14 junio, 2012

Anotaciones a la batalla de las Navas de Tolosa: los protagonistas (2ª parte)

recuadrohistoria

Rafael Vidal

Doctor en Historia por la Universidad de Granada

LOS CRUZADOS

En la Historia eclesiástica de España, tomo segundo, escrita por Johann Baptist Alzog y editada en Barcelona en 1855, se narran algunas anécdotas de1 los cruzados en España. Las Cruzadas y por ende los cruzados aparecen en las postrimerías del siglo XI con el objeto de defender el orbe cristiano y combatir al Islam (Figura 1).

El movimiento “cruzado” era radical y fundamentalista, siendo el sentimiento de la Fe, la defensa de la Cruz, la recuperación de los Santos Lugares, junto con alcanzar la corona del martiria y la entrada en el reino de los Cielos, los pilares en los que se basaba la vida de estas personas. Dentro de este conjunto de caballeros y de gente del pueblo había otros en los que predominaba la obtención de botín sobre cualquier otra consideración espiritual: eran los segundones de casas nobles y nobles arruinados, uniéndoseles pequeños delincuentes, despechados sociales y otros desheredados de la fortuna que buscaba adjunto a la espiritualidad religiosa alguna forma de rehacer su propia pecunia.

 

2El comportamiento de estos cruzados degollando bárbaramente a judíos y moros que se encontraban a su paso en su marcha a través de la península, se encontraron con la frontal oposición de la Iglesia hispánica (en el siglo XI pasó del rito mozárabe al latino) y a las propias autoridades medievales españolas. Para los cruzados europeos el objetivo era matar a todo el que no fuera cristiano, mientras que para los peninsulares el objeto era someterlos, convertirlos a la verdadera fe y en suma hacerlos sus vasallos (Figura 2).

Estas controversias se produjeron en los años de las conquistas de Tarragona y Valencia, repitiéndose en la Cruzada declarada por Inocencio III a principios del siglo XIII, siendo la causa de que casi todos los extranjeros abandonaran a Alfonso VIII retirándose a sus reinos de origen.

En el tomo II del Atlas de las batallas, combates y sitios más célebres de la antigüedad, edad media y tiempos modernos, del capitán Mariano Pérez de Castro, editado en Madrid en 1858, narra de forma breve, pero certera la “deserción” de los cruzados (Figura 3):

Embestida la ciudad de Calatrava, fue tomada por asalto, refugiándose los moros que la guarnecían en la ciudadela, donde juzgando inútil toda resistencia, pidieron capitulación. Esta les fue otorgada por los monarcas aliados bajo las condiciones de que saldrían libres del recinto, conservando sus armas y bagajes. Sedientos de sangre los soldados extranjeros, y viendo que se les escapaba gran parte del botín, que 3esperaban haber alcanzado a viva fuerza, quisieron pasarlos a cuchillo; pero los españoles se opusieron a tan cruento intento, y escoltándolos el de Haro con sus vascongados, les puso en salvo.


Este incidente motivó la deserción de los cruzados extranjeros, los cuales se separaron de los españoles para volver a sus tierras, pretextando que no podían sufrir los calores de la estación. El obispo de Narbona, con 150 caballos y algunos peones, y el caballero Tibaut de Blaçon, fueron los únicos que no siguieron tan lamentable ejemplo (pág. 99).

Nos imaginamos la escena: los extranjeros y los españoles casi a punto de luchar entre ellos por la distinta concepción guerrera y fundamentalista. El pretexto del “calor”, recogido por muchos historiadores, no tiene ningún sentido. Los contingentes extranjeros, aparte de su ardor religioso, deseaban saquear ciudades enemigas, única forma de costear el dispendio que le ocasionaba su desplazamiento. Al negársele esa posibilidad, no tenía objetivo su permanencia.

No se dispone de documentación sobre el “regreso” a sus tierras de estos cruzados, pero al igual que ocurrió en Toledo, en la que saquearon el barrio de la judería y crearon el primer contratiempo con los castellanos, en su regreso harían igual con los judíos que se encontraran a su paso. De hecho en el tomo V de la Historia de España de Modesto Lafuente (páginas 210 y 211) se afirma: “En su viaje hasta los Pirineos fueron divididos en pelotones devastando cuanto encontraban”, sin hacer referencia a la fuente de tal información.

Textos franceses hablan de “Trompés dans leur espérance de piller ce deux villes, ils repassèrent, irrités, en France” (LA BAS, PH. Précis d’historique du moyen age, depuis l’invasion de l’empire romain par les basbares jusqua la formation di système d’équilibre des états. Paria, 1839. Pág. 679). Recuentan los efectivos cruzados franceses, italianos, lombardos y alemanes en más de 60.000, aunque evidentemente las cifras son exageradas, como veremos en la anotación sobre los efectivos, no sobrepasando seguramente la décima parte.

