3 febrero, 2014

Cézanne, el pintor de élites adorado por las masas

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“El arte se dirige sólo a un número excesivamente restringido de individuos”. Cuando Paul Cézanne (1839-1906) escribió estas palabras a su joven amigo el pintor Émile Bernard (1861-1941) todavía no se había inventado el marketing. La pintura del díscolo impresionista hoy es uno de los mayores reclamos de cualquier museo, a pesar de ser uno de los artistas menos complacientes de la generación que abrió las puertas a las vanguardias. Una retrospectiva suya, sea con el motivo que sea, garantiza reventar la taquilla del museo.

Poco queda de aquel huraño eremita apartado en la Provenza francesa, lejos del guiso parisino, malhumorado, aquejado por los achaques de la edad y la soledad. Ni rastro de su concepción artística, que suele evitar el hecho de recordar que fue un frontal enemigo de la mirada pasiva frente al paisaje de los impresionistas.

Nada ha llegado al espectador actual del rechazo y de la tardanza con la que arribó al circuito comercial y a los libros que resumen la Historia del Arte. A los 56 años, en 1895, el galerista Ambroise Vollard, empujado por los consejos de Camille Pissarro, organiza la primera exposición dedicada a Cézanne, en su galería de la calle Laffitte. Sólo disfrutó de reconocimiento durante los diez años de su vida. Luego, vino el éxito. Al año de su muerte, el Salón de Otoño le dedica la primera gran revisión de la obra y el legado de quien nunca recibió un reconocimiento oficial.

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El mejor retrato del pintor por entonces lo escribe la artista norteamericana Mary Cassatt (1844-1926), que paraba en única fonda de Giberny, en la que se había instalado también Cézanne de visita a casa de Claude Monet. Esboza en una carta sus opiniones: “Cuando lo vi por primera vez, me dio la impresión de ser una especie de bandolero, con sus ojos grandes y rojos a flor de piel, que le daban un aire feroz, aumentado además por una perilla puntiaguda, casi gris, y por una manera de hablar tan violenta que hacía resonar literalmente la vajilla”.
Reconoce que no fueron más que el engaño de las apariencias, porque “lejos de ser feroz, tiene el temperamento más dulce que pueda imaginarse”. Como el de un niño. En su carta continúa con la escena a la hora de comer, en la que descubrimos en nuestro pintor unos modales bárbaros: “Araña su plato de sopa, luego lo levanta y vierte las últimas gotas en su cuchara”. Es un pequeño salvaje que come chuletas con la mano y sólo utiliza el cuchillo; no lo suelta hasta que se levanta de la mesa.

“A pesar de su desprecio total por el código de buenos modales, da pruebas, con respecto a nosotros, de una cortesía que ningún otro hombre sería capaz de mostrar aquí”, remata. Cassatt recuerda que en la sobremesa, al hablar de pintura, Cézanne se muestra como un pintor absolutamente liberal, porque asume que “no todo el mundo tiene que ver las cosas a como las ve él”.

El milagro del éxito

El valor de los impresionistas y de los posimpresionistas se dispara cuando los nuevos ricos norteamericanos llegan al mercado de obras de arte. Con su dinero, Nueva York iba a tomar el relevo del centro artístico de occidente. Norteamérica comienza a forjar su identidad en contraposición a Europa y el MoMA de Nueva York se inaugura en 1929. Su director Alfred H. Barr era un entusiasta del arte que renacía de las fórmulas agotadas.

Albert C. Barnes, millonario farmacéutico que se enriqueció con un antibiótico oftalmológico de fabricación barata, fue el primer mecenas del arte impresionista norteamericano. En 1923 cedió parte de su colección, que acaudalaba desde 1910, para exponerla en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania. Entre los centenares de cuadros impresionistas que compró a bajo coste figuraba una de las vistas de la montaña de Saint-Victorie vista desde Bellevue, de Cézanne de quien llegó a tener casi 70 cuadros.

Esta pintura forma parte de las obras que componen la exposición que el Thyssen-Bornemisza le dedica al pintor francés desde este martes hasta el 18 de mayo. La gran apuesta sin riesgo para esta temporada del museo ha recibido el curioso título Site/Non-site –en referencia a los bodegones y los paisajes- y ha necesitado un aval de más de 500 millones de euros del Estado para traer 38 piezas de sus lugares de residencia, en 13 países distintos.

