28 agosto, 2014

Campesinos de Gandía

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Autor: Anglada Camarasa
Cronología: 1909
Técnica: Óleo sobre tela
Localización: Colección Jesús Cambó, Barcelona.

La escena artística europea de finales del siglo XIX se caracterizaba por una mezcla curiosa de refinada decadencia e indiscutible modernidad. Entre las nuevas tendencias que definían el rumbo de las artes se encontraban el modernismo y el simbolismo. Movimientos que buscaban crear una estética nueva y romper con los estilos dominantes de la época en busca de la libertad creadora. Fueron muchos los artistas que comenzaron sus trayectorias dejándose llevar por el gusto imperante, pero finalmente los gustos cambiaban de forma fugaz y ellos encontraban su propio estilo.

Sin embargo como muchas veces ha sucedido en la historia del arte de los últimos siglos. Los rápidos cambios y la frenética renovación de movimientos hicieron que, esas mismas figuras que en su momento destacaron y lograron ser aclamados por la crítica y el público. Fueran olvidadas en el tiempo al no unirse de forma consciente a la rápida y constante renovación.

En este contexto nos encontramos con la figura del maestro español Hermenegild Anglada Camarasa, contemporáneo de Sorolla y Zuloaga, se puede decir que junto a ellos fue el pintor español con mayor renombre y éxito internacional en el primer cuarto del siglo XX, a excepción de la figura de Pablo Picasso. Pero después su figura se va perdiendo en el panorama artístico moderno, quizás tuvo que ver su retiro en Mallorca pero también no podemos olvidar que los movimientos de vanguardia arrasaban en el mundo del arte. Una vanguardia entre la que Anglada nunca se sintió cómodo ni atraído, y a la que de forma rotunda y consciente nunca se quiso unir.

Rebelde y de fuerte carácter supo hacerse un hueco en la difícil encrucijada de cambio de siglo. Logrando que su obra repleta de exuberante colorido, radiante plasticidad y delicada sensualidad se convirtiese en el símbolo de la Belle Epoque.
Conocido desde joven por el diminutivo de Hermen, había nacido en 1871 en el seno de una familia de artesanos barceloneses. El mundo artístico no le resultaba lejano ya que su padre era pintor y un aficionado acuarelista.

Sus deseos de ser pintor crecieron con él en su infancia, pero esta convicción peligraría muy pronto, al quedarse huérfano de padre y encontrarse con la completa oposición de su familia a la idea de que el joven comenzase su carrera artística.
Pero Hermen nunca abandonó su deseo de convertirse en un gran artista. Trabajador incansable, tenaz y seguro de sí mismo. No dudó en aferrarse a una férrea disciplina para lograr su sueño.

El joven se formó en una Barcelona en plena ebullición artística y por ser uno de los lugares más activos dentro del modernismo finisecular. Pero el modernismo del artista siempre fue distinto del catalán, ya que realmente su obra se alejaba de lo que se hacía en España.

No por ello dejó de comenzar su formación en su tierra natal, en 1886 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de la Llotja de Barcelona, donde conoce a su maestro Modesto Urgel, un paisajista intimista, que en su primera etapa tendrá gran influenciada sobre él. De esta manera sus obras de los años 80 y 90 desprenden la misma melancolía y poesía de su maestro. Por eso la mayoría de sus paisajes de horizonte bajo, eran composiciones tomadas del natural, llenas de detallismo y fidelidad.

Nada hacía presagiar su cambio, por aquel entonces la modernidad estaba lejana y ni siquiera le interesaba. Poco hacía pensar que tan sólo unos años después su obra se llenaría de pintura plana y decorativismo.

El cambio llegaría con su estancia en París, a donde llegó por primera vez en 1894 y donde finalmente permanecería hasta 1914, será un periodo de gran importancia ya que no sólo se afianza su estilo sino que también será el momento en el que le llegué el reconocimiento y su posterior fama en toda Europa.

Su fuerte personalidad quedará marcada por lo que se hacía en la ciudad de la luz. Totalmente maravillado y atrapado en un mundo de atrayente bohemia, el maestro catalán no duda un sólo instante en convertirse en uno de los protagonistas de la vida nocturna parisina.

Como no podía ser de otra forma los temas elegido se acercan a los que unos años antes había elegido Tolouse Lautrec, pero su paleta de colores lo diferencia rápidamente sus amarillos, naranjas y verdes se entremezclan para crear composiciones de figuras planas que incluso a veces son difíciles de reconocer. Pero no por ello dejan de atrapar al espectador quizás por un decorativismo personal, lírico y expresivo que hacía a su pintura inconfundible.

