16 mayo, 2013

Asesinato de Prim, Entrega IV (Parte III)

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EL MAGNICIDIO: EL ASESINATO DE UN PRESIDENTE DEL GOBIERNO (IV) (3ª parte)
BIOGRAFÍA MILITAR DEL GENERAL PRIM
EL QUINQUENIO DE 1860 A 1865

Termina la guerra de África y Prim se ha convertido en un héroe nacional. Su palabra y sus gestos mueven masas y con su sola presencia, en caso de que quisiera podría desestabilizar al Gobierno.

Leopoldo O’Donnell lo sabe, pero también conoce los problemas económicos de Prim que, a pesar de haberse casado con una dama mexicana de gran riqueza, el gobierno del “indio” Benito Juárez, está castigando a los grandes propietarios, enfrentándose a la clase dirigente, agrupados dentro de la ideología conservadora.

Por otra parte México se encontraba en bancarrota y las deudas contraídas con España, Francia y otras naciones europeas obligaban a intervenir para poder cobrarlas.

Figura 21 18620601 General Prim

Al igual que su antecesor, Narváez, no desea a Prim en territorio nacional, porque es un conspirador nato. Además el conde de Reus pertenece al partido progresista, aunque momentáneamente le apoye políticamente, y según el sistema censitario de elección de diputados, solamente formaban parte del censo de electores los que pagaban unos impuestos determinados, con lo que gran parte del pueblo, precisamente en los que había arraigado las ideas progresistas, no podía votar, lo que impedía a dicho partido a que pudiera acceder al poder por medios democráticos.

La crisis internacional, aparte de la problemática económica, de una nación como México en quiebra financiera y por tanto imposibilitada de hacer frente a sus responsabilidades y de la propia guerra civil entre el general Miramón y Benito Juárez, contenía otros elementos que propiciaban la intervención armada. En primer lugar la guerra civil o de Secesión de Norteamérica, con lo cual la doctrina Monroe quedaba aparcada. En segundo lugar las ansias de protagonismo político del emperador Napoleón III, que tras su éxito en la guerra de Crimea, quería emular a su antecesor, el Gran Emperador, y en tercer lugar, el Gobierno español de O`Donnell, el primero estable que había tenido España en los último cincuenta años y que deseaba incorporarse al foro de las potencias: la expedición en apoyo del Papa, la guerra de África, la integración de la república Dominicana, eran algunas de sus acciones en el exterior, estando por llegar la expedición a la Conchinchina. Por último estaba Gran Bretaña, que atenta siempre al equilibrio mundial, no quería sobresaltos en ningún sentido.

El 31 de noviembre de 1961, Francia, Gran Bretaña y España, firmaron la Convención de Londres, por lo que acordaban ejercer una acción de fuerza coordinada en México, la cual se encontraba en guerra civil, tal como se ha indicado, entre liberales (Juárez) y conservadores (Miramón), siendo la capital de los primeros, Veracruz y de los segundos la propia Ciudad México.

Serrano se encontraba de capitán general en Cuba. La autonomía de Serrano era muy grande, como así lo había demostrado, tras la declaración de anexión del presidente Santana, de la república Dominicana, el 18 de marzo de 1861 a su antigua Metrópoli, encargándose a Serrano por real decreto de 19 de mayo del mismo año, de la organización de la nueva provincia.

Para México, Serrano movilizó seis mil hombres en La Habana, así como los buques necesarios para el transporte, confiriendo el mando al mariscal de campo Manuel Gasset Mercader, el cual desembarcó en Veracruz el 17 de diciembre de 1861. Se iniciaba la aventura en contradicción de lo firmado en Londres y por tanto sin esperar a las fuerzas expedicionarias francesa (2.660 soldados) y británica (800).

Los ingleses deseaban que la reunión de los tres contingentes se efectuara en Jamaica, pero a instancia de Napoleón se acordó que fuera en Cuba y que un general español (Prim fue el designado por el Gobierno español) mandara al ejército combinado, al ser España la nación que más tropas aportaba a la operación.

Figura 22 1860 General Manuel Gasset

Más de treinta años antes, en 1829 se había organizado una expedición desde Cuba, al mando del brigadier Isidro Barradas, para reconquistar México. Las fuerzas españolas habían desembarco en Veracruz. Las enfermedades tropicales se cebaron con los soldados, muriendo la inmensa mayoría, siendo a la postre derrotados en Tampico por el mariscal Santanna. A las tropas de Gasset les iba a ocurrir lo mismo y en la misma zona mexicana.

