30 mayo, 2013

Asesinato de Prim, Entrega V (Parte I)

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CONSIDERACIONES SOBRE EL GENERAL PRIM
HOMENAJE AL GENERAL PRIM EN LAS CORTES

El 27 de diciembre de 2012, en el 142 aniversario del asesinato del Presidente del Gobierno, Ministro de la Guerra y Capitán General del Ejército, don Juan Prim y Prats, el Presidente del Congreso de los diputados, Jesús Posada, destacó en su discurso en la Cámara en homenaje al general su “hondo sentido patriótico, su profundo compromiso por la libertad y su espíritu de concordia”. “Amó a España, luchó por ella y quiso que fuese una nación moderna homologable a las grandes potencia europeas”.

Figura 1 1866 Isabel II Evaristo Escalera

La prensa se hizo amplio eco de la noticia, no mencionándose por ello a ningún medio, siendo la agencia de prensa Europa Press la que difundió el acontecimiento a otros periódicos que no pudieron enviar un corresponsal para cubrir el acto.

En el mismo acto se presentó el libro recopilatorio con todos los discursos parlamentarios de Prim, labor coordinada por María José Rubio, secretaria general de la Sociedad Bicentenario de Prim creada para dar a conocer la trayectoria del militar y político nacido en 1814.

Las autoridades realizaron un recorrido desde el Congreso hasta el palacio de Buenavista, pasando por las diversas calles del itinerario que usualmente recorría Prim, donde en la calle del Turco hoy Marqués de Cuba, fue vilmente asesinado, sin que hasta la fecha pueda ponerse nombres y apellidos a los asesinos ni a sus instigadores.

Figura 2 1866 Prim Evaristo Escalera

Una de las frases de Prim: “No olvidéis la sangre derramada por vuestras disputas”, ha quedado plasmada en el mismo lugar del atentado que le costó la vida.
Ante la lectura de los episodios anteriores, podemos afirmar con rotundidad que el general Prim era merecedor de los elogios antes citados y muchos más.
“A bote pronto”, podemos recordar que ese amor por la libertad, aún en las colonias, no le impidió apoyar las posturas esclavistas de otras colonias, en donde los esclavos se habían sublevado, ni endurecer las medidas coercitivas contra los esclavos en Cuba.

Figura 3 1868 Contreras_lopez Dominguez_Baldrich

Christiansen, en su obra, ya clásica sobre “Los orígenes del poder militar en España, 1800-1854” (Cultura e Historia, Aguilar, S.A. Madrid, 1974), escribe sobre los enfrentamientos entre la prensa y los oficiales del ejército, materializados en asaltos a las redacciones de los periódicos, hechos que desgraciadamente se produjeron hasta bien entrado el siglo XX, recogiendo que en 1842, el entonces coronel Prim “golpeó a Lafuente, director del periódico conservador El Cangrejo”. También recoge Christiansen en nota al pie de la página 157: “Prim había regresado de Puerto Rico, después de enfrentarse con la inquietud social autorizando a los plantadores la ejecución de sus esclavos, medidas que condujeron a que le llamaran a España; con resentimiento, volvió a unirse a los progresistas”.

Prim fue un gran hombre y un gran líder. Su amor por España y Cataluña, y el entendimiento que debiera existir entre ésta última y el resto de la nación, es merecedor de atención aún hoy en día. Su impulso para que España se uniera al contexto de las naciones europeas y que su sistema política fuera homologable al de ellas, es incuestionable.

Figura 4 1868 Orente_Castelar_PiyMargall

No obstante al personaje histórico hay que intentar analizarlo con la máxima objetividad posible, basando los razonamientos en documentos y hechos cuya veracidad está fuera de dudas.

Prim fue un joven exaltado y revolucionario que con los años fue atemperando su carácter político hasta convertirse en un “progresista autoritario”. Llegado a un extremo le podríamos asignar el mismo calificativo de “progresista autoritario” a Lenin, Stalin o Hitler, sin que queramos comparar a los personajes humana y políticamente.

En la España decimonónica existían, primero dos grupos y posteriormente dos partidos fuertes, el Conservador y el Progresista, denominaciones que hoy día, en pleno siglo XXI, se mantienen para los dos partidos mayoritarios, sin que en muchos casos se conozca lo que se quiere indicar con esa denominación.
Hablar de “pacto de progreso” en nuestros días, cuando se reúnen tres o cuatro partidos llamados de “izquierda” para gobernar, es no decir nada, porque el progreso actual está representado por todas las corrientes políticas. Esa forma de expresarse es una reminiscencia del pasado y la forma de cómo se iniciaba un pronunciamiento militar en base a la ideología del partido “progresista”.