Entre los que se retiraron se cuentan los obispos de Reims y Nantes.

Lo que queda claro es que cruzados ajenos a los reinos hispánicos combatieron en las Navas, unos centenares, al mando del arzobispo de Narbona y abad del Císter y del caballero Tibaut de Blaçon (en otras fuentes Teobaldo Blascón de Poitiers)

¿Cómo eran los cruzados como combatientes? Estaban organizados de forma similar a los ejércitos medievales. Cuando un señor se declaraba “cruzado” efectuaba un llamamiento para que se alistaran bajo su estandarte en la campaña a la que pensaba acudir en defensa de la Fe a nobles y vasallos, acudiendo a la llamada todo tipo de personas con mayor o menor formación militar. El tiempo que transcurría hasta el momento de la primera batalla era el empleado en instruir a los combatientes y adiestrarse como unidad como integrante de un ejército.

LAS ÓRDENES MILITARES

En el siglo XII se crean las órdenes militares más importantes de la Cristiandad, concretamente la Hospitalis S. Joannis del Xenodochium Hierosolymitanum, conocidos en la edad media como Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y modernamente como Orden de Malta; y la Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici, más conocidos como la Orden del Temple o Templarios.

Estas órdenes, muy radicalizadas en sus planteamientos religiosos, eran extraordinariamente temidas por los musulmanes, siendo eficaces combatientes en zonas fronterizas con los países islámicos.

A la Cruzada contra los almohades acuden los templarios al frente de su maestre Frey Gómez Ramírez, el cual perdió la vida en la batalla y los hospitalarios con su gran prior Frey Gutierre de Armíldez.

En el mismo siglo XII nacieron en la España cristiana las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara, sin que hubiera en la acción de las Navas de Tolosa separación entre estas últimas y denominándose también a la primera como Orden de Uclés.

Dentro de los protagonistas aparece la orden del Císter, madre de las órdenes españolas de Calatrava y Alcántara. Los reyes castellanos quisieron reducir al máximo las terribles incursiones de los musulmanes sobre las poblaciones del valle del Tajo, entre ellas Toledo, por lo que fortificaron con algunos castillos la actual comarca de Calatrava (Ciudad Real), ofreciéndola al Temple para su custodia. Tras un breve tiempo, los templarios rehusaron seguir protegiendo la frontera sur del reino de Castilla, al considerarlo indefendible. Ante la desolación del monarca, la orden del Císter se ofreció en sustitución. Los caballeros y “familiares” solicitaron al rey y al Papa la creación de una orden de caballería, que le fue aceptada. En el momento de las Navas de Tolosa era Maestre de la orden el freyre Ruy Díaz (Rodrigo Díaz), que fue herido en la acción quedando imposibilitando para seguir guerreando. En el mismo campo de batalla convocó a los supervivientes de sus caballeros a cabildo general, designándose su sucesor en la figura de Ruy Garcés, retirándose al convento de Calatrava donde vivió hasta su muerte acaecida nueve años más tarde (Definiciones de la orden, y cavalleria de Calatrava, conforme al capitulo general, celebrado en Madrid año de M.DC.LII. Madrid, 1748. Pág. LXII).

La orden del Císter, a través de su abad Arnaldo Amalric, que era al mismo tiempo legado de Inocencio III e inquisidor, fue el que “convenció” a Sancho VII de Navarra para que colaborara en la Cruzada contra los almohades. Nos imaginamos su forma de convencer, con la fama que tenía, dado que pocos años antes se había atrevido a excomulgar a todo el gobierno municipal de la ciudad de Toulouse. Sancho el Fuerte era aliado del emperador “Miramamolín” ya que ambos tenía el mismo enemigo común: Alfonso VIII. Arnaldo era arzobispo de Narbona y posteriormente nombrado abad general de su orden.

En algunos textos aparece que la orden de Alcántara participó en la batalla, en realidad en 1212 no existía como tal. Tras la batalla y para defender la frontera suroeste, Alfonso VIII propuso a los calatravos que se hicieran cargo de la defensa y aunque al principio lo hicieron, vieron la imposibilidad de defender con éxito dos territorios tan dispares y separados, cediendo estas posesiones a una pequeña orden, la de San Julián del Pereiro, que en 1218 pasó a denominarse de Alcántara.

Con respecto a la orden de Santiago, se creó con una particularidad con respecto al resto de las órdenes de caballería, que en vez de tener los votos clásicos del sacerdocio: pobreza, castidad y obediencia, asumieron solo dos, pudiendo contraer matrimonio los caballeros de la misma. Desde 1210 era Gran Maestre Pedro Arias, siendo herido en la batalla, de cuyas consecuencias falleció el 3 de agosto de 1212 (Regla de la orden de Caballería de Santiago, con notas sobre algunos de sus capítulos y un apéndice de varios documentos que conducen para su inteligencia y observación, y mayor ilustración suya, y de las antigüedades de la orden. Madrid, 1741. Pág. 126).

Los caballeros y escuderos de las órdenes militares vivían para la guerra pudiendo considerarse los más temibles combatientes del orbe conocido.

MILICIAS CONCEJILES

En las crónicas de la batalla, aparte de las tropas de los reyes y los de sus nobles más importantes se cuentan hasta 20 milicias concejiles, cuyo cómputo total podría evaluarse en varios miles de hombres armados. Algunas de las ciudades que enviaron sus milicias se citan las de Segovia, Ávila y Medina del Campo (ALMIRANTE, José. Diccionario militar etimológico, histórico, tecnológico. Madrid, 1869. Pág. 800), añadiéndose, según Modesto Lafuente, las de Madrid que luchó junto a las tropas vascongadas de López de Haro, San Esteban de Gormaz, Aillón, Atienza, Almazán, Soria, Medinaceli, Olmedo, Arévalo, Valladolid, Guadalajara, Huete, Cuenca, Alarcón, Uclés y Toledo.

Almirante señala que estas milicias aparecen en 1166, participando por primera vez en la batalla de Alarcos, siendo el monarca Alfonso VIII el impulsor de las mismas. En tiempo de los godos existía la obligación, por parte de las ciudades, de acudir en auxilio del rey.

En el territorio musulmán se funcionaba de manera parecida ya que los almohades, aunque centralizaron al máximo su imperio, seguían en la península Ibérica los taifas.

Estas milicias concejiles estaban obligadas a participar entre 45 días a tres meses cuando eran requeridas por el monarca, siempre que en persona se pusiera al frente de las tropas.

Para conocer con más detalle este tipo de tropa se puede consultar el libro del doctor don Manuel Colmeiro, De la constitución y del gobierno de los reinos de León y Castilla. Madrid, 1855, el cual en el capítulo XL del tomo II se trata ampliamente sobre el tema. El libro se encuentra en pdf en internet.

Estas milicias fueron un preludio arcaico de las milicias provinciales de los borbones y de las milicias nacionales del siglo XIX, ejerciendo labores de policía, defensa del orden público y por supuesto participando en la guerra a la llamada del rey.

LAS MESNADAS

Muchos autores incluyen en el concepto de “mesnada” a las milicias concejiles y a las órdenes de caballería, aunque para este trabajo consideramos exclusivamente la reales y las señoriales.

Las primeras se solían denominar “militis regis”, formada por los caballeros y peones que se encontraban en las inmediaciones de la real persona. El mando de esta mesnada correspondía directamente al monarca, teniendo como segundo al “alférez real”, el cual era portador del pendón. En el recuadro de la historia sobre el Cid Campeador se ha visto que ostentaba este cargo en el reino de Castilla.

En los reinos hispanocristianos el feudalismo distaba mucho de ser el que existía en Europa, estando en gran medida los grandes señores sometidos al monarca, con la obligación de acudir a la llamada real con todas sus tropas. A cambio de ayudas, el rey le entregaba tierras y señoríos que en gran medida retornaban al patrimonio real tras la muerte de señor- Tras la batalla de las Navas de Tolosa y la posterior reconquista de Andalucía, adquiere el feudalismo hispánico similares tintes que el europeo.

En la edad Media bajo el apelativo de “grandes señores” no solamente se encontraban los nobles con señorío sino que se incluía a los arzobispos, obispos y abades, que ostentaban esas distinciones al ser miembros de elevadas familias sin ser primogénitos.

Al tratar a los cruzados se ha hecho mención a las mesnadas de los obispos de Reims y Nantes, debiéndose completar con los arzobispos de Burdeos y Narbona. Con el rey de Aragón iban las mesnadas del obispo de Tarazona, don García Frontín y el electo de Barcelona, don Berenguer.

Entre los castellanos iba el arzobispo de Toledo, uno de los artífices de la Cruzada y los obispos de Palencia, Sigüenza, Osma, Plasencia y Ávila.

Difícil sería enumerar las mesnadas de los nobles, pudiéndose citar la del infante de león, Sancho Fernández; las de los condes de Lara, ostentando 4don Álvaro el título de alférez mayor del rey;

Entre las mesnadas navarras, aparte de la del propio Sancho VII, iban las de don Almoravid de Agoncillo, don Pedro Martínez de Lete y las de don pedro y don Gómez García. Modesto Lafuente (Ob. Cit) indica que la deserción de los caballeros extranjeros se suplió con la llegada del “brillante ejército” del rey de Navarra. La realidad es que según fuentes fidedignas el conjunto de las fuerzas de Sancho el Fuerte no ascendían de 300 caballeros (Figura 4).

LA CAPACIDAD DE COMBATE DE CADA PROTAGONISTA

La “capacidad de combate” es la aptitud que precisa una organización operativa para cumplir la misión encomendada (Doctrina. Empleo de la Fuerza Terrestre. D01-001. Estado Mayor del Ejército, 1996. Págs. 7-8 y 7-9). Ciento cincuenta años antes la mesnada del Cid Campeador que en ningún caso rebasó los tres mil o cuatro mil soldados, era capaz de derrotar a una fuerza medieval diez veces superior, lo cual no es de extrañar, porque eran hombres instruidos y adiestrados para el combate, dado que su oficio era la guerra, enfrentados a otros reclutados casi a la fuerza para combatir por unos meses y con las armas que poseían como propias.

La capacidad de combate de una tropa se mide mediante dos pilares: la “moral” y la “potencia de combate”. Con respecto al primero incluye variados parámetros, teniéndonos que colocar en la mentalidad del ejército medieval para relacionarlos adecuadamente, encontrándose entre ellos el sentimiento de la legitimidad de su acción, de hecho el combatiente cristianos estaba respaldado por la consideración de “cruzada” y con las bulas correspondientes, lo cual significaba que la muerte en la batalla era preludio de la gloria eterna en el Paraíso. En este sentido se podría establecer como óptima la moral cristiana.

5El segundo factor de “potencia de combate” sería más difícil de evaluar, porque habría que hacerlo en relación a alguien, en este caso el ejército contrario. Algunos de los parámetros a establecer, según el arte moderno de la guerra, como la capacidad de maniobra habría que plantearla según la táctica medieval. Con posterioridad, en otro recuadro veremos que la disposición planteada por Alfonso VIII posibilitaba la reiteración de esfuerzos del ejército cristiano, mientras su adversario basaba su despliegue en el envolvimiento, casi imposible en montaña. Otro parámetro para aquel ejército era la fuerza de choque plasmada en los cientos de caballeros de las primeras líneas, facilitando la progresión posterior de las milicias concejiles. El contar con las órdenes militares era una baza importante para aumentar la potencia y por ende la capacidad de combate del ejército cristiano (Figura 5).

Menos conocemos al ejército musulmán, pero si había una facción importante, cuya moral era alta, similar a la de los cristianos, era la de las unidades almohades, el resto de las tropas, compuestas por las de los reinos taifas, andalusíes acostumbrados a la buena vida y al mantenimiento de una buena relación con los “bárbaros” reino cristianos del norte a base de pagar unas “parias” anuales, le hacía que su moral de resistencia frente a la adversidad fuera muy inferior a sus oponentes.

En lo que respecta a su potencia de combate, y como importante su capacidad de maniobra, veremos que plantearon una batalla defensiva, en donde se constriñe la maniobrabilidad en aras de la ocupación del terreno. La historia nos dice que el emperador almohade se situó en una colina, protegiendo su puesto de mando por una colosal guardia –que estaban atados a la cadena no deja de ser una leyenda-, que lo convertía en una fortaleza, en principio inexpugnable, pero desde luego incapacitada de moverse a vanguardia.

Los cristianos visualizaron el objetivo de la batalla en la tienda de Miramamolín y sobre ella reiteraron los esfuerzos, mientras que los musulmanes intentaron ataques envolventes e incluso desbordantes en un terreno que los hacía impracticable.

Sin entrar más en disquisiciones estratégicas y tácticas, se podría afirmar que la capacidad de combate de las tropas cristianos era bastante superior a las musulmanas. Una persona versada, como era el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, así entendió la situación y por ello ante el desánimo de Alfonso VIII en los primeros momentos del enfrentamiento, le hizo comprender que la victoria era suya y siempre lo había sido.

Dr. Rafael Vidal Delgado. Este artículo se terminó de escribir (1ª y 2ª parte) el 24 de marzo de 2012, dentro de la semana de solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo y la discriminación racial, declarada como tal por Resolución 34/24 de las Naciones Unidas (siete días a contar desde el 21 de marzo de cada año). Que la semana sea sinónima también de “paz entre las religiones”.