Pero también porque sus obras eran capaces de expresar con un sublime encanto la atrayente oscuridad de la alegre y turbia noche parisina. Una vida nocturna cosmopolita y decadente, de olvidada moralidad pero con un atractivo sin igual.
Con un colorido atrevido acompañado de una pincelada muy libre, Anglada ya había creado su estilo, y aunque decide abandonar los temas nocturnos parisinos la esencia técnica siempre la mantendría. Y es que el artista por aquel entonces ya no buscaba mejorar simplemente quería moverse dentro de su estilo en un equilibrio perfecto.

A partir de 1904 llega el cambio, el artista se concentrará en escenas folklóricas españolas pero tratadas con el mismo decorativismo, sentido del arabesco y estilización que había personalizado su estilo. Un tema que a partir de este momento se convierte en una constante en su obra y con el que logra un rotundo éxito.

Su forma de tratar el folklore es muy diferente al que tenían contemporáneos suyos por aquel entonces, se alejaban de las amables escenas pintorescas de Sorolla o de la mirada más crítica de Regoyos. Anglada se separa conscientemente de estas visiones, ya que lo que el encuentra en estos temas populares es simplemente un soporte sin igual para sus elementos decorativos y su explosión de color.

El maestro catalán se recrea en el detallismo del colorido de los mantones y mantillas, de los trajes populares, de las escenas individuales de gitanas y bailaoras, de los retratos más personales y decorativos. Como en las escenas de grupo donde la unidad decorativa funde unas escenas con otras a través del detalle y el color.

Habrá dos acontecimientos que serán importantes para esta explosión creativa, por un lado el viaje que realiza en esta época a Valencia para nutrirse de todos estos motivos. Y a este viaje se une otro elemento, un verdadero punto de inflexión en su carrera, que influye en su renovación. Será la llegada a la capital francesa de los ballets rusos de Diágilev, un acontecimiento social y artístico que revolucionó a toda la ciudad. Anglada queda atrapado ante los decorados y vestuarios, sus formas, su dinamismo pero sobre todo sus colores. Su influencia será tan importante que incluso cambia su paleta, dejando atrás los tonos pálidos en sus figuras femeninas para llenarla de brillos multicolores.

Esta influencia se funde con su particular técnica en obras como “Campesinos de Gandía”, relacionada en lo que se refiere al tema con el viaje del verano de 1904 realizado a Valencia, forma parte del repertorio del maestro dedicado al folklore español pero tratado con sus arabescos, los juegos lineales y llamativo colorido que le hicieron poseedor de un estilo tan diferente al de sus contemporáneos. La figura sola o en grupo, como es este caso, adquiere un papel destacado, centrando toda la atención del pintor en los motivos ornamentales.

El grupo de figuras forman una unidad decorativa a modo de elegante friso, donde los elementos ornamentales y coloristas parecen fundir unas figuras con otras. Al mismo tiempo que consigue enfatizar más esa idea de friso al utilizar figuras planas y estáticas y acentuar los contornos.

Las figuras más monumentales nos invitan a entrar de lleno en la composición mientras que toda una serie de figurillas pequeñas nos atrapan para descubrirlas y seguir recreándonos en su decorativismo.

Todo se convierte en un juego visual donde la materia pictórica se mezcla perfectamente con los efectos tornasolados de la iluminación que, el artista con gran destreza resuelve a través de un verdadero mosaico de pinceladas.

Las mujeres estilizadas y fuertemente silueteadas son convertidas en un soporte de los estampados de sus vestidos llegando a ser un elemento decorativo más del cuadro. Y aun así uno no puede de dejar de recorrer con la mirada cada uno de sus detalles, filigranas o las compactas y lumínicas manchas de colores por las que están formadas. Una exquisita mezcla de ritmos lineales, abundancia matérica y escandaloso colorido y minuciosidad que atrapa en un solo instante.

El maestro ya había conseguido su estilo y aun le quedaba una gran carrera por delante, pero con el paso del tiempo su figura se desvaneció entre la explosión del arte de vanguardia y su éxito cayó en el olvido.

Pero eso no fue ningún impedimento para que el artista fuese fiel a sus ideales y es que Anglada siempre mantuvo una constante. Para él la naturaleza era el punto de partida del que debía partir el arte, y será en las manos del artista donde cambie y se moldee a su conveniencia. Y ese es el camino que eligió, logrando que sus cuadros se construyesen a través de ritmos sinuosos que describían la realidad a su antojo. Leal ante sus convicciones se mantuvo al margen de los caminos iniciados por la vanguardia, pero esto no se convirtió en ningún síntoma de que su obra se alejaba de la modernidad, sencillamente el genial artista vivía, sentía y creaba en un universo particular que siempre llenó toda su vida.