13 junio, 2014

Braque, la revancha del pintor sin rostro

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Ejercicio de primaria: piense en el rostro de Pablo Picasso. Ahora sus camisetas, su bañador, una escena en su estudio. ¿Recuerda si fumaba? Ahora haga el mismo ejercicio con George Braque. A continuación, vaya a su motor de búsqueda habitual y teclee el apellido de uno y otro. Ya le adelantamos que encontrará cómo la imagen del primero ha devorado a su pintura y cómo del segundo aparece un mosaico de imágenes cubistas y una foto de un hombre adulto, pelo platino, cara fina, sonrisa contenida y mirada castigada. En cualquier caso un hombre sereno e invisible, la cara B de las vanguardias que alteraron la historia del arte.
Fueron amigos, fueron compañeros, veraneaban juntos, vivían cerca, Picasso era medio año mayor que Braque y vivió diez años más que el francés. Juntos desfiguraron la realidad, la degeneraron, la trastornaron, pero desde puntos de vista y actitudes radicalmente opuestas. Uno se dedicó a la figura humana, a la mujer, al placer, a sí mismo, a su entorno, a sus contemporáneos, a lo anecdótico y fugaz. A estar muy presente en los medios, gracias a su genialidad. El otro se encerró, evitó la publicidad entre sus coetáneos y sentenció su presencia a sus escondites.

George Braque no dejó ver ni una sola de sus esquinas. Los temas por los que se interesó los redujo a la naturaleza viva y la naturaleza muerta. Apenas unos pocos retratos. Tampoco diseminó su obra por museos que llevaran su nombre ni produjo tanto como su amigo. Picasso prefería la Costa Azul; Braque, Normandía. Entre unas playas y otras hay una bufanda de diferencia.

El Museo Guggenheim de Bilbao mueve ficha al compás del resto de museos que han puesto en marcha “la mayor retrospectiva de Braque en los últimos cuarenta años”, en el 50 aniversario de su fallecimiento. Todo muy efeméride. La excusa es ridícula, pero el repaso es profundo y la institución bilbaína cuenta con una joya que no se verá en ningún otro momento: el decorado (y vestuario) sobre tela que el pintor cubista hizo para la función Salade, que no se veía desde que se representó en 1924, en el Teatro de La Cigale de París, porque ningún museo cuenta con el espacio para desplegarlo.

Brigitte Leal es la directora adjunta del Museo Nacional de Arte Moderno Centro Pompidou: “La obra de Braque es intransigente, excluye cualquier seducción y refuta cualquier discurso. El pintor piensa en formas y colores y se repliega tras la simplicidad de los hechos. Toda su creación descansa sobre el milagro de ‘la pintura desnuda’, tal y como lo percibió Alberto Giacometti”.

Precisamente, el escultor estuvo en el velatorio del pintor y dibujó al maestro de cuerpo presente. Tanto como para ocupar un cuaderno entero. Con uno de ellos se despide la exposición, que estará abierta hasta el 21 de septiembre, con un recorrido por ocho salas y 250 piezas, en un movimiento internacional pare recuperar el relato de una de las trayectorias más arriesgadas y menos conocidas de la historia de la pintura.

Desde los primeros ensayos fauvistas a las intentonas cubistas, pasando por el cubismo analítico puro y rematando con una brillante sala en la que los pequeños paisajes apaisados se liberan de todo el gesto dogmático que le hizo encadenarse a su célebre frase: “Estimo la regla que corrige la emoción”. Son puro horizonte, contraste cromático justificado en el choque entre el cielo y la tierra para hacer estallar la luz. Pura espontaneidad.

Su obra es muy compleja y está en continua metamorfosis, porque intercambia con otros movimientos. No son tanto influencias como estímulo
En estas piezas, que no es habitual ver fuera de sus colecciones, Braque confirma la aprehensión física de la pintura. “He querido que la pincelada sea una forma de materia”. La materia, la costra, el rastro, la pintura objeto, su hilo conductor que teje todas las etapas, cada experimento, forjado en una sociedad maltratada por dos guerras mundiales, por sus amistades con poetas, músicos y boxeadores. El aristócrata de la pintura. “Su obra es muy compleja y está en continua metamorfosis, porque intercambia con otros movimientos. No son tanto influencias como estímulos”, explica a este periódico Brigitte Leal, la comisaria de la muestra, que insiste en el acompañamiento documental a la cantidad de obra expuesta.
Al artista solitario y huidizo le gustaba pintar con Bach a todo trapo. Picasso era el espectáculo, Braque recogimiento e intimidad. El hombre intransigente que se desnuda al final de sus días como el rey de Ionesco y se encuentra con paisajes en los que hace enfrentarse azules con amarillos, sin dulcificar, sin oscurecer, sin templar. En una pelea por la revisión constante. “Es indispensable que el artista refresque su visión, que golpee muy fuerte su sensibilidad para sacudir todo lo que se haya pegado a base de repetir, para lograr que esta se reactive”. Braque siempre vivo.

Por Pedro H. Riaño para El Confidencial