10 abril, 2014

Chillida en espera del Chillida-Leku

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La inauguración de una exquisita exposición de obras del escultor en una bodega de La Rioja contrasta con la imposibilidad de reapertura de su museo

Las tierras, las areniscas, los granitos, los aceros y los alabastros de Chillida que desde ayer conviven con el silencio, la luz macilenta y el olor a vino en una de las grandes bodegas de La Rioja sugieren dos conclusiones básicas.

Una: la confirmación de que el silencio cartujo y sepulcral y la sencillez tendente al despojamiento absoluto, incluso ese indefinible aroma de las estancias cerradas, le van bien a la obra del escultor donostiarra, y quizá también a lo que fue su personalidad: decir tanto con tan poco, huir del ruido mundanal y del otro, orquestar pequeñas revoluciones de formas escondiéndolas tras muros de discreción, o en otras palabras, El viento que no vemos, título de esta pequeña aunque exquisita exposición, extraído de uno de sus aforismos: “Tú creaste el tiempo / el espacio / la gravedad / la luz / y el viento que no vemos”.

Y dos: la imposibilidad de no recordar Chillida-Leku y de no lamentar, una y otra vez y las veces que haga falta, el desgraciado cierre que se prolonga en el tiempo (desde el 1 de enero de 2011, para ser exactos), sus razones, las disputas familiares, crematísticas, institucionales y políticas en torno a las lurras y los hierros de Chillida.

Más de tres años han transcurrido ya desde el cierre por “déficit recurrente” del museo dedicado al artista en las cercanías de Hernani (Gipuzkoa), y los herederos de Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002), su viuda Pilar Belzunce, el entorno familiar del artista, en suma, no han sabido, podido o querido ponerse de acuerdo con los representantes políticos de turno para procurar su reapertura.

La frase bien podría enunciarse al revés, ya que ni el PSE cuando gobernaba ni el PNV ahora que gobierna, ni Bildu —que ocupa la Diputación de Gipuzkoa y el consistorio de San Sebastián y al que el caso Chillida-Leku parece importarle más bien tirando a poco— han conseguido mover ficha.

El Gobierno vasco negocia a toda prisa con la familia para reabrir el centro

El actual viceconsejero de Cultura del Gobierno Vasco, Joxean Muñoz, negocia aceleradamente con la familia para que la hermosa finca de Zabalaga, situada a 10 minutos del centro de San Sebastián, pueda reabrir sus puertas en un lapso de tiempo deseable. Deseable sería, por ejemplo, de aquí al verano. Parece improbable. Razonable sería el año que viene. Complicado. E imperdonable sería que las puertas de Chillida-Leku no se reabrieran para el público antes de que llegue la capitalidad cultural europea para San Sebastián, en 2016.

De hecho, así lo reconocía recientemente la consejera de Cultura, Cristina Uriarte, durante una comparecencia en el Parlamento Vasco: “Sería un auténtico fracaso que en 2016 Chillida-Leku estuviera muerto”.

Ayer mismo, en la localidad riojana de Haro, a la salida de la exposición El viento que no vemos, en la llamada Aldea del Vino de las bodegas CVNE (Compañía Vinícola del Norte de España, organizadores de la muestra comisariada por Ignacio Chillida, hijo del escultor), una persona del entorno familiar de Eduardo Chillida reconocía discretamente a este diario: “No puedo contar nada, todo se lleva con muchísima discreción… pero la cosa está mejor, bastante mejor”.

La muestra recrea en una mínima expresión el espíritu de Zabalaga

“Queremos medir mucho nuestras palabras, porque ha costado mucho recomponer la relación entre los Chillida y el Gobierno Vasco; mucha discreción. Ahora mismo estamos hablando de cosas como el concepto de museo, si ha de ser monográfico o pueden entrar exposiciones de otros artistas, si la familia tiene o no que intervenir en la gestión, si se tiene que abrir todos los días o solo algunos días…”, comenta desde Vitoria, con pies de plomo, un representante de la consejería de Cultura del ejecutivo vasco.

El asunto se resume así: los herederos de Chillida quieren preservar el carácter monográfico de Chillida-Leku que defendió su fundador, es decir, un museo dedicado íntegramente a la obra de Eduardo Chillida Juantegui. Doce hectáreas de parque en torno a un caserío del siglo XVI en el que mostrar la colección privada del escultor (incluidas algunas piezas que Chillida y su mujer Pilar Belzunce tuvieron que adquirir en el mercado internacional para que no faltara etapa alguna de su proceso artístico). Cuarenta esculturas al aire libre y 60 piezas dentro del caserío. Hierro, alabastro, piedra, granito, acero, madera, papel, terracotas. Desde su apertura en 2000 hasta su cierre en 2010, 810.000 personas visitaron Chillida-Leku.

Por el momento, la visita a la pequeña exposición de Haro, fruto de la colaboración entre los persuasivos propietarios de CVNE y el propio Ignacio Chillida, hijo del artista y comisario de la muestra, permite recrear en una mínima expresión el espíritu de Zabalaga. “Toda exposición de obras de Chillida tiene en cierta forma que ver con Chillida-Leku, y es verdad que este espacio [una nave en la que hasta hace poco descansaban cerca de 400 barricas de vino) se le parece en muchos sentidos… pero no era nuestra intención hacer un pequeño Chillida-Leku”, comentaba el comisario.

Lo profundo es el aire, Zuhaitz IV, Escuchando la piedra III, Lurra 94, Homenaje a la arquitectura, Homenaje a Cioran… Tierras y aceros, aceros y granitos, granitos y alabastros como tributo abierto a un museo cerrado. En espera de la gran exposición que sobre la obra de Eduardo Chillida abrirá en junio la sala Kutxa del Kursaal donostiarra (la primera desde 1991 en su ciudad natal)… El viento que no vemos bien vale una copa de vino.

Por Borja Hermoso para El País