Figura 5 1869 Blas Pierrad Carlos Rubio

Fernando Garrido Tortosa, político de ideología “demócrata” de tendencia socialista, veía en los dos partidos liberales que sostenía la monarquía constitucional de Isabel II, una “escala de progreso”, dado que partían del absolutismo de Fernando VII, iniciándola los conservadores, continuando por los progresistas y terminando en ese conglomerado de corrientes e ideologías que tuvieron como referencia a Carlos Marx, Federico Engels, Pi y Margall, Orense, el propio Garrido y otros, unidos todos ellos al republicanismo y al movimiento sindical, conjunto que podríamos conceptuar como el “progresismo puro”, que a la larga ha desembocado, en gran medida, en la anarquía y ha llevado a regímenes esperpénticos, representados como “botón de muestra” a Corea del Norte.

Miguel Artola, en sus dos tomos sobre “Partidos y programas políticos, 1808-1936” (Cultura e Historia, Aguilar, S.A. Madrid, 1974), nos hace ver la historia de los partidos políticos españoles del siglo XIX, siendo el general Prim a partir de 1841 uno de los líderes de progresismo, bien es verdad que debido a su ambición personal, coqueteó con los moderados o conservadores, y con los de centro, materializados en la Unión Liberal.

Figura 6 1869 Cuartel de San Gil Carlos Rubio

LA PERSONALIDAD DE PRIM

La personalidad del general Prim hay que analizarla a través de los que han narrado, de forma directa sus actividades y sus vivencias diarias, sin conocerse si las mismas han sido reales o han sido idealizadas.

En primer lugar y a falta de un estudio científico, vemos a dos Prim, uno el que presenta su hagiografía, bien a caballo o a pie, pero siempre triunfante y seguro de sí mismo, y por otra parte, vemos al Prim fotográfico, de aquellas fotografías de exposición, en donde el personaje se “cansa” de estar expuesto al objetivo. El brillo de los ojos en ambos casos es totalmente distinto, siendo en el primer caso el de un líder y en el segundo el de un hombre resignado a su destino.

Prim fue en su juventud una persona de una fortaleza admirable, pero con el paso de los años y a causa de una vida muy intensa, con cambios constantes: guerra, política, Crimea, Puerto Rico, África, Méjico, etc. le pasaron una cruel factura y en sus últimos años de revolucionario y conspirador, pudieron ser causa de una gran decrepitud física, sin que ninguno de sus biógrafos mencionen este detalle.

Figura 7 1869 Diputados por sus hecho Prim

Don Benito Pérez Galdós le conoció y admiró, sin poderse decir lo que plasmó de verdad o de ficción en los episodios nacionales en donde él es narrador directo y
en el conocimiento que tenía de los personajes de los que escribe en sus novelas. Por ejemplo en lo concerniente a Nicolás Estévanez y Murphy, al ser los dos canarios, parece que deben considerarse con fuentes históricas de gran veracidad lo que de él escribe, pero no sabemos lo que se refiere a Prim y si algunos de los personajes ficticios, se está definiendo a él mismo, como actor real de los acontecimientos.

En los meses anteriores a la revolución de septiembre, tenemos a Galdós narrando la vida en Inglaterra de los emigrados españoles, y de esta forma en su novela “La de los tristes destinos”, recoge el final del reinado de Isabel II, una reina que amaba a España, pero que fue al regir tan joven (13 años) los destinos de un país, se encontró siempre en manos de hombres que pensaban en su posición en vez del de la soberana y por supuesto de la Patria.

A pesar de todo, Isabel II tuvo una virtud, la de regenerar la sangre de la dinastía borbónica, porque si hubiera tenido hijos del medio hombre que tenía por esposo, en 1976 no se hubiera podido reinstaurar la monarquía tradicional española.

