23 noviembre, 2010

Arte después de la guerra (La Vanguardia)

Borja-Villel continúa su ‘revolución’ en el Reina Sofía con otra lectura de su colección.

En 1966, Alain Resnais filma La guerra ha terminado,en la que narra la historia de un miembro del PCE que desde su exilio en Francia – el guión es de Jorge Semprún y tiene evidentes connotaciones autobiográficas-trata de minar los pilares del régimen con una huelga general que nunca llegará a producirse. Ives Montand es el encargado de dar vida al desesperanzado Diego Mora, a quien al final un jovencísimo Flotats le abrirá los ojos. España cambiará, sí, pero no gracias a una huelga general sino al turismo y la sociedad de consumo, viene a decirle. El director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, toma prestado – y pone entre interrogantes-el título de la película de Resnais para su nueva lectura de la parte de la colección correspondiente a los años 40, 50 y 60, el arte de posguerra, casi un millar de obras que ocupan toda la cuarta planta del edificio Sabatini. ¿La guerra ha terminado? Arte en un mundo dividido (1945-1968) es el plato fuerte de los actos de celebración del vigésimo aniversario del museo; se presenta en público el martes, pero antes, Borja-Villel y la directora de Colecciones, Rosario Peiró, se prestan a un recorrido guiado para La Vanguardia.

¿Y ahora, qué?
El trayecto, estimulante y sorprendente, serpenteando siempre entre lo complejo y lo inesperado, finaliza con el citado filme de Resnais, cineasta que también se encarga de abrirlo con Noche y niebla (1955), el genocidio nazi visto con los ojos de las víctimas, el escenario del holocausto ahora ya vacío, con la hierba creciendo salvaje allí donde se torturaron seres humanos. “Es el final de la utopía, tras el tremendo revés que supusieron el holocausto y la Segunda Guerra Mundial”, explica el director, momento en el que los artistas se preguntan qué hacer a partir de ahora. Todo el dolor del mundo en el Monumento a los españoles muertos por Francia (1946-1947), la normalidad de la crueldad encerrada en una fotografía de Lee Miller en la que un soldado nazi toma fotografías de una pila de judíos muertos como si fuera un souvenir. El trauma posbélico expuesto en toda su crudeza (Tàpies, Brassaï,Hartung) y al que se contrapone la alternativa de los letristas, capitaneados por Isidore Isou, que “abandonan las artes tradicionales y plantean una reinvención del lenguaje y casi de la vida”.

Invitados inesperados
La nueva presentación cuenta con un buen número de obras nunca expuestas, algunas procedentes de legados, como los de Brassaï y Morris Louis; depósitos como el de la colección Onnasch (Clyfford Still, Rauschenberg, Christo); o adquisiciones recientes, pero también con invitados inesperados, como Josefina Tolrà, una artista de Cabrils, cuya carrera se vio truncada por problemas psíquicos y se encontraba perdida en un agujero de la historia del arte, o el argentino Alberto Greco, que vivió en la España de los 80 e hizo de su vida una obra, hasta el punto de suicidarse tras inscribir en uno de sus manos la palabra FIN. “El arte vivo es la aventura de lo real”, era el lema de lo que él llamaba el arte VIVO DITO. El Reina Sofía lo reivindica (ha adquirido su archivo) y de paso, en ese cruce de caminos constante que propone la colección, nos ayuda a comprender obras de Saura y Millares (escenas de sodomía protagonizadas por curas…), con quienes Greco se relacionó durante su estancia en Madrid.

Los artistas del régimen

No se puede decir que salgan bien parados, pero tienen piso en el Reina Sáenz de Tejada, José Caballero, Casto Fernández-Shaw, creadores de un arte de exaltación nacional (es lo que había) que vuelve a verse las caras con la España retratada en los 50 por Eugene Smith (a quien la revista Life envió para que diera a conocer al mundo la pobreza en la que estaba inmerso el país) o la más festiva de Brassaï.El trayecto nos conduce a la recuperación de las vanguardias a partir de Miró, al informalismo español de los 50 (espléndidos Millares, Tàpies, el grupo El Paso), que el franquismo llevó a la Bienal de Venecia de 1958 para proyectar una imagen de modernidad en el exterior. Al lado de esa pintura heroica, el recogimiento silencioso de Oteiza, representante de España en la Bienal de São Paulo de 1957, dialogando con los neoconcretistas brasileños Lygia Clark o Hélio Oiticia.

Pero ¿qué miras?
El cine, ya lo fue en anteriores presentaciones, campa a sus anchas en este nuevo Reina Sofía, pero quizá a más de uno le sorprenderá tropezarse con La ventana indiscreta,de Alfred Hitchcock. “Es una metáfora de ese mundo que, en plena querra fría, se pasa la vida observando paranoicamente al otro”. Un excelente prólogo a la gran pintura abstracta norteamericana (Morris Louis, David Smith…), a la que en ese momento no eran ajenos artistas españoles como el granadino José Guerrero.

Un poco de humor, por favor
Hay también risas, como las que proponía la revista La Codorniz,pinceladas de una estética popular como la de Gómez de la Serna, del que se muestra un collage de su estudio de Argentina, películas como Bienvenido mister Marsall,fotografías de Català-Roca, Joan Colom y Pérez Sagnier, al tiempo que le hacen un hueco en la historia o la Estampa Popular – con su estética sobria y dura-que dirigía el PCE o los situacionistas franceses (“Los falangistas no tienen cojones”, dice la protagonista ligera de ropa de una postal; otra: “La felicidad en España es una idea nueva”).

Picasso-Miró frente a Duchamp
“Es un momento de unas tensiones y unos miedos brutales en el que se pasa de una sociedad posmoderna a una sociedad de consumo: la confrontación Estados Unidos-Unión Soviética, libertad contra igualdad, figuración contra abstracción o incluso Picasso y Miró contra Duchamp. En el primero lo importante es la gestualidad, lo pictórico. En el segundo, el objeto, el evento”, comenta Borja-Villel. La sala dedicada a Miró – parece buscar el grado cero de pintura, su gesto es nada, apenas una mancha-y Picasso (con los únicos cuadros comprados durante el franquismo) viene a ser como el canto de cisne de una tradición que ya nunca será igual. Quedará claro en las piezas de Rauschenberg, que ya incluyen objetos, en Cage, en los grafitis de Cy Twombly… El nuevo realismo, que llegará unos meses después, o las primeras críticas a la sociedad de consumo (los catalanes de París, con sala propia para Miralda), la Costa Brava de Miserachs, el pop europeo, la narración figurativa del Equipo Crónica (matan a Duchamp), uno de cuyos grises vigila aquí, por orden de Borja-Villel, a Los cuatro dictadores.”A partir de aquí empiezan los feminismos, el pensamiento poscolonial, la globalización… Pero esa es otra historia”.

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