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A pesar de la sobrexposición a la que los museos someten a Cézanne para sanear sus cuentas, el discurso del pintor sigue encerrado en secreto. Apenas condensó algunas ideas de cuáles eran sus aspiraciones estéticas en sus cartas, esencialmente, las dirigidas a Bernard. La vida póstuma de Cézanne ha sido una traición constante a su memoria. La publicación de la correspondencia y sus pensamientos íntimos –tan necesaria para atar pretensiones plásticas del artista- fue una apostasía contra una persona ferozmente tímida y celosa de su intimidad.

Lejos de la fama

“Yo creía que podía hacer pintura bien hecha sin llamar la atención acerca de la experiencia privada de uno. Efectivamente, un artista desea elevarse intelectualmente lo más posible; pero el hombre debe permanecer en la penumbra”, escribe a Joaquim Gasquet (1873-1921). Ese hombre con el que soñaba ser Cézanne vivía excesivamente en la penumbra. Demasiado para el mercado de lo popular y la fama. Desde que fue redescubierto para la posteridad del arte moderno, se procedió a destruir la separación de los dos mundos para alumbrar la intimidad de un ser extraordinario. A los pocos años de su muerte, ya no existía división entre el hombre y el artista.

Después de todo lo que se ha dicho sobre su obra, dejemos hablar al artista sobre ésta: “Con un poco de temperamento se puede ser buen pintor. Se pueden hacer cosas bien sin ser armonista o colorista. Basta con tener sentido del arte; ese sentido que tanto suele horrorizar al burgués. Así pues, los institutos, las pensiones y los honores no pueden estar hechos más que para los cretinos, los payasos y los graciosos”.

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Huraño y enemigo de los honores. Lo tenía todo para que los nuevos pintores admiraran su trabajo. La marginalidad era un atractivo más de su vida y obra. Escribe a su galerista Vollard, en 1903, para decirle que ha realizado progresos, pero se lamenta de que lleguen tan tarde (a tres años de su muerte) y con tanto esfuerzo. “¿Es, efectivamente, el arte un sacerdocio que exige personas puras que les pertenezcan enteramente?”, se pregunta en la misma misiva. De la soledad monacal a la detonación turística, en algo más de 100 años.

Cuestión de temperamento

No fue un camino fácil para una pintura exigente. “La aprobación de los demás es un estímulo del que a veces conviene desconfiar”, escribe como consejo para parapetarse, en el fondo, no tanto de los halagos como de las críticas. Henri Rochefort fue uno de los críticos que pasará a la historia por haberle atizado con los argumentos del ciego.

En un artículo de 1903, titulado El amor de lo feo, decía sobre las obras de juventud del pintor: “Si Cézanne estaba en el jardín de infancia cuando ejecutó estos pintarrajeos, no tenemos nada que decir. Pero qué pensar del jefe de escuela que pretendía ser y que incitaba a la propagación de semejantes insanias pictóricas… ¿No vio nunca ese desgraciado de cerca un Rembrandt, un Velázquez, un Rubens o un Goya?”. A pesar del demoledor artículo, en la subasta los precios de las obras tempranas de Cézanne se situaron entre los 600 y 4200 francos, y superarían las previsiones de venta.

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Claro que Cézanne había visto a todos los maestros. De hecho, para él el Museo del Louvre es un bello libro del que aprender, pero rápidamente huir. Es el libro con el que se aprende a leer, a pintar. Pero lejos de contentarse con retener las soluciones de los ilustres predecesores, anima a sus jóvenes amigos a que les abandonen para salir al campo a estudiar la naturaleza. “Tratemos de extraer el espíritu de ésta e intentemos expresarnos según nuestro temperamento personal”.

Ahí está la clave: el temperamento. A los impresionistas les acusaba de pasividad, porque se conformaban con la literalidad. “Los más grandes ya sabe usted mejor que yo quiénes son: los venecianos y los españoles”, le escribe a Bernard, como ejemplos. Temperamento y naturaleza, nada más.

Cézanne el artista, sentía pocas inclinaciones a alargar los devaneos filosóficos en especulaciones por escrito. “Habladurías de arte”, les decía. Pero Bernard le planteaba dudas y cuestiones que lo impulsaban a responder: “Aborde la naturaleza a través del cilindro, la esfera, el cono, todo ello puesto en perspectiva, de modo y manera que cada lado de un objeto o plano se dirija hacia un punto central. Las líneas paralelas al horizonte dan la extensión, es decir, una sección de la naturaleza”.

por PEIO H. RIAÑO, EL CONFIDENCIAL