Figura 8 1869 Manuel Concha Carlos Rubio

Galdós, presenta a Prim en una doble vertiente, una como persona que se considera “bandera” de una opción política, y la segunda como “aventurero” que quiere vengar una traición:

Para unos y otros tenía el General una frase afectuosa; para todos una previsora reserva, amargo fruto de los desengaños. Nunca fue el de los Castillejos tan poco expansivo, nunca tan tardo y perezoso para levantar los velos del inmediato porvenir. Y no obstante, el silencio de Prim no amortiguaba la confianza de los españoles proscritos. En todas las almas abría la esperanza sus rosadas florecitas. La voz de la fatalidad política, secreteando en los corazones, les decía que la histórica mole se desplomaría pronto. En tanto, la salud de Prim no era buena: los heroicos esfuerzos seguidos de fracasos, los acelerados y angustiosos viajes, los obstáculos dilatorios que a cada paso surgían, el desaliento de los partidarios, la indolencia de algunos, la ingratitud de otros, quebrantaron su naturaleza física. Pero de todo sabía triunfar el templado espíritu del Caudillo, su tesón admirable, que de la dureza de los hechos sacaba nuevo raudal de energía.

Según relata Galdós, en sus años de emigrado forzoso en Gran Bretaña, tenía el general dos criados, el primero un francés de apellido Denis, con el que llevaba muchos años, y otro un italiano de nombre Antoni, que le había sido recomendado por su valor y fidelidad. Las cartas que recibía Prim parece que sus contenidos eran conocidos por los servicios secretos del Gobierno de Madrid, aunque el conde de Reus, ante las advertencias de otros conspiradores, indicaba que tras la lectura de las cartas, las rompía y las echaba a la papelera, por lo que era imposible que se pudieran transcribir a Madrid. Pero he aquí que Olózaga, a través de un “topo” que tenía en el Gobierno, obtuvo copia del contenido de una de las misivas, remitiéndolas a Prim, el cual inmediatamente comprendió que el italiano tenía que ser por fuerza el traidor.

Preparó la “trampa” concienzudamente y rompió una supuesta carta que echó a la papelera, para posteriormente salir a pasear con su mujer, doña Francisca Agüero, sus hijos y ayudantes. Pero al cuarto de hora, regresó a su casa, entrando por el patio trasero sin hacer ruido alguno, subiendo hasta la habitación del criado Antoni. Desenvainó un cuchillo que siempre llevaba y abrió la puerta del cuarto del criado de una patada, encontrándolo en ese momento, con la papelera en la mano, recogiendo los papeles rotos por el general y reconstituyéndolos como si fuera un rompecabezas.

Prim con la furia desatada le acercó el puñal a la garganta y le amenazó con degollarlo allí mismo, mientras el infeliz pedía clemencia. Pero veamos la escena del insigne novelista:

En los tiempos de su juventud militar y aventurera, hubo de adquirir Prim una costumbre que conservó hasta su muerte. Usaba un cinturón de cuero, y en la parte posterior de este llevaba bien sujeto y envainado un puñal. Escalones arriba, pisando quedo, sacó el arma… llegó a la puerta del cuarto en que Antoni se encerraba, y no se entretuvo en llamar, ni se cuidó de que la puerta estuviese cerrada con llave o sin ella. De un puntapié vigoroso, la puerta quedó de par en par abierta. Antoni fue sorprendido en la tarea de pegar los pedacitos de cartas sobre un papel blanco. Al ver entrar al amo en aquella actitud, la cara verde, los ojos fulgurantes, el puñal empuñado en la mano derecha, no pensó ni en disculparse ni en confesar su delito. Prim no le dio tiempo a las gradaciones que conducen del crimen al arrepentimiento. El hombre cayó de rodillas, y antes de pronunciar el yo pequé, prorrumpió en súplicas de perdón con terror lacrimoso. El General cayó sobre él como un tigre, y apretándole el pescuezo hasta que el italiano echó fuera gran parte de su lengua mentirosa, alzó el puñal como si matarle quisiera de un solo golpe en aquel mismo instante.