El general Gasset era un veterano militar español, habiendo participado en la reciente guerra de África, siendo destinado posteriormente a Cuba, en donde llevaba desde hacía menos de un año, por lo que no se encontraba habituado a las condiciones de vida en campaña en esas latitudes.

Juan Prim y Prats llegó a La Habana cuando la expedición había partido, iniciándose con mal augurio la operación, debido al enfrentamiento dialéctico que mantuvo Prim con Serrano, enemistad que se convirtió en personal y que iba a ser una de las causas del fracaso de la posterior Revolución de 1868 que protagonizaron ambos generales como cabezas más visibles. Prim defendía que según las órdenes que había recibido del Gobierno era el único que podía tomar decisiones, mientras que Serrano alegaba que estando a tantos kilómetros de la metrópoli, era lógico que asumiera la coordinación y por ende el mando que ejercía el Gobierno, el capitán general de Cuba.

España jugó muy mal su partida en el contexto internacional y desde luego con las naciones hermanas hispanomericanas.
La enemistad con Benito Juárez venía de lejos, al decantarse el embajador español, Joaquín Francisco Pacheco, en la república Mexicana, por la facción conservadores en su enfrentamiento civil, lo que terminó con su expulsión al vencer en la guerra civil los liberales de Juárez.

Dos años antes, en 1859, se habían producido algunos asesinatos de españoles en Venezuela, aunque el Gobierno del país declaró que no se habían sido causados por motivos políticos, sino que eran delitos comunes, no fue aceptado por el Gobierno de Leopoldo O’Donnell, que ordenó presencia militar en la zona, enviándose a la ciudad de La Guaira al vapor “Blasco de Garay”, con otras unidades navales de la flota existente en Cuba. Esta flota, bastante numerosa, aunque con buques anticuados estaba formada por el navío “Isabel II”, cuatro fragatas, seis bergantines, cinco goletas, un pailebote, diez vapores y tres transportes.

Simultáneamente a las cuestiones mejicana y dominicana y latente la de Venezuela, se encrespó el contencioso existente con la república del Perú, sobre la compensación de la deuda contraída con los españoles en la contienda de 1810 a 1824. No tuvieron acierto los diplomáticos de ambas naciones y España envió una división naval al mando de Luis Hernández Pinzón, con las fragatas “Resolución” y “Triunfo” y las goletas “Vencedora” y “Covadonga”, la cual atravesó el estrecho de Magallanes en abril de 1863. Con este episodio se inicia una larga contienda naval que culmina con la “gesta” para los españoles del almirante Méndez Núñez y los bombardeos de Valparaiso (Chile) y el Callao (Perú).

Figura 23 18620406 Desembarco en Veracruz Museo Universal

Las noticias de todos estos acontecimientos se expandieron como la pólvora por toda la antigua América española, considerándose que España quería recuperar todo el imperio colonial, creándose un ambiente de enemistad social contra los españoles.

Pero volvamos a Prim. El día 6 de enero de 1862 fondeaba en el puerto de Veracruz la escuadra hispano-anglo-francesa, en donde iban los contingentes aliados y una pequeña parte del español, dado que habían desembarcado casi un mes antes.

Las disensiones entre los plenipotenciarios franceses y Prim se agriaron desde el primer momento. La idea que tenían los gobiernos español y británico no era el de Napoleón III, el cual quería hacer sentir su influencia en esa parte del mundo.

El conde de Reus no deseaba que los españoles fueran considerados extranjeros en una tierra que habían regado con su sangre y habitada por gente a los que consideraban hermanos.

El 9 de abril de 1862, Prim decidió retirarse, exponiendo en su informe que no quería pasar por la vergüenza de que “una nación que nos debe su existencia y que habla nuestro idioma, sea regida por un príncipe extranjero”. El representante galo, La Gravière, le acusa de que lo hace porque desea ser el emperador de Méjico.

La realidad es oscura. Por un lado, la esposa del general, Francisca Agüero, era una dama mejicana de alcurnia y con importante propiedades, siendo según algunos, uno de los motivos por los que Prim se prestó a comandar la expedición, al estar en peligro el patrimonio de su mujer. Ella era pariente de uno de los ministros de Juárez y parece que la situación se arregló, pudiendo utilizar toda la fortuna existente en el país.

