3 junio, 2014

Bruselas, capital del art nouveau

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Era el momento de exaltar la naturaleza, lo femenino, lo liberal, lo curvo, lo arabesco, lo raro. Fechas concretas: finales del siglo XIX. Y ahí estuvo atento el diario belga L’Art Moderne, cuando, en 1880, fue el primero en usar el término art nouveau para referirse a un movimiento breve, sí, pero lo suficientemente audaz para no sólo agarrarse con saña a la arquitectura, sino también a la joyería, la decoración, la alta costura, la vajilla… Y el epicentro fue Bruselas, con el artista Victor Horta como cabeza pionera.

Hasta 170 edificios alberga en sus filas la capital belga, de sobra para considerarla epicentro europeo del art nouveau en toda regla. Rastreamos los más significativos, ya mantengan la utilidad inicial que les dio vida o se hayan transformado en tabernas, museos, bistrós, floristerías o tiendas de moda.

Arranca la serie con la casa del propio Horta (Rue Américaine, 25), hoy también museo, a dos pasos de la elegante Avenida Louise, perfecta para ir de compras. Levantó la mansión en 1808. E igual sigue, con sus dos puertas intactas (una de acceso a la propia cada y la otra, al taller), sus picaportes, su escalera de mármol, su sistema de calefacción centralizada y sus números en el buzón.

Y sus vidrieras, claro, uno de los símbolos más evidentes de este modernismo al estilo belga. La habitación de su hija (su esposa se fue y él se ocupó de la cría), tampoco ha cambiado. Otros retoños de Horta son la Casa Autrique (Chaussée de Haecht, 266), el primero edificio que diseñó rebautizado como La casa imaginaria y carne de cómic para dibujantes locales o la casa del ministro de las Colonias de entonces, el barón van Eetvelde, que ocupa los números 2, 4 y 6 de la Avenue Palmerston.

Arranca la serie con la casa del propio Horta (Rue Américaine, 25), hoy también museo, a dos pasos de la elegante Avenida Louise, perfecta para ir de compras. Levantó la mansión en 1808. E igual sigue, con sus dos puertas intactas (una de acceso a la propia cada y la otra, al taller), sus picaportes, su escalera de mármol, su sistema de calefacción centralizada y sus números en el buzón.

Y sus vidrieras, claro, uno de los símbolos más evidentes de este modernismo al estilo belga. La habitación de su hija (su esposa se fue y él se ocupó de la cría), tampoco ha cambiado. Otros retoños de Horta son la Casa Autrique (Chaussée de Haecht, 266), el primero edificio que diseñó rebautizado como La casa imaginaria y carne de cómic para dibujantes locales o la casa del ministro de las Colonias de entonces, el barón van Eetvelde, que ocupa los números 2, 4 y 6 de la Avenue Palmerston.

Continuamos con el actual Museo de Instrumentos Musicales (Montagne de la Cour, 2), levantado en 1900 a modo de grandes almacenes de lujo (Old England) y con una de las fachadas más espectaculares de la ciudad. Suba en ascensor hasta la planta séptima. Vistas únicas. Siguiente parada: la Casa Cauchie (rue des Francs, 5), con su monumental esgrafiado A las nueve musas como carta de presentación en la fachada y obra (y vivienda) de Paul Cauchie, otra figura clave del movimiento.

Igual que Paul Hankar, que proyectó el hotel Ciamberlani (rue Defacqz, 48) para el pintor simbolista del mismo nombre. La huella sigue en deliciosas floristerías (como la de Daniel Ost, en rue Royale 13), galerías (Saint-Hubert, en rue d’Arenberg, 11-13, cuajada de boutiques de lujo y apartamentos privados), basílicas (Sagrado Corazón de Koekelberg) y antiguos periódicos (Le Peuple, en rue des Sables, 33-35).

Por Isabel García en Ocho Leguas (El Mundo)