11 enero, 2011

Conservar una obra de arte no tiene precio… por eso hay que pagar (Público)

Los británicos donan 800.000 euros para que un cuadro de Bruegel el Joven no abandone el Reino Unido.

“En comparación con las decenas de millones que actualmente se pagan por el trabajo de los artistas contemporáneos (200 millones de dólares en la subasta reciente de Warhol), 2,7 millones de libras son una ganga por esta increíble obra maestra y una gran inversión para la nación”. Había entusiasmo en el Reino Unido, como demuestra este comentario del asistente a una exposición, por mantener en el país la obra Procesión al Calvario, de Bruegel el Joven.

Contra todo pronóstico, en estos tiempos económicos de austeridad que no perdonan a la cultura, el objetivo se ha cumplido. El cuadro de 1602 continuará expuesto en el lugar en que ha estado en los últimos 200 años: una mansión aristocrática de Yorkshire con una colección artística abierta al público.

El National Trust una organización privada con 3,7 millones de miembros dedicada a preservar el patrimonio cultural y los parques nacionales del Reino Unido lanzó una campaña para impedir que el cuadro se subastara y partiera al extranjero.

Es la dueña de la mansión donde está el cuadro, como de otros muchos palacios, pero no podía asumir todo el coste de la compra, 2,7 millones (3,2 millones de euros).

Era previsible que fundaciones privadas y organismos públicos hicieran también aportaciones, pero eso sólo sería posible si la obra despertaba un verdadero interés en la opinión pública. Y eso es lo que ocurrió. Las donaciones de los ciudadanos llegaron hasta los 811.000 euros. Se habían superado las expectativas y el National Heritage Memorial Fund destinó los 1,2 millones de euros que faltaban.
Entrada gratuita

En otros países, todo el esfuerzo habría partido del Estado. En el Reino Unido, se considera que eso es posible cuando la gente es capaz de mostrar un interés personal por el arte. Por eso, en los principales museos de Londres la entrada es gratuita pero se pide al visitante que haga una aportación voluntaria ante el pasmo de los turistas extranjeros.

En España, el Museo del Prado confirmó en septiembre la autenticidad de un cuadro de Bruegel el Viejo, El vino en la fiesta de San Martín, que se convertía así en la 41º obra conocida del pintor. Esta obra perdida podría haber alcanzado un precio cercano a los 30 millones en una subasta, pero el Ministerio de Cultura la compró por siete millones.

El caso del cuadro de Bruegel el Joven no es una excepción. Lo mismo hizo la National Portrait Gallery, de momento con resultado incierto, con el retrato de Ayuba Suleiman Diallo, la obra más antigua del arte británico en la que aparece un hombre de raza negra identificado. Diallo acabó como esclavo en EEUU, y fue liberado y trasladado a Inglaterra en 1733 por un misionero, convirtiéndose en una celebridad de la época.

Procesión al Calvario es una obra intrigante con capacidad para entusiasmar a los críticos y también al público. Bruegel decidió trasladar la escena del ascenso de Jesucristo al Gólgota a un entorno más propio de la Holanda de finales del XVII, escenario de las guerras de conquista protagonizadas por los tercios de Flandes. Amberes fue saqueada por las tropas españolas cuando Bruegel tenía 12 años y ese momento tuvo que quedar grabado en su mente.

Los detalles intencionadamente anacrónicos se multiplican. La imagen tradicional de Jesucristo con la cruz a cuestas tiene un carácter secundario sin ocupar el centro de la trama. Lo que Bruegel ofrece es el recorrido hasta una ejecución a las afueras de la ciudad, una estampa habitual en una época sangrienta y dramática. Los contemporáneos debieron de quedar sorprendidos ante el mensaje y la provocación de llevar temas contemporáneos a una escena religiosa.

Los soldados que escoltan a los condenados no son romanos sino presumiblemente españoles. Sus armaduras delatan lo que entonces era un ejército de ocupación. Cabalgan compactos y en formación sin que a ninguno se le vea el rostro.

El público se arremolina en la subida y son pocos los que muestran dolor. Son testigos indiferentes o sólo personas que se han acercado a ver un espectáculo. Como dos niños, sentados en el suelo, quizá disfrutando de lo que para ellos era una diversión o motivo de curiosidad.

Bruegel se alejó de la convención del arte religioso. Los británicos han hecho lo mismo: la crisis no es motivo suficiente como para dejar de invertir en arte.

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