Figura 24 18620608 Mexico a vista de pajaro

Todavía no se conocía con certeza quién iba a ser elegido emperador, habiendo sido discutidos muchos candidatos, como por ejemplo los españoles de la rama carlista, un infante, incluso los hijos del duque de Riansares, esposo de la reina madre Doña María Cristina. Pero Napoleón no deseaba un Borbón en esas latitudes, decantándose por el archiduque Maximiliano de Austria.

Prim tuvo grandes dificultades para abandonar el territorio continental, debido a que la escuadra había regresado a Cuba, pudiendo hacerlo gracias a la ayuda de los buques ingleses del almirante Hugh Dunlop, el cual trasladó lo que quedaba del contingente español a La Habana. Los británicos se retiraron de la operación, poco después que lo hicieran los españoles, quedando únicamente los franceses. Un corrido mejicano, así cantaba: Ya se van los españoles;/ con ellos, la gente fina./ Ya se quedan los franceses,/ con látigo y guillotina (ALONSO, J. Ramón. Historia política del Ejército español. Editora Nacional. Madrid, 1974. Pág. 339).

A pesar de ese “desplante”, Prim mantuvo hasta el final del imperio buena relación con Napoleón III. En carta al emperador le pronosticaba que la monarquía impuesta en México se derrumbaría en cuanto “dejaran de apuntalarla las bayonetas”, como así ocurrió, cuando el propio Napoleón tuvo que retirar cerca de cuarenta mil soldados para defender su imperio en Europa.

La llegada inopinada de Prim a Cuba, enfada extraordinariamente a Serrano, que aunque lo desea no puede ordenar la prisión del primero, porque no depende de él. Ambos envían sendos informes a Madrid. O´Donnell quiere imponer una dura sanción a Prim y se presenta a despachar con la reina con la correspondiente real orden de censura, pero se encuentra que antes de entregarla a la soberana para su firma, Isabel II alaba el comportamiento de Prim, por lo que el Presidente del gobierno no tiene más remedio que guardar el decreto.

Pocos meses más tarde (12 de diciembre de 1862), el general Prim defiende su postura en el senado. Tuvo que existir un enfrentamiento dialéctico entre O’Donnell y Prim, reprochándole aquel su comportamiento. Ello fue el distanciamiento entre ambos políticos y generales y el que Prim se pasara, definitivamente, al partido progresista, ocupando su liderazgo y designando al general Espartero como “referencia honoraria” del mismo.

Figura 25 General Serrano CAPGE de Cuba

Desde la guerra de la Independencia y después tras la guerra civil de los Siete años, gran parte de la oficialidad era de ideología liberal, acercándose al progresismo.

En 1860 el Ejército, tras la victoria en África se había convertido en la columna vertebral de una futura España que quería volver a ser imperial, pero las derrotas y contrariedades, los miles de muertos y la conciencia de que se había estado siempre a remolque de Francia, debilitaron la opinión pública y por supuesto al Gobierno de O`Donnell, el cual cayó en marzo de 1863, dando por finalizado el quinquenio de la unión Liberal.

En menos de cinco años se había combatido en Méjico, Perú, Venezuela, Chile, Hispaniola e Indochina, creándose un descontento en las filas del ejército que, a la larga iba a desembocar en la sublevación de septiembre de 1868.
Las ansias imperialistas no solamente causaban desprestigio a causa de sus fracasos, sino también una losa económica que era difícil de saldar, siendo los primeros perjudicados las unidades militares y navales. Viéndose un ejército inoperante, en donde por no tener nada que hacer, se veía constantemente a los oficiales en sus casinos.

Isabel II, tras su experiencia con Espartero a principios de la década de los cincuenta, tras la revolución de Vicálvaro, se pasa directamente a apoyar al partido moderado, grave error que le costará el trono.

Militares y político progresistas declaraban sin ambages que con Isabel II no se podía gobernar, fraguándose al amparo del poder verdaderos casos de corrupción con grandes beneficios para ellos.

Prim se aleja de la monarquía isabelina y se declara antidinástico. Se piensa destituir a Isabel II y la constitución de una regencia que asegurara el reinado de su hijo Alfonso hasta su mayoría de edad.

