14 junio, 2012

‘Automat’ de Edward Hopper

Automat de Hopper

Automat de Hopper

Laura Pais Belín

Autor: Edward Hopper.

Cronología: 1927

Técnica: óleo sobre lienzo.

Localización: Des Moines Art Center. Iowa.

En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial muchos pintores se replantearon el camino del arte, dejaron atrás las especulaciones estéticas y las preocupaciones formales que durante el período anterior al conflicto habían ocupado por completo las nuevas aportaciones al avance artístico.

Y de esta manera se replantearon la nueva situación del arte después del desastre bélico, un mundo vapuleado por la sin razón del ser humano, tal vez un mundo que tenía que ser mostrado a través de una nueva perspectiva. Y una de las opciones elegidas sería la vuelta a la pintura realista, un desafiante retorno al crudo mundo visible.

En lo que se refiere a la situación de los artistas en Estados Unidos el cambio también llegaría. Después de asimilar su completa dependencia del arte europeo decidieron emanciparse de esta influencia y buscar nuevas vías basadas en una valoración de su identidad nacional. Por un lado se siguió investigando la línea de la abstracción pero no por ello dejaron atrás otras opciones, la de mostrar su mundo a veces desde el plano de la pintura de crítica social o la elección de un realismo directo que mostraba los sinsabores de la nueva vida moderna.

Y es en este momento de cambios y de nuevos rumbos artísticos es donde nos encontramos con la figura de Edward Hopper, considerado hoy en día el máximo exponente del realismo norteamericano del siglo XX.

Creo su propio estilo al que fue fiel durante toda su carrera, siendo toda su obra un sincero reflejo de la vida diaria de su país. Americanismo y realismo son los dos elementos que prefiguran su pintura, las claves que utilizaba para mostrar de forma sencilla y natural un impecable retrato de la época que le tocó vivir.

Su obra tardó en obtener buena acogida, por lo que se vio obligado a ganarse la vida como ilustrador en revistas y en el mundo de la publicidad. Aunque no era un mundo que le apasionaba gracias a este trabajo investiga la fuerza narrativa de la imagen y descubre el grabado que será el gran avance para su carrera. Su técnica mejora, los contrastes de luces y sombras se acentúan para representar figuras solitarias, arquitecturas imponentes o encuadres audaces. Todos ellos serán elementos que trasladó a su obra pictórica, consolidaron su madurez artística y le dieron la fama.

A partir de la década de los años veinte el artista del realismo moderno encontraba por fin su sitio, su obra totalmente madura tiene una fuerza formal y una inigualable poesía que se mezclan para crear un estilo inconfundible, con un fuerte carácter cinematográfico. Escenas marcadas por la soledad y pesadumbre de sus personajes, la decadencia de la vida capitalista le convierten en el sutil testigo del drama de la América de la gran Depresión. Mostrándonos el aislamiento de los habitantes en la gran ciudad en sus bares, restaurantes, trenes, estaciones de gasolina o incluso en el cine, teatro o sus propias casas. Obras llenas de melancolía quizá destilando cierta compasión o incluso empatía con el destino de la gente normal, de su día a día, arrinconada por una sociedad masificada.

Todo ello mostrado a través de una técnica soberbia con una calidad colorista impecable, acompañada de un perfecto dominio de la luz, composiciones simplificadas en las que elude cualquier detalle anecdótico que nos acercan a un tratamiento sencillo y directo de las escenas representadas.

Una de las constantes en el arte del maestro americano es la soledad de los seres humanos, en la mayoría de sus obras llama la atención que sus protagonistas son personas solitarias, concentradas completamente en si mismas, acompañadas de una silenciosa melancolía.

Como podemos apreciar en su cuadro titulado “Automat” una obra en la que juega desde un principio con la ambigüedad, ya que los automat eran restaurantes de comida rápida a través de máquinas expendedoras, y es el local donde se encuentra esta mujer solitaria, y que quizás por la rigidez de su mirada reconcentrada, y la misma rigidez que se repite en la postura de su cuerpo nos hace recordar la figura de un autómata.

 

Realmente la imagen es bella, al igual que la mujer, pero al mismo tiempo es una escena sobrecogedora por la melancolía que desprende. Una mujer ensimismada, aislada, pensativa, invadida por la tristeza pero delicadamente hermosa.

Pero como es habitual en las pinturas de Hopper, ambas circunstancias, la mujer y su estado de ánimo son ambiguos, juega otra vez con la ambigüedad del momento del día, del motivo, o del tema pero sobretodo juega con el espectador para que sea él quien busque su historia. Como siempre Hopper se mantiene al margen, el es el testigo fiel, el impecable retratista de la realidad sin adornos.

Y todo ello lo logra a través de una esmerada composición geométrica, limpia, clara perfectamente ordenada y calculada. Un preciso encuadre fotográfico, en el que destaca su audacia en el dominio de la luz, un sofisticado juego de luces y sombras, de luces frías, cortantes e intencionadamente artificiales. Una escena desierta dominada por la mujer, en la que la quietud se convierte en la protagonista. Una quietud que engancha y que se rompe sólo por la luz y el color, por los contrastes de los blancos, amarillos y verdes o por el rojo del frutero precisamente colocado en el límite del ventanal.

La esposa de Hopper, Jo, le serviría como modelo para la mujer, aunque se sabe que alteró su rostro para hacerla más joven. La pintura fue mostrada por primera vez en 1927 en el día de San Valentín en la inauguración de la segunda exposición individual del artista, en las Galerías Rehn en Nueva York. En abril ya se había vendido por 1.200 dólares.

En 1995, la revista Time usó este cuadro como la imagen de la portada para ilustrar una historia sobre el estrés y la depresión en el siglo veinte. Y es que en la actualidad sus obras sin el quererlo se han convertido en iconos de la vida y la sociedad moderna.

El estilo que se muestra en esta obra será en el continuó trabajando durante toda su carrera, refinándolo y perfeccionándolo pero sin abandonar jamás sus principios. En una época en la que su arte competía con el peso de la pintura abstracta, Hopper siempre fue fiel a su propia personalidad artística marcada por una pintura sencilla, esquemática y alejada de toda idealización de la realidad, influyó en la vuelta con fuerza al arte figurativo, e incluso muchas veces se le ha querido ver como el precursor del Arte Pop.

Pero ante todo sus obras pura escenografía observada y estudiada de la vida que le rodeaba se acompañaron de una técnica perfecta y una fresca naturalidad. Mostrando una vida de silencios entre la multitud, de sombras anónimas bajo los destellos de las luces de la ciudad o retratos robados y arquitecturas monumentales que evocan un mundo de soledad, que trasmiten con inigualable belleza el drama del vacío de la vida moderna.