8 enero, 2014

Cabo de San Vicente, la incomprensible derrota española ante la “Royal Navy”

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Trafalgar, Rocroi… Es posible contar por decenas las batallas en las que España no logró hacerse con la victoria. Sin embargo, en muchas de estas derrotas los soldados hispanos lucharon hasta la muerte agrandando más, si cabe, la leyenda que persigue a nuestro país. Por desgracia, el combate del cabo de San Vicente (ubicado en aguas portuguesas) no fue una de ellas. Y es que, aquel 14 de febrero del siglo XVIII, la Royal Navy dio una lección estratégica a un almirante español –José de Córdova- que, a pesar de contar con casi el doble de barcos que los ingleses, no supo llevar a sus soldados hasta el triunfo.

Corría entonces 1793, año en que ocupaba el trono español un escasamente avispado (de pocas luces, que se podría decir en la actualidad) Carlos IV. Sin embargo, parece que este monarca estaba más preocupado por tener entre las manos una escopeta de caza que un cetro con el que dirigir a sus súbditos, pues pronto dejó el poder en manos de su favorito, Manuel Godoy (favorito también de la reina quien, según las malas lenguas, disfrutaba “discutiendo” con él todo tipo de asuntos de estado en su alcoba).

Con todo, Godoy no se demoró en demostrar que su habilidad en la cama real era cuantiosamente mejor que su capacidad para dirigir España cuando, en su primera acción destacable como gobernador, ordenó invadir el sur de Francia en represalia por la llegada de la Revolución y la muerte del rey gabacho. No obstante, el fusilazo le salió por la culata pues, lejos de amedrentarse, la nueva «France» derrotó en múltiples batallas a los invasores hispanos y, meses después, demostró su capacidad militar conquistando varios territorios del norte de la Península.

Pintaban entonces las cosas muy azules, blancas y rojas para nuestro país, por lo que a Godoy no le quedó más remedio que tragarse su orgullo acompañado de una baguette y un croissant francés. Así, ya en 1796, el favorito real se bajó los calzones y firmó el humillante tratado de San Ildefonso, en el que España se comprometió a combatir junto a Francia en caso de que esta entrara en guerra con Inglaterra.
Concretamente, y en el caso de que comenzara la contienda, Godoy se vería obligado a aportar una cuantiosa flota de barcos y 18.000 soldados. A su vez, los galos se lavaban sus perfumadas manos en lo referente a soltar monedas y nos obligaban a correr con los gastos resultantes de la puesta a punto de los navíos y la movilización del ejército. Es decir, que además de meretrices, nos tocó poner la cama.

Como no podía ser de otra forma, este tratado no gustó demasiado en la pérfida Albión, donde, si ya llevaban meses haciéndonos la vida imposible cañonazo para arriba y abordaje para abajo, decidieron que era buen momento para iniciar las hostilidades. De esta forma, su Majestad Británica no titubeó y dio orden a la flota de hundir o apresar cualquier buque español que entrara en aguas guiris.

La flota española, un espejismo

Mediante este acuerdo, la Francia revolucionaria pensaba que recibiría el apoyo de una de las armadas más grandes del mundo. Y es que, según los números oficiales, España contaba en sus arsenales con una escuadra de los mejores buques que, por entonces, podían construirse en el mundo. Sin embargo, la flota hispana sufría en secreto de una dolencia letal: la falta de marineros con experiencia para dirigir aquellas máquinas de muerte marítimas.

“Arrojaba la revista de inspección pasada a las matrículas de mar el año 1787 un total efectivo de 53.147 marineros en las provincias de España e islas adyacentes, necesitábase para tripular los buques de guerra el de 89.350, de modo que, aun disponiendo de todos los inscritos, resultaba déficit de 36.200» destaca el ya fallecido historiador y militar Cesáreo Fernández Duro en su obra «Armada española (desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón)”.