Complicado es seguir la trayectoria conspiratoria de Prim, moviéndose entre España y el extranjero. En 1864 el conde de Reus participó en varios proyectos de revolución, todos ellos fracasados, pero previamente los había anunciado en las Cortes. De esta forma en “El Avisador Malagueño” del 8 de mayo de 1864, se publicaron las exposiciones de los parlamentarios en las Cortes de principios de dicho mes, no según los funcionarios de la Cámara sino como las transcribía el corresponsal del periódico:

El general Prim, marqués de los Castillejos, siguió al Sr, Olózaga en el uso de la palabra, y dijo que el partido progresista no tenía influjo en Palacio, en las Cortes ni en ninguna parte; pero que bastaría que se encerrasen veinticuatro horas las tropas en los cuarteles para que, si quisiera, fuera dueño de la situación. También cree el general Prim que el día que los gobiernos no fueran inmorales en materia de elecciones, el partido progresista conquistaría legalmente el poder. Y concluyó manifestando que, a pesar de los obstáculos tradicionales que el partido encuentra, y sin esos obstáculos, él profetizaba que dentro de dos años y un día, los progresistas harían triunfar sus principios.

A los pocos días, en junio del mismo año tuvieron conocimiento las autoridades de que se iba a producir una insurrección armada, siendo abortada. Dos meses más tarde otra que también fue descubierta previamente y por tanto desactivada. En todas ellas, las autoridades gubernativas encontraron la mano de Prim, al que conminaron a salir de España, aunque tras negarse fue confinado en Oviedo.

La rama carlista también se encuentra en crisis, renunciando el pretendiente, por liberal, Juan, y asumiendo la presidencia su hijo Carlos, que pasará a la historia como Carlos VII, causante de la III guerra civil carlista.
Tras la caída de O’Donnell y después de unos gobiernos de transición, toma el poder el duque de Valencia, general Narváez, el cual pretende acallar la voz de la calle y de los descontentos, declarando enfáticamente que su gobierno sería modelo de democracia y convivencia, aprobado como una de las primeras medidas una amnistía general, que benefició a Prim.

En las elecciones de final de 1864 el partido progresista se abstuvo de presentar candidatos por lo que la mayoría la obtuvieron los moderados. Era una victoria política ilógica, porque la calle y muchas instituciones estaban en contra del Gobierno.

Figura 26 18620629 General Ignacio Zaragoza

EL PRINCIPIO DEL FIN: LOS AÑOS 1865,1866 Y 1867

Muy críticas con el Gobierno se muestran las universidades españolas. La ruptura definitiva se produjo el 10 de abril de 1865: “Noche de San Daniel o Noche del Matadero”, cuando una manifestación, al parecer pacífica, de estudiantes de la Universidad Central, que iban a demostrar su apoyo a su Rector, Juan Manuel Montalbán, el cual había depuesto de su cargo, al no haber querido destituir al catedrático Emilio Castelar que se había mostrado en unos artículos periodísticos muy crítico con la Reina, fue reprimida y dispersada de forma sangrienta, falleciendo catorce personas y cerca de doscientas resultaron heridas.

En los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, editados por Ediciones Urbión, S.A. y Editorial Hernando, S.A., en 1978, uno de los libros está dedicado a Prim y con ese título se publica. El equipo elaborador del conjunto editorial expone en el preámbulo que el episodio “no sigue exactamente los pasos y las aventuras de este general; al revés”, y más adelante se añade: “… todo lo que existe o pasa, parece conjugado por ese nombre, por el convocado. De esta manera, tan indirecta como artística, Prim aparece como lo que fue: no un hombre, un general más, sino una época, una revolución, una esperanza, posiblemente el honor”.

Galdós relata de una forma bastante pormenorizada la manifestación, con lo cual se puede presuponer que participara en ella. Su relato es tan descriptivo que parece una fotografía de los pasó:

Algunos ateneístas de los que se arremolinaban en el pasillo pensaron salir y aproximarse a la Puerta del Sol para ver de cerca la jarana; pero en esto llegó casi sin aliento un precoz filósofo, González Serrano, y dijo: «No salgan ahora; no salga nadie… Por poco me gano un sablazo… El dolor que tengo aquí, ¡ay! es de un golpe ¡ay!… Se me vino encima la cabeza de un caballo… Ya cargan, ya vienen cargando por la calle de la Montera…». Acudió a los balcones del Senado y de la Biblioteca gran tropel de curiosos. Calle arriba iban hombres, mujeres y muchachos huyendo despavoridos. Centauros que no jinetes, parecían los guardias; esgrimían el sable con rabiosa gallardía, hartos ya de los insultos con que les había escarnecido la multitud. No contentos con hacer retroceder a la gente, metían los caballos en las aceras, y al desgraciado que se descuidaba le sacudían de plano tremendos estacazos.

