3 marzo, 2015

Colegiata de Santa María la Mayor de Toro

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Al norte de un requiebro que el rio Duero dibuja antes de su llegada a Zamora se extiende en forma de abanico la ciudad de Toro en torno a su icónica Colegiata de Santa María la Mayor. Su construcción se dilató entre el final del siglo XII y mediados del XIII, por lo tanto en plena moda románica. Si bien es cierto que con evidentes diferencias de estilo entre el primer y el segundo maestro. El primer encargado dominaba unas técnicas más vanguardistas y arriesgadas que el segundo cuyos recursos eran más antiguos y su estilo más arcaico. Estas dos fases constructivas pueden ser observadas con facilidad gracias a la notable diferencia de tonalidad entre la piedra caliza utilizada en un principio y la arenisca de la segunda mitad.

La obra comenzó por encargo del rey leonés Fernando II contagiado por la fiebre constructora de la época. Los trabajos se ralentizaron por culpa de la desidia que los monarcas sucesores mostraron por esta plaza. Un desinterés al que Sancho IV, hijo de Alfonso X el Sabio, supo poner fin acelerando las labores de construcción y encargando finalmente la representativa Portada de la Majestad.

La Colegiata es una pieza coqueta y voluptuosa, clásica y encantadora. Coronada por un emblemático cimborrio perteneciente al grupo de cimborrios del Duero junto al de la Catedral Vieja de Salamanca, al de la de Zamora y al de la de Plasencia. Al este miran tres ábsides modestamente decorados y al sur se abre un balcón con privilegiadas vistas al Duero y su entorno en gran parte aún silvestre.

También escultóricamente es interesante esta pieza del Patrimonio Nacional por su riqueza iconográfica tanto en sus capiteles interiores ornamentados o historiados como por las portadas abiertas en la fachada norte y la sur. Un detenimiento mayor reclama el Pórtico de la Majestad horadado a los pies del templo y cuya profusión de detalles y policromía han sido protegidas por la capilla de Santo Tomás Apóstol adherida al oeste del edificio principal.

El ambicioso diseño de esta portada fue encargado a fray Juan Gil de Zamora importante humanista de la época y preceptor del rey Sancho IV. La obra es de una arrebatadora narrativa que retrata a numerosos personajes bíblicos y representa varias escenas de las vidas de la Virgen y de Cristo, así como un detallista relato de la idea medieval del Juicio Final. A pesar de lo abrumador que pueda parecer el horror vacui de esta obra maestra, ningún elemento sobra ni resulta baladí, al contrario, en cada rincón de cada capitel, columna y arquivolta puede encontrarse una respuesta clave y a la vez todos forman un conjunto unitario perfectamente equilibrado y armónico.

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En caso de que se conservasen los diarios de fray Juan Gil de Zamora estas podrían haber sido sus anotaciones durante aquellas semanas de 1284 en las que se enfrentó a uno de los proyectos más ambiciosos de su vida:

Lunes

¡No puedo, no puedo! ¿Cuántos fieles atravesarán ese paso? ¿Cuántos se detendrán? ¿Cómo conseguir que al atravesar el vano una cascada de Palabra de Dios caiga sobre ellos? ¿De qué modo hacerles comprender el Evangelio si apenas unos pocos saben leer? Y su Majestad, ¿qué opinión habré de merecerle si mi composición no está a la altura de su exigencia? Yo, que siempre me he dedicado a las letras, que soy un humilde estudioso, ¿cómo se me ha podido ocurrir qué podría responder con dignidad, no ya con orgullo, ante tan fastuoso encargo?

Miércoles

Meses esperando por mí, el maestro constructor y los maestros escultores me reclaman cada día mi resolución. Yo trato de esquivarles. La piedra caliza cada día gana unos centímetros al aire toresano. La paciencia mengua al ritmo al que aumenta su disgusto. Su Majestad aún no ha sido informado del retraso que acumulamos por culpa de mi incompetencia. ¿Qué hacer? No sirve cualquier cosa, unas desnudas columnas sobre plintos no son dignas de este templo. ¿Cómo henchir de orgullo el pecho de los feligreses al cruzar el umbral entre el mundo de los humanos y el rincón de lo divino?

Viernes

A penas he dormido en dos noches. Maldigo a cada hora del día el momento en que acepté esta responsabilidad. Si traiciono la confianza de su Majestad solo cabe la desaparición absoluta, el vergonzante exilio del fraile que no estuvo a la altura. ¿Y si en verdad no estoy a la altura? ¿Y si la amistad que me une al rey Sancho le ha confundido y me ha supervalorado? ¿Cómo osas cuestionar la sabiduría de Su Majestad? Siento los nudillos de los constructores llamando a la puerta de mi celda. Este delirio hipnogógico ha de finalizar. ¿Cómo? ¿Cómo?

Domingo

Hoy el estruendo de las campanas me despertó de un revelador sueño:
La abadía se presenta ante mí ya rematada con una vasta apertura en la fachada que mira al oeste. Atravieso la tirante oscuridad que se presenta ante mí en el espacio que debería estar ornamentado por la portada que me fue encargada. Ya dentro me cruzo un pobre burro tendido incapaz de caminar por la pesada carga que soporta sobre su lomo. Rebuzna de dolor por los tirones de rabo y orejas al que le someten sus amos. Los roznidos son insoportables y escapo penetrando aún más en la oscuridad. Me roza la densa hojarasca que me rodea y me abro paso entre ella.

El silencio se agrieta gracias a unas voces humanas que me templan el miedo. Hablan los profetas: Isaías, Daniel, Jeremías, Ezequiel, el rey David les abriga con el sonido de su arpa, los arcángeles les acompañan. Frente a ellos la Virgen María con el Niño en brazos se me acerca y me entrega una flor. Este reconfortante séquito pronto se diluye en la negrura.

Un punto de luz en la lejanía me orienta y me dirijo hacia él. Escucho una melodía y su volumen aumenta a medida que me aproximo a los dos ángeles que tocan la trompeta. Es el Juicio Final. Cristo Juez se sienta en Majestad frente a reyes, mártires, santos, abades y obispos. Tras él, por la senda ascendente de su derecha los justos avanzan camino del Paraíso donde les recibe Dios Padre. A la izquierda de Cristo el suelo quebrado se traga a los condenados que, tras ser sometidos a infinitos tormentos, son devorados por Leviatán. Esta visión se me hace insoportable, los llantos y gritos de auxilio son atronadores, inundan mi cráneo y lo presionan de tal modo que temo que pueda llegar a quebrarse. Antes de desmayarme por el pánico una espiral de ángeles me elevan a tremenda velocidad. Desde lo alto abro de nuevo los ojos para observar toda la escena ahora cubierta por una confortable luz. Una luz que ha coloreado cada rincón y cada personaje. Y cada color se fragmenta en infinitos tonos que se funden entre sí y perduran durante siglos.

Ese dictado ha de ser transferido a la piedra. ¡Así se hará!