Sin embargo, ni los franceses con su ansiedad de tomar Albión, ni los ingleses con sus cañonazos estaban dispuestos a esperar una nueva remesa de marinos españoles, por lo que no quedó más remedio que recurrir a soluciones variopintas para poder sacar los navíos de puerto. “En principio se trató de suplir la cifra aumentando en los bajeles la infantería, y no bastando la providencia, se dio la de levas forzosas de vagos y gente de mal vivir, extendidas desde los muelles y playas, sucesivamente, a las poblaciones de todo el reino”, completa el autor español.

Así pues, mientras que las tripulaciones inglesas destacaban por su rapidez, preparación, efectividad y experiencia, las de por aquí se caracterizaban por contar entre sus filas con ladrones y bandidos que, probablemente, no habían visto un mástil en toda su existencia. A su vez, los oficiales tampoco disponían de tiempo para entrenar a estos toscos e improvisados marineros en el arte de la guerra en el mar, lo que provocaba que muchos entraran en batalla sin haber disparado nunca un fusil, armado un cañón, o empuñado algún arma que no fuera un cuchillo de pan con el que atracar a algún viandante desprevenido tierra adentro.
De esta misma opinión era José de Mazarredo –oficial al mando de la principal escuadra española- quien, ese mismo año, fue expulsado de su cargo por dirigir una misiva a Godoy señalando lo que todos los capitanes de la marina de Su Majestad Católica pensaban, pero ninguno se atrevía a firmar: “Es verdad evidente e innegable que hoy la armada es sólo una sombra de fuerza muy inferior a la aparente, y que se acabará de desvanecer a la primera campaña”.

A la caza

Con todo, y a pesar de la escasez de marinos entrenados, alimentos y medicamentos, la flota española se hizo a la mar en multitud de ocasiones para, a cara de perro, poner en jaque a las experimentadas tripulaciones inglesas mediante cañón y sable. Tal fue el caso de la flota inglesa del Mediterráneo la cual, dirigida por el veterano almirante John Jervis –quien, aunque de inglés tenía mucho, no contaba en su sexagenaria peluca británica ni un pelo de tonto-, salió corriendo (o navegando, más bien) de las aguas dominadas por la alianza con dirección a Portugal para evitar ser cañoneada.

Sin embargo, la suerte quiso que llegaran hasta Godoy noticias de la retirada británica, unas jugosas nuevas para alguien que, después de meter la pata hasta la altura de la ingle, estaba deseando volver a recuperar el prestigio perdido. “El de Madrid tenía informes exactos de la cortedad de la escuadra enemiga, y urgía a la nuestra para que se trasladara de Cartagena a Cádiz, sin atender a los requerimiento de gente, pertrechos y efectos de toda especie que la faltaban, en la creencia de que no los habría menester en travesía tan breve”, añade Duro.

El favorito del rey no lo dudó ni un momento y, en pocos días, llegaron sus órdenes a Cartagena: la flota debía partir con la mayor premura posible. «Salió pues, del puerto, el 1º de febrero, arbolando D. José de Córdova la insignia de general jefe en el navío “Santísima Trinidad”, coloso de 130 cañones, único de cuatro puentes que en el mundo naval existía; otros seis de tres puentes y 112 piezas; uno de 80, 19 de 74, ó sean 27 en total, le obedecían, con ocho fragatas, cuatro urcas, un bergantín y 28 lanchas cañoneras y bombarderas», completa el experto español.

Cuadro que representa el final de la Batalla

Durante las jornadas posteriores, esta impresionante armada navegó, bandera española en popa, hacia aguas malagueñas, donde se les unió un convoy mercante con órdenes de arribar también a Cádiz. Casi una semana después, esta gigantesca escuadra pasó cerca del puerto de Algeciras, lugar en el que atracaron tres de los navíos y la totalidad de las lanchas torpederas.