Figura 27 18620727 General Santos Degollado

Chiquillos audaces plantábanse frente a los corceles, y con los dedos en la boca soltaban atroces silbidos. Al golpe de las herraduras, echaban chispas las cuñas de pedernal de que estaba empedrada la calle costanera. Un individuo a quien persiguieron los guardias hasta un portal de los pocos que no estaban cerrados, cayó gritando: «¡asesinos!», y el mismo grito y otros semejantes salieron de los balcones del Ateneo. En la puerta de la sacristía de San Luis había dos muchachos que, después de pasar los últimos jinetes hacia la Red de San Luis, gritaban: «¡Pillos! ¡Viva Castelar… viva Prim!». Hacia la esquina de la calle de la Aduana, dos sujetos de buen porte retiraban a una mujer descalabrada… La noticia, traída por un ordenanza, de que en la Puerta del Sol y Carrera de San Jerónimo había muertos, hizo exclamar a Beramendi: «¡Sangre!… Esto va bien».

En el capítulo XII don Benito, recogiendo el sentir social y político del Madrid de aquellos años, escribe:
La figura de Prim, que en la mente de muchos tomaba proporciones no comunes, por la firmeza con que seguía contra viento y marea un plan político esencialmente negativo y demoledor, permanecía indecisa, vagamente apreciada por los ojos de la muchedumbre. Perdíase la figura en sombras lejanas. Por un momento salía entre relámpagos que iluminaban una fase de su persona, y a esconderse volvía como fantasma obediente al canto del gallo, o a las campanadas de media noche. No había llegado el tiempo de su desembozada presencia en el mundo; pero los días tediosos, de ansiedad incierta y vagas esperanzas, anunciaban el día luminoso de Prim.

Varios diarios de la capital fueron cerrados. La edición del 13 de abril de “El Avisador Malagueño” da cuenta de los acontecimientos, aunque sin que de sus noticias trascendiera la gravedad de los hechos. En los días sucesivos se publican las diversas manifestaciones, las cargas de la guardia civil y fuerzas del ejército, los heridos que accedieron a las distintas casas de socorro y boticas y los muertos. El día 16 recoge “El Avisador Malagueño” las noticias publicadas en medios madrileños. Vemos el de uno de los periódicos clausurados por el ministro de la Gobernación: “Las Novedades”:

Figura 28 18620803 General Gonzalez ortega

“Muchos son los detalles que se refieren de los sucesos de anoche, pero carecemos de la tranquilidad de espíritu necesaria para relatarlos ¡Ha corrido la sangre inocente de indefensos ciudadanos! ¡Cosa horrible, pero cierta!”
Más de dos mil pronunciamientos, sublevaciones y agitaciones militares se producen a lo largo del siglo XIX. El sigilo exigido a cualquier conspiración política, no existía en la España decimonónica, de tal manera que el que iba a sublevarse o pronunciarse era conocido por el Gobierno, jugándose entre el poder constituido y el que quería llegar a ser, como una partida de “mus”, en donde una de las partes de echa para atrás ante el envite de la otra.
La Real Academia Española, en su Diccionario de la Lengua, identifica la palabra “pronunciamiento” a la de “alzamiento militar contra el gobierno, promovido por un jefe del ejército u otro caudillo”. En realidad el militar que se “pronuncia”, en este caso Prim, lo hace delante de varias unidades militares, con la intención de que las guarniciones militares se vayan adhiriendo al texto y las intenciones del pronunciamiento. No se pretende que exista enfrentamiento armado y el derramamiento de sangre se tiende a que sea inexistente o lo mínimo posible.
Tras pronunciarse, el gobierno de turno, mueve sus fichas y ordena a unidades del ejército que tomen prisionero al pronunciado y que reduzcan a los mandos y unidades pronunciadas. En el caso de estas unidades no respondan a la orden del gobierno, quiere indicar que el movimiento está teniendo éxito.

El vencedor del enfrentamiento dialéctico no pretende meter en prisión y juzgar al derrotado, aplica la máxima de Sunt Zu que a enemigo que huye puente de plata.

