10 noviembre, 2014

Búnkeres: la protección total

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Una guerra total tenía efectos totales. El paisaje de posguerra en Europa está lleno de vestigios de esta post-naturaleza: cuevas hechas para la protección absoluta de sus habitantes, control de cantidades de oxígeno, restricción del movimiento. Los búnkeres son una suerte de monumentos a la aventura de habitar en medio de la catástrofe. Echamos un vistazo aquí a los más interesantes de estos monolitos bélicos en Europa.

Dicen que el paisaje es una invención moderna, humana, que vive a la par del tiempo que construimos. Algunos en ruinas, otros saneados con nuevas funciones que desvían la mirada del horror origina: se puede decir que los búnkeres son esa memoria arrinconada de Europa, más allá de bombardeos y fantasías de poder. Un búnker, a juicio del arqueólogo de los búnkeres Paul Virilio, es testimonio permanente de la vida, de la ausencia de estética y de la vida más allá de la agresión. Su función es garantizar la supervivencia. Y paradójicamente: también son monumentos a la capacidad humana de autodestruirse.

Si hay una figura que se relaciona con el lado seguro de la Segunda Guerra Mundial, esta es la de Churchill con su cigarro encendido, el semblante abultado y la mirada de soslayo. El miedo al ataque fue una constante en los doce años de guerra en la isla y el particular humor de sus habitantes, una forma de sobrevivir. El Búnker de Churchill era el espacio ideal para vivir en medio del contradictorio ambiente: equipado con una sala de reuniones donde Churchill y sus ministros discutían y tomaban decisiones, una sala de mapas, el coro de la belleza o Transatlantic Telephone Room, un sistema de teléfonos de colores para comunicarse con Roosevelt o líderes de las diferentes fuerzas aliadas. La sala era desconocida para la mayoría de los empleados del edificio. El acceso era una coartada: se trataba de la puerta de un baño con un cartel que decía permanentemente «ocupado». El búnker también contaba con una cocina pensada para la vida cotidiana y todos los caprichos del político, quien además tenía una despacho-dormitorio donde sólo durmió tres veces y desde donde el 11 de septiembre de 1940 declamaría el famoso discurso en el que advertía del plan de Hitler de comenzar una guerra contra el Reino Unido. La construcción de un búnker tenía siempre un carácter de urgencia: poco después de la anexión de Austria a Alemania, en 1938, comenzaría la construcción de los War Cabinets, que culminaría una semana antes de que el Reino declarara la guerra a los germanos con motivo de la invasión a Polonia. Terminaría con sus funciones con el fin de la guerra en 1945. Margaret Thatcher habría tomado la decisión de abrir el espacio al público en 1984, en la forma actual: los Churchill War Cabinets.

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José Pablo Jofré en ABC.