13 septiembre, 2010

Aquí viven las cariátides (El País)

Atenas es una ciudad desangelada, salpicada de rincones simpáticos y ennoblecida por los testimonios de un pasado único. En muchas calles del centro, la alternativa a verse rodeado por construcciones irrelevantes consiste en volver la mirada a la siempre dominante Acrópolis. Sobre todo ahora que el Partenón y el Erecteión se encuentran liberados de los andamios metálicos que los atenazaran durante décadas a fin de lograr una admirable restauración de su mármol por una técnica de rayos láser. Conforme el visitante se aproxima a la mole de la Acrópolis, tiene además la posibilidad de descubrir monumentos supervivientes de singulares elegancia y belleza, tales como la Torre de los Vientos o el monumento corégico de Lisícrates, o de comprobar la distancia entre las pequeñas joyas que son las iglesias bizantinas de los siglos XI-XII y el entorno arquitectónico de los siglos XIX y XX.

La minúscula y delicada iglesia de la Virgen y de San Eleuterio, conocida como la Pequeña Metrópoli, con su friso antiguo de figuras zodiacales, se encuentra así a la sombra de la verdadera metrópoli o catedral, construida a mediados del ochocientos: son la mejor ilustración de ese contraste. Para olvidar, o si se quiere, para reflexionar sobre el significado de lo antiguo y lo moderno, resulta útil entonces caminar por el barrio de Plaka, tomar una cerveza o una retsina en alguna de sus tabernas y si despunta el apetito, saciarlo con un sabroso suvlaki o con la ensalada de queso feta pimentada del siempre lleno Thanassis, a dos pasos de la plaza de Monastiraki.

Hasta aquí el cuadro de la Atenas de siempre. La novedad reside en que en estos últimos meses, aunque pareciera imposible, los atractivos de la capital griega se han multiplicado. El emblema de esa transformación positiva es el nuevo Museo de la Acrópolis, pero a su lado, y con una importancia comparable, se encuentran hitos tales como el Museo Bizantino o el broche también final al Museo Arqueológico con la sala de Chipre. Y siguen estando ahí, a dos pasos del Bizantino, dos museos de historia griega procedentes de grandes colecciones particulares, el Benaki y el de Arte Cicládico. La búsqueda de lo nuevo puede ser prolongada con la visita a las estaciones de metro que exhiben hallazgos realizados durante la construcción del suburbano.

La joya de la corona de esta Atenas museística es el nuevo Museo de la Acrópolis, inaugurado a finales de junio de 2009. El espectacular edificio, proyectado por Bernard Tschumi, alberga el resultado de las excavaciones llevadas a cabo en sus cercanías, así como las colecciones antes expuestas en el reducido museo situado anteriormente en el interior del recinto sagrado. La mayoría de las piezas fundamentales exhibidas se encontraban en su predecesor, útil asimismo para un tiempo de reposo huyendo del sol imperante buena parte del año en la explanada del Partenón. Solo que ahora el despliegue en un mayor espacio hace posible una contemplación incomparablemente mejor de la riquísima estatuaria que arranca de los kuroi y culmina en las cariátides rescatadas del Erecteión para preservarlas del desgaste meteorológico. En la planta superior, la reconstrucción con elementos originales del friso expoliado del Partenón evoca la principal ausencia.

Colección de iconos
La historia del Museo Bizantino inaugurado en mayo es bien diferente. Al visitante del pasado se le ofrecía ante todo una notable colección de iconos, donde destacaban los del renacimiento paleólogo, en la agonía de Bizancio. Observable ya en la apertura parcial de 2004, el planteamiento es otro, aunque los iconos sigan constituyendo la espina dorsal de la exposición permanente. Se trata de convertir al arte en factor explicativo de los cambios y de las continuidades registradas en una evolución más que milenaria. Desde la sorpresa inicial del Jesús filósofo que simboliza el engarce de la nueva fe con el mundo pagano hasta el complejo de salas ahora abiertas de Bizancio después de Bizancio, que responde con rigor e imaginación al criterio de que “el arte no es solo un fenómeno estético, sino la evidencia de una cultura”. De ahí el papel fundamental que representa la contextualización, sabiamente dosificada: está el documento por el que Andrónico II ofrece a Cristo un nuevo monasterio y también la carta del sultán que corrige los excesos ejercidos por sus delegados sobre sus súbditos griegos. El esplendor de la pintura cretense y de las islas Jónicas después de 1453 es reflejado con cenit en los iconos de Miguel Damaskinos y en la enorme expresividad de obras tales como el ascenso del profeta Elías, cuyos caballos rojos son el emblema adoptado ahora por el museo. Más adelante, con una sumisión cada vez más amplia al poder otomano, va configurándose la identidad helena.

Con la sala chipriota inaugurada hace unos meses parece haberse completado la planta superior del Museo Arqueológico Nacional. De modo definitivo ha quedado reducida la presencia de los frescos de Santorini, procedentes de las excavaciones efectuadas en la isla y que antaño estuvieran reunidos en una única sala. Semidestruida por una de las grandes erupciones volcánicas de la historia hacia el 1500 antes de Cristo, Santorini nos legó una fascinante serie de estampas de fondo religioso, pero de ejecución entre realista y simbólica, como las de las niñas boxeando, el pescador o la procesión marítima. Tres quedan en Atenas, habiendo pasado el resto al Museo de Prehistoria en la isla, con algunas aún en restauración. No menos fascinante es la cerámica, con vivísimas representaciones animales, superiores las de Santorini a las guardadas en Atenas, y unas jarras de gran elegancia, a medias antropomórficas y zoomórficas, donde la boca sugiere el pico del ave, mientras sobre la lisura del cuerpo resalta la belleza de unos inolvidables pezones negros.

El recorrido por la Atenas monumental puede tener un epílogo singular. El monasterio de Dafní, a 11 kilómetros de la capital. Sufrió graves quebrantos por un terremoto en 1999 y desde entonces cerró sus puertas para los trabajos de restauración. Como cerrado figura en las guías. Sin embargo, el acceso individual está autorizado a un interior convertido en bosque metálico que impide la visión de algunos de sus mejores mosaicos del siglo XI, pero que como compensación permite al visitante aproximarse por las escaleras de acero a los espléndidos mosaicos de fondo áureo en la cúpula. Ver de cerca el grandioso pantocrátor o el círculo subyacente de los 16 profetas constituye un privilegio que se perderá cuando felizmente Dafní recupere su aspecto original.

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