Pérez Galdós es protagonista de esos años y aunque todo lo vea y escriba de forma subjetiva, puede considerarse como una buena fuente histórica. Son dignos de leer los diálogos de los protagonistas, los cuales se cuentan entre ellos la marcha de las diferentes conspiraciones, detallando que el regimiento “tal” desplegará en un determinado lugar, para vigilar a otro que no es de fiar, mientras el regimiento de ingenieros, etc., etc., etc. ¿Supo todos estos detalles el novelista, antes o después de verdaderamente sucedieron?

Figura 29 18620831 Batalla de Puebla

Prim era un líder nato, se le podrían achacar muchos defectos, pero solo con su presencia era capaz de electrizar a las masas, pero un líder debe hablar y nadie nos describe el tono de su voz, bueno lo hace Galdós, que cuando en la madrugada del 9 de junio desembarca en El Grao y tras firmar las proclamas que en su nombre le presentaba Joaquín Aguirre, exclamó el general: Lo que es ahora, espero que mis buenos amigos Alemany, Acosta y Crespo no me dejarán a la luna de Valencia, y el novelista actuando como narrador de los acontecimientos continúa: Dijo esto gravemente, sin reír el chiste, con aquella voz un poquito parda, de timbre lleno, expresivo sin estridencia, como el dulce sonido del oro.

El día 11 de junio todo había terminado en fracaso y como en anteriores ocasiones el general Prim pudo escapar, corriéndose el rumor de que el propio capitán general, Villalonga, “arregló la salida de Prim”.

La prensa malagueña en su edición del día 14 comenta la intentona de Valencia y el arresto del coronel Alemany, que estaba al mando del regimiento de “Borbón”, y el día 15 dedica toda la primera plana de “El Avisador Malagueño” a narrar los acontecimientos. A Prim se le nombra de pasada y no se le acusa de nada.

El marqués de los Castillejos regresa a Francia y en agosto intenta sublevar a la guarnición de Pamplona, con el mismo resultado que en Valencia.

No ceja en su empeño y en enero del año siguiente lo tenemos en Madrid, no sabemos si de incógnito o gracias a las numerosas amnistías de los gobiernos que se suceden en el vacilante trono de Isabel II.

Figura 30 1864 parque artª frances sitio de Puebla Mundo Militar

El 3 de enero de madrugada llegaba Prim a Villarejo de Salvanés, población cercana a Madrid, le acompañaban los generales Milans del Bosch, Pavía y Alburquerque y el auditor de guerra Monteverde.

En esta ocasión se contaba con las guarniciones de Aranjuez, Ocaña y Alcalá de Henares. Tras el “pronunciamiento en Villarejo, Prim avanzaría sobre Madrid, cuya guarnición se esperaba que a su llegada se encontrara sublevada, al igual que las de Valencia y Alicante, todas ellas alertadas por telégrafo. Vemos como relata Galdós el fracaso del movimiento:

Ello era que no sin motivo se hallaban todos en ascuas, porque al General se habían dado vehementes seguridades de que los Cazadores de Albuera, los Coraceros del Rey y de la Reina, con Cazadores de Figueras, se pondrían en marcha en la noche del 2 al 3… En estas ansiedades estaban los más allegados a Prim, cuando llegó a Villarejo, reventando el caballo, un capitán llamado don Bernardo del Amo con la tristísima nueva de que las fuerzas de Alcalá no habían podido salir, y que las de Madrid se quedaban en sus cuarteles esperando mejor ocasión. ¡Y para traer la noticia de tal desastre, el capitán había corrido con velocidad de hipogrifo! ¿Pero qué había pasado? El jadeante mensajero no podía contestar concretamente. Los de Alcalá no salieron cuando debían, por un error o azoramiento de Lagunero; y antes de que intentaran salir nuevamente, se echó encima el General Vega Inclán, a quien había telegrafiado el Gobierno… En Madrid, según indicó Del Amo, hubo imprudencias, delaciones… Sobre los entusiasmos de Villarejo se desplomó el cielo con toda su pesadumbre glacial de tenebrosas nubes.

Figura 31 1870 Emperador Maximiliano

A pesar de que el fracaso estaba servido, Prim aún confía en el triunfo y ordena el avance hacia Madrid. La defecciones de unidades completas se multiplicaban a cada paso que se avanzaba hacia la capital, de tal manera que al cabo de pocos días, solamente unos pocos leales quedaban a su alrededor. Era necesario huir y prepararse para otra ocasión. Acosado por fuerzas leales a O’Donnell, el conde de Reus se dirige sin prisas sobre Portugal. Las fuerzas perseguidoras tienen orden de no detenerlo. El 20 de enero cruza la frontera con el país vecino.