En menos de 24 horas llegó, a su vez, el resto del grupo hasta las proximidades del puerto de Cádiz, donde únicamente entraron los buques mercantes. Y es que, según parece, Córdova prefirió esperar a que los fuertes vientos amainasen para no arriesgar ninguno de sus buques. Por ello, dio órdenes a la escuadra de dirigirse hasta las tranquilas aguas del cabo de San Vicente, ubicado en el extremo sudeste de Portugal.

Lo que no sabía el almirante es que cerca de este nuevo destino había ubicado sus buques Jervis a quién, además, se le había unido un refuerzo de varios bajeles provenientes de la pérfida Albión. “Córdova estaba en la firme creencia de no tener el almirante Jervis más que los 10 navíos que tiempo atrás se le conocían; así se lo habían avisado de Madrid, y más de un buque neutral (…) lo confirmaba (…). Ignoraba que en los últimos días se le habían unido seis {lo que hacía un total de 15} (…) y navegaba en la seguridad completa de no tener nada que temer con los 24 puestos a su cuidado”, añade Duro.

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En esas andaba el “Trinidad” (bajando la bandera española para indicar su rendición) cuando, repentinamente y cruzando el horizonte, aparecieron por el costado el “San Pablo” y el “Don Pelayo” lanzando andanada tras andanada a los soldados de la Royal Navy. Al fin, y tras haber sido enviados al sur, habían conseguido entrar en combate, y, por suerte, habían elegido el mejor de los momentos.

A su vez, el ataque de estos dos heroicos capitanes (Baltasar Hidalgo y Cayetano Valdés respectivamente) se vio acompañado por varios de los navíos que, durante la acometida, habían quedado en vanguardia. “El refuerzo de estos dos navíos recayó sobre la incorporación oportuna del “Conde de Regla” (…) y del “Príncipe”, que llegó poco después, y la vanguardia, que hasta ese punto no hizo movimiento”, destaca Córdova.

Superados ahora por la escuadra española, los ingleses no tuvieron reparo en retirarse habiendo hecho una presa de cuatro navíos españoles y dejando tras de sí a 1.281 hispanos muertos o heridos. Por su parte, ellos sólo tuvieron que llenar unas 75 tumbas. Sin duda, una gran victoria para una flota que, en principio, poco podía hacer en contra de los poderosos y cuantiosos buques de guerra de Córdova. Así, la de San Vicente se convirtió en una batalla de leyenda en Inglaterra hasta la llegada de la contienda de Trafalgar. Pero eso, como se suele decir, es otra historia.

La ineficacia del “Santísima Trinidad”

Más de 130 cañones, cuatro cubiertas y un millar de marineros y soldados en su interior. El “Santísima Trinidad”, conocido popularmente como “El Escorial de los mares” era el buque más grande de su época. Con este coloso, España pretendía aplastar a sus enemigos pero… ¿Causó muchos quebraderos a la flota inglesa en la batalla del Cabo de San Vicente? Córdova, en su informe, no lo creyó así.
“No puedo pasar de este lugar sin decir con dolor que casi todos los fuegos del “Trinidad” fueron inútiles y sin provecho durante la mayor parte de la acción; sin embargo de la poca vela con que navegaba el navío, es tanto lo que rinde, y escoraba tan alto, que sólo pudieron manejarse los cañones de las cabezas de la primera batería, y tanto en ésta como en las otras era tanta la inclinación de las cubiertas, que, sacadas las cuñas de los cañones hasta tocar los batiportes altos, veíamos, no obstante, caer casi todas las municiones al agua. Quedando el “Trinidad” hecho absolutamente una boya, y no teniendo ni banderas ni faroles, ni dónde izarlas, previne á la voz al teniente general D. Juan Joaquín Moreno pusiese la señal de formar y restablecer la línea de combate mura á babor, por si los enemigos volvían a la carga antes de ser buscados”.

Manuel P. Villatoro, ABC