Figura 9 1869 Prim sublevado Carlos Rubio

Antoni, congestionado, pedía perdón más con la mirada que con la voz. Prim le dijo: «Villano, traidor, podría yo matarte; podría enviarte a Italia a que te mataran los que me engañaron haciéndome creer que eras hombre honrado y leal… Pero no mancharé, no, mis manos con tu sangre… quiero dejar tu vida en la ignominia… Tu castigo es continuar siendo lo que eres, y el mal que me has hecho lo pagarás repitiendo lo que hiciste…». «Levántate -dijo después, poniéndose en pie-. ¿A quién das las cartas? Responde pronto». Compungido contestó el italiano: «Al Embajador, señor Duque de Vistahermosa». Le cogió don Juan por las solapas, y sacudiéndole furiosamente sin soltar de su mano el puñal, le dijo: «Tu vida está pendiente de mi voluntad. Muerto eres si no haces lo que te mando. A la menor infracción de las órdenes que voy a darte, perecerás sin remedio… Escúchame: seguirás en mi casa sirviéndome con las mismas apariencias de fidelidad; seguirás siendo espía del Duque de Vistahermosa… Yo y tú vamos ahora en un acuerdo perfecto. Yo, como antes, arrojaré en el cesto las cartas que reciba; tú continuarás recogiendo los pedazos y pegándolos conforme hacías cuando entré a sorprenderte. Reconstruirás cuidadosamente las cartas, y seguirás entregándolas al Embajador de España, y cobrando lo que este señor te pague por tu servicio… ¿Te enteras bien de lo que te digo?».

Puesta la mano sobre el corazón, y acentuando sus trémulas palabras con movimientos de cabeza, hizo Antoni protestas de servil obediencia a lo que su amo le ordenaba. No dándose Prim por satisfecho con esta medrosa contrición, reiteró sus amenazas de muerte en la forma más terrible. Terminó con esto la escena… Dejando al italiano bien vigilado, don Juan Prim se dejó cepillar por Denis, cogió su sombrero y se fue con Martínez a Hyde Park, a seguir su paseo con la familia.
Pequeños rasgos de la personalidad de Prim se recoge en la serie de libros del “Estado Mayor General del Ejército Español”, dirigido por Pedro Chamorro Baquerizo y publicados en los años 1851 y sucesivos: En la edición de 1856, tras ser ascendido a teniente general se indica:

“Este general no es únicamente, como muchos han querido suponerle, un hombre dotado de un valor indomable; además de esta indisputable cualidad, tiene también la de ser en su trato particular, franco y afable, circunstancias que le hace siempre estar rodeado de amigos, …”

Figura 10 1869 Pronunciamiento 1868 Madrid Carlos Rubio

Pero tal vez, la mejor fotografía de su personalidad, nos la pueda dar su propia vida. Ingresar como soldado meritorio y a los siete años alcanzar el grado de coronel de milicias por méritos de “valor” (que no de guerra), dice mucho sobre el personaje. Hacer avanzar a una sección de infantería, treinta o cuarenta hombres en formación, a setenta pasos por minuto, con el fusil al hombro o al brazo con la bayoneta puesta, “dice” mucho en pro del oficial que los manda y alcanza expulsar a sus adversarios de la posición ocupada. Ese oficial iría al frente de sus hombres, a pecho descubierto y mientras avanzaba impertérrito hacia la muerte, iría arengando a su unidad, seguramente no con palabras normales, sino con las interjecciones propias del argot militar, en donde “los cojones”, “la hombría” y otras más serían el lenguaje corriente. Los disparos enemigos irían causando bajas en la primera línea de la formación, y los demás, en vez de dispersarse y huir, ocupaban uno de la segunda fila su puesto de honor y de muerte en la primera.

Probablemente se diga que esa era la realidad normal de las unidades militares que combatían, pero habría que hacer una salvedad, que a lo largo de aquellos años, Prim se encontraba en batallones “francos”, es decir de ciudadanos no militares.

Contra más ascendía, la formación que iba tras Prim era más numerosa, pero la gesta y el comportamiento era el mismo. Él a la cabeza, que se le viera bien, tanto
para sus hombres como para el enemigo. Su espada en alto, fuera a pie o a caballo. Su lenguaje en el “soez militar pero efectivo” para hacer avanzar a las tropas.
Se llega a la guerra de África y los historiadores narran la escena de ponerse al frente del regimiento Córdoba o de los bravos catalanes. Recogen sus palabras de aliento, pero ¿fueron verdad esas palabras? Palabras que estaba bien para ser pronunciadas ante una formación militar, pero poco creíble ante el enemigo y con el ruido de los cañones, los disparos de fusil y el griterío de los soldados. Lo normal es que Prim arengase a los hombres con esas interjecciones sonoras, volviendo a “los cojones” y a la “hombría”, de sus primeros años castrenses.

Prim era un hombre de impulsos. ¿Una persona de estas características era la más idónea para transformar drásticamente una nación?

Dr. Rafael Vidal
Coronel de Artª, DEM
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