Se está cumpliendo el pacto no escrito entre los militares que se sublevaban contra el Gobierno de turno. Nada de apresamiento ni fusilamientos, porque el que estaba en el poder podía encontrarse a los pocos años sublevándose y deseaban la misma clemencia.

Visto el panorama del siglo XIX con una perspectiva del XXI, parece entenderse que España era un país de golpistas, pareciéndose a los golpes de estado que se producen en el presente siglo en los países menos desarrollados, en los cuales ante una situación de anarquía, se levanta una facción del ejército reclamando el poder. En este caso no existe ideología enfrentada, sino anarquía y orden.

El levantamiento militar de 1936 no era el “colofón” de todos los que habían precedido con anterioridad en el XIX.

El “pronunciamiento” de Primo de Rivera en 1923, tampoco lo era ¿Qué diferencias existía con todas aquellas revoluciones militares de 1841,1843, 1854, 1856, 1863, 1864, 1865, 1866 y 1868?

El tema ha sido ampliamente tratado por el general Alonso Baquer y otros tratadistas militares, pero en esencia, los generales que se sublevaban en el siglo XIX no lo hacían en nombre del ejército, sino de una opción política: moderada, progresista, republicana y carlista. Eran generales políticos, habiendo obtenido una buena parte de sus ascensos castrenses por méritos políticos y no por hazañas bélicas. A lo largo de la serie de artículos, relacionados con el asesinato de Prim, se ha podido observar que éste no tuvo una formación castrense reglada y desde coronel a capitán general los ascensos fueron dados desde el poder político.

Figura 32 1870 Emilio Castelar

El carácter de elecciones parlamentarias, muy restrictivo, impedía votar a la inmensa mayoría de la población, de hecho hubo censos electorales, durante los períodos moderados de menos de trescientos mil votantes, cuando la nación se acercaba a los diez millones de almas.

Las fuerzas armadas desde la guerra de la Independencia se encontraban politizadas. En realidad esta guerra, dentro de la tipología, se podría encuadrar entre las de “liberación”, pero también “civil”, porque el gobierno del rey José I era legal y los ministros, autoridades y unidades militares les obedecían.

El nacimiento del ejército “nacional”, que sustituyó al “real”, podemos insertarlo en 1810 con el inicio de las Cortes de Cádiz, acrecentado con la aprobación y promulgación de la Constitución de 1812. Se puede decir que al finalizar la guerra, en 1814, la inmensa mayoría de la oficialidad era constitucionalista-liberal, que se radicalizó hasta posturas intransigentes por las bárbaras depuraciones de Fernando VII, tras su regreso al trono.

Las sublevaciones militares hasta 1820, no eran en contra de la anarquía y el mal gobierno, que eran los normales de la época, sino en nombre de la ideología liberal.

La llamada “década ominosa”, fue en el ámbito castrense como una represión militar en toda regla, durante la cual la mayoría de los mandos no querían aparentar una ideología para no ser expulsados, sin paga, del ejército o de la armada.
María Cristina, la viuda de Fernando VII y Gobernadora durante la minoría de edad de su hija Isabel II, se tuvo que apoyar en los elementos liberales del ejército, tal como se ha dicho la inmensa mayoría, decantándose unos pocos hacia el absolutismo que representaba Carlos María Isidro de Borbón.

Figura 33 1865 Puerta del Sol Manifestacion estudiantes

Las sublevaciones de 1834 y 1837, se hicieron con la bandera del liberalismo y en petición de que se reinstaurara la Constitución de 1812, lo mismo que en las sucesivas que se produjeron hasta 1868, que podemos considerar la última, dado que la de 1874, con la proclamación de Alfonso XII en Sagunto por el general Martínez Campos, al frente de la brigada del general Dabán, teniendo los componentes escénicos de las sublevaciones anteriores, no fue por motivos ideológicos, sino para salvaguardar la soberanía española, desacreditada internacionalmente tras una 1ª república devastadora y un régimen provisional impotente, con cuatro guerras simultáneas.

A partir de ese momento el ejército español se “profesionaliza” y el militar intenta evadirse de temas políticos para centrarse en la defensa de la Patria, situación que pervive hasta la sublevación fracasada de agosto de 1932 del general Sanjurjo y la victoriosa del general Franco en 1936, tras una cruenta guerra civil, regresando las fuerzas militares a sus cuarteles y únicamente pensando en la defensa institucional-constitucional.

Las únicas sublevaciones ideológicas de la última parte del siglo XIX y hasta la entronización de la 2ª República, fueron, al menos como más sonadas, la del brigadier Villacampa en 1886 y la de Jaca de los capitanes Galán, García Hernández y Sediles en 1930.

Es decir que fueron las ideologías políticas las que eligieron como líderes de sus facciones a militares y no a la inversa, porque al lado de los sublevados siempre se encontraban “políticos profesionales” del partido que se pretendía imponer en el gobierno.

Volvamos al derrotado Prim, el cual desde Portugal regresa a París y desde allí viaja a distintas partes de Europa para obtener apoyo internacional a su proyecto de la regeneración de España.

Toma contactos con las más dispares ideologías, como demócratas, republicanos y el naciente marxismo, a los que quiere unir a su proyecto. Esta amalgama será su perdición y una de las causas de su asesinato, porque lo único que tenían en común los seguidores de las anteriores, era el derrocamiento del trono de San Fernando y la imposición de un nuevo régimen. Prim hablaba con todos y les prometía lo que sus interlocutores querían escuchar, que sería el pueblo español el que decidiera su futuro, tras el abandono de Isabel II.

Figura 34 O'Donnell Gimenez y Guited

En estos primeros meses de 1866 se cruzan acusaciones en medios públicos, el presidente del Gobierno, O’Donnell y Prim. El profesor Emilio de Diego, en su libro “Prim. La forja de una espada”, se extraña de la animadversión personal que había surgido entre los dos generales, antes tan amigos, incluso de Diego escribe: “Solo se comprende reacción tan iracunda si la consideramos muestra del desencanto del conde de Lucena ante la sublevación de un hombre por el cual, en la milicia y en la política había sentido admiración tan Grande como ahora su furia”. No diría “amistad” de primero al segundo y menos admiración, sino respeto, porque conocía la ambición infinita de Prim que lo único que deseaba era el poder. De hecho ya afirmamos que su alistamiento a última hora en la guerra de África fue para no dejarlo conspirando en Madrid, y su envío a Méjico, era también para “tenerlo entretenido”, alejado del trono, pero no parece que existiera cariño y admiración entre los dos generales políticos.

En mayo de 1866 se produce un hecho sangriento y que tendría graves repercusiones en la vida de los siguientes años y una de las causas de la abdicación de Amadeo I de Saboya y la instauración de la 1ª República, nos referimos a la sublevación del cuartel de San Gil y el asesinato de varios oficiales facultativos de artillería.

Los oficiales del Cuerpo de Artillería tenían dos procedencias, una con los egresados del Real Colegio de Segovia y otra las procedentes de los sargentos. Los primeros formaban la escala facultativa, totalmente cerrada y los segundos, la escala práctica. El Cuerpo se distinguía de las Armas de Infantería y Caballería en que los oficiales procedentes de la clase de sargentos solamente podían acceder al grade de capitán. Por otra parte los oficiales de artillería no podían ascender por méritos de guerra en la escala del Cuerpo, en donde sólo se podía hacer por rigurosa antigüedad. Por ejemplo uno de los ayudantes de Prim en el momento de ser asesinado en 1870 era teniente de artillería, comandante del ejército y grade de teniente coronel.

Se preparaba una sublevación en Madrid en nombre de Prim, pero los sargentos de artillería se adelantaron a los acontecimientos, produciéndose una reacción en cadena. Desde los primeros momentos hubo sangre, entre ellos algunos oficiales facultativos de artillería, asesinados por sus subordinados. Se acusó de ser el instigador de lo anterior al capitán del Cuerpo Baltasar Hidalgo de Quintana, ascendido a mariscal de campo tras la revolución de 1868, siendo la descortesía de sus compañeros de cuerpo con él, lo que motivó la abdicación de Amadeo I y la instauración de la Primera República.

En aquella jornada de mayo de 1866 murieron más de doscientas personas y cerca de un millar resultaron heridos, pero no solamente se produjeron daños personales, sino que los “morales” que sufrió la sociedad española fueron de tal intensidad que el trono de Isabel II se cuarteó y resquebrajó.

A partir de este momento, terminamos la biografía de Prim, porque en realidad tendríamos que volver a relatar acontecimientos que ya se plasmaron en el primer episodio o primera entrega de esta serie.

Dr. Rafael Vidal
25.04.13