20 octubre, 2011

Aníbal vencedor

cabeceras

Laura Pais Belín

Autor: Francisco de Goya y Lucientes.
Cronología: 1771.
Localización: Fundación Selgas – Fagalde. Asturias.
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Se exhibirá en El Prado (sala 35) los próximos 6 años.

Img_ContenidoGenio indiscutible, Francisco de Goya fue el gran maestro español del siglo XVIII y el gran artista que sin pretenderlo introdujo la modernidad en la historia de la pintura con su arte innovador. Polifacético y universal fue dibujante, pintor, muralista y grabador, pero ante todo un renovador incansable que adelantándose a su tiempo y alejándose por completo de la dictadura artística de su época fue capaz de alcanzar nuevas concepciones estéticas sin precedentes.

Llegó a ser pintor de corte a la moda, pero también veraz retratista de la buena sociedad o dulce pintor para luminosos cartones para tapices pero no podemