23 diciembre, 2013

Cesky Krumlov, un fascinante viaje al pasado

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Desde su nacimiento en la Selva Negra, hasta desembocar en el Elba, el río Moldava abraza y rodea, una y otra vez, a la hermana pequeña de Budapest, una ciudad checa menos conocida pero tan bella como aquella y que sin embargo, por algún tipo de extraño encantamiento, ha permanecido tal y como fue desde hace siglos, oculta de miradas indiscretas, tras los meandros del río.

Cesky Krumlov es una ciudad deslumbrante, bella pero serena, imponente y sencilla a la vez, plástica y monumental, casi perfecta. Una ciudad propia del antiguo y deslumbrante imperio Austro Húngaro, que parece salida de un cuento. El centro medieval discurre por un laberinto de calles empedradas, pasadizos abovedados y plazas escondidas. Fachadas inmaculadas, revestidas de estuco y pintadas como un lienzo, adornadas por blasones y escudos que hablan de un pasado noble, de callejuelas que se retuercen entre si, casas de techos rojos que sin orden ni concierto se derraman por la ladera desde el castillo hasta el río, exhibiendo una colección de estilos góticos, renacentistas y barrocos, donde prácticamente todos los edificios son monumentos culturales.

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Se trata de una encantadora ciudad a tan sólo dos horas en coche de Praga. Pasear por sus estrechas y laberínticas calles es trasladarse a otro siglo, a otra época. Pocas ciudades han sabido conservar su carácter medieval y su estética renacentista que permanece envuelta en una atmosfera de tranquilidad difícil de describir y que sólo se experimenta cuando recorres sus calles.

En el punto más alto de la ciudad, el castillo, la gran fortaleza, vigila y protege a sus hijos desde 1200. En su interior, en sus grandes patios, fabulosos jardines y estancias grandiosas, decoradas profusamente con magníficos frescos, se desarrollaba una vida de fastos y lujo. Pomposa residencia renacentista, cobijó durante tres siglos a uno de los linajes más aristocráticos y poderosos de la época, una familia de origen veneciano que quiso heredar el esplendor y el modo de vida de sus ancestros italianos.

Nada como embarcarse en un pequeño bote y navegar por el río para obtener una perspectiva diferente de la ciudad. Desde aquí, el puente del Castillo o la iglesia gótica de San Vito, construida en 1407, adquieren otra dimensión. La iglesia de San Justo, de la primera mitad del XIV, al borde del río y a los pies del castillo o la puerta de Budejovice, construida en 1600, la única que queda de las nueve que sirvieron de entrada a la ciudad, son sólo algunos de los numerosos monumentos de la ciudad.

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Su pequeño pero fabuloso teatro barroco, con un escenario imponente enlucido con fabulosos dorados, contrasta con la bancada donde se sienta el público y desde donde únicamente se puede disfrutar de dos o tres representaciones al año. El popular concierto a la luz de las velas es único y sobrecogedor. Otro de los emblemas de la ciudad son los dos osos “reales” que cuidan el castillo como reminiscencia del ambiente promovido por la noble familia Rosemberg (cuya traducción es, precisamente, oso), obligaba a mantener símbolos y ostentación en el castillo.

Dónde comer: en Egon Schiele puedes parar a almorzar y tomar un riquísimo café. Laibon es un delicioso restaurante vegetariano con mesas junto al río. El Bar Krumlos, en el centro histórico, donde literalmente se puede ‘beber el mundo’, ya que su dueño recorre las cuatro esquinas del planeta en busca de los mejores rones, vodkas y whiskys.

Por Daniel Camiroaga en Vanitatis. said Neighbourhood angry