algunos, ahí están la creación de la Biblioteca digital Hispánica, la creación de una sala multimedia con acceso a los fondos digitales, la creación del Museo de la Biblioteca Nacional, o una política de apertura al público que duplicó el número de visitantes y un crecimiento de un 300% de carnets en el 2006. Pero algo se quedaría en la cartera de los sueños ¿no?

Sí claro, por supuesto. Lo que se quedó en la cartera fue en primer lugar acabar lo que habíamos comenzado. Por ejemplo, habíamos digitalizado 700.000 páginas de revistas y periódicos del siglo XIX pero quedaban todavía muchas, y lo mismo ocurría con los libros de la Biblioteca Digital Hispánica. Y en segundo lugar acabar de racionalizar el organigrama cuya reestructuración habíamos comenzado dos años antes de mi dimisión gracias a la colaboración que nos prestó el ministerio de Administraciones Públicas sin el cual todo intento habría sido imposible. Cuando yo llegué a la Biblioteca me di cuenta con horror que para dirigir las casi mil personas que trabajaban en ella entre personal y absurdos e injustificables servicios externos sólo contaba con un Gerente y una Directora Técnica. Crear un equipo directivo fue una labor ingente que no siempre fue aceptada por los jefes de departamento que muchas veces lo entendieron como un tijeretazo a su autoridad y reinado. Sí, cuando llegué la BNE más parecía “los reinos de Taifas” que una biblioteca con un organigrama racional. El asunto de los servicios externos era igualmente inconsistente desde todos los puntos de vista. Todo esto me habría gustado dejarlo un poco más acabado.
También habría querido remodelar el jardín según el modelo original y arreglar la escalinata que hacía aguas por todas partes. Pero cuando yo me marché el patrocinador se retiró y el proyecto murió.
Sí en cambio pude instaurar un monumento a Antonio Machado (el único que hay en Madrid) en los Jardines, gracias al patrocinio de Endesa que financió la fundición de la hermosa cabeza de Pablo Serrano, la misma que hay en Baeza. Pero la prensa, siempre tan amable con nuestra labor, ni siquiera mencionó el acto en el que los Rectores de las universidades de España y los tres poetas de la generación de los cincuenta que aún estaban vivos (Ángel González, Paco Brines  y Caballero Bonald) estuvieron recitando poemas de Machado y Joan Manuel Serrat que nos concedió una hermosa  tarde machadiana. “Es que ese mismo día había muerto El Fary”, nos dijeron ciertos medios como pretexto de su silencio.

– ¿Cuál era, a su llegada, el nivel profesional de los empleados de la Biblioteca Nacional y que políticas procuró poner en marcha para su desarrollo?

El nivel profesional de los empleados era muy bueno en algunos casos y no tanto en otros, pero en cualquier caso, la nueva directora técnica montó una serie de cursos y conferencias para incrementar los conocimientos en biblioteconomía y dar posibilidad a los empleados de que adquirieran mayor experiencia. Igualmente, establecimos intercambios con bibliotecas de otros países y procuramos buscar y promover  la participación de todos los empleados  en las actividades culturales y profesionales que organizábamos, a fin de que comprendieran cual era nuestro objetivo, nuestra “hoja de ruta”, y se sintieran protagonistas en la reestructuración de la recepción, y el control de los fondos, un trabajo ingente que muy pocos conocen y que es una de las bases de la actividad en la BNE.

– ¿Qué opinión le mereció el equipo de seguridad que cuida de este centro y sus fondos? ¿Estaba suficientemente dotado en recursos humanos, técnicos y económicos?

Era muy bueno, con experiencia y criterio y siempre nos aconsejó bien cuando queríamos transformar ciertas barreras que se demostraron inútiles, y que parecían marcar unos límites para los posibles lectores y usuarios en general. Creo que los servicios de seguridad de la BNE fueron en todo momento perfectos y si hubo robos, como los hubo en el Ministerio de Exteriores, o en la Biblioteca Británica o en la de Washington y en tantas otras, fueron actos perfectamente organizados por personas de sobra conocidas que encontraron la forma de eludir la seguridad siempre con la ayuda de alguien, me parece a mí, de lo contrario habría sido imposible.

Img_Optimizada–  En esas estaba usted cuando se descubrió que habían sido robados dos mapamundis de gran valor que formaban parte de la Cosmografía edición incunable de 1482 de Ptolomeo, y la Hoja XIV del Incunable 793 de Isidoro Santo, Arzobispo de Sevilla, correspondiente al Etymologiae, primera edición impresa en 1472 por Guntherus Zainer. Auténticas joyas que habían desaparecido. Con la perspectiva de la distancia, ¿qué cree usted que falló en el sistema de seguridad?  La actuación policial en el momento ¿estuvo a la altura de la importancia del expolio?

Yo no creo que fallara nada, nunca se ha investigado cómo ocurrió el robo y quiénes pudieron colaborar en él y por qué, aunque solo hubiera sido para desmentir los rumores que corrían y todavía corren por la BNE. Creo que todo este asunto se llevó mal, porque al Ministro le entró la obsesión de que diéramos la noticia a la prensa, y una vez la noticia está publicada el ladrón huye. Lo que haga la policía entonces ya no tiene remedio. Sobre todo como en nuestro caso, que sabíamos perfectamente quién había sido el autor, porque hacía muy poco tiempo que se había procedido al examen de esos incunables y todo estaba en orden. Y desde el momento en que se había hecho el examen, sólo un conocido usuario había solicitado consultarlos varias veces y los había tenido consigo en la mesa de lectura. Era evidente, pues, que  ese era el ladrón, como se demostró más tarde por más que embrollaban las noticias y nombraban a la Interpol como si estuviera buscando al ladrón en Australia. La Biblioteca entera sabía perfectamente que el ladrón estaba en Buenos Aires, donde tenía su residencia. Estaba y está, devolvió los mapas pero nadie lo acusó ni ninguna Justicia lo imputó. Curioso ¿verdad?

– Al anuncio de la desaparición que hace usted en septiembre de 2007 siguen desencuentros con el Ministro de Cultura en el momento, el también escritor Cesar Antonio Molina, la presión mediática, acusaciones y descalificaciones hacia usted… ¿Es todo eso lo que la lleva a dimitir?

No, las descalificaciones y los insultos estaban a la orden del día. Cada mañana cuando llegaba a la Biblioteca, mis secretarias con una cara larga y triste me tenían preparados los artículos de prensa que me machacaban, sobre todo el Cultural de ABC que merecería un premio a la constancia. Era a diario. Sin acusaciones, pero con insultos. El caso es que yo no quise comunicar el robo a la prensa, como me había ordenado el Ministro a voces, porque no era lo correcto y además era contraproducente, ya que dábamos la oportunidad al ladrón de huir, como hizo. Ni siquiera tuve ningún desencuentro con el Ministro, sino una única y terrible bronca en su despacho. El hecho es que la prensa ni siquiera mencionó el motivo por el que yo había presentado la dimisión; no porque no lo supieran que lo sabían bien, yo misma lo había dicho en todas partes. Y  cuando tuvieron a bien hablar de ella, la adjudicaron a mi falta de entendimiento con el Ministro. No es cierto, yo nunca he sido amiga del Ministro, ni para bien ni para mal, pertenece a otras voces y otros ámbitos políticos y culturales, así que apenas nos habíamos visto en Madrid en los 14 años que yo estuve viviendo allí. Esto es todo. Yo dimití porque me obligó a dar la noticia a la prensa y yo le dije, para su extrema irritación, que en ninguna biblioteca del mundo se daba la noticia de un robo antes de haber descubierto y atrapado al ladrón, una precaución elemental de seguridad. Pero esto no lo dijo la prensa, sólo agravios, ofensas. Todavía guardo el siniestro Editorial que me dedicó El País el día que dejé Madrid.

La misma carta que envié al Ministro la envié al presidente Zapatero y a la Vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega. Ella fue la única que me llamó por teléfono y tuvo una larga conversación conmigo. Estas cosas no se olvidan.

– ¿Qué tipo de novela escribiría usted si hubiera de llevar al papel, de forma tan autobiográfica como “Luna lunera”, su peripecia en la Biblioteca Nacional? ¿Sería una novela policiaca, un ensayo sobre la autoridad, un drama…?

Había comenzado una novela que se llamaba Asesinato en la BNE, que luego abandoné. Pero era un tema precioso: la directora de la época actual descubría por una serie de papeles y testimonios que en los años ochenta se había asesinado en la BNE a un tipo que había sido amigo de Juan García Hortelano, de Angel Gonzalez y de Juan Benet, a los que yo en esa época  frecuentaba mucho. Así que me daba la oportunidad de explicar el ambiente de Madrid de los ochenta y sobre todo hablar de cómo los empleados de los periódicos del Movimiento habían sido traspasados a la Biblioteca y al mismo tiempo descubrir al asesino a día de hoy cuando ya el crimen había prescrito, como ocurre cada vez más con los delitos de la extrema derecha. Bueno, no cuento más porque si algún día la retomo, no me gustaría que cuando la publicara ya se supiera quienes fueron los asesinos y quienes seguían siendo culpables de ocultamiento del crimen. Un thriller, en una palabra.

– ¿Qué queda de la Ilustrísima Señora Directora General, Rosa Regás, en la Rosa Regàs que hoy nos atiende?

Nunca fui Ilustrísima. A poco de incorporarme, el presidente Zapatero que en aquellos años pensaba más en la igualdad entre hombres y mujeres, ricos y pobres, famosos y desconocidos, eliminó el tratamiento igual que las barreras que impedían casarse a los homosexuales y tantas otras cosas que luego ha olvidado. Así que yo era simplemente Rosa Regàs, o la señora Regàs, como sigo siendo ahora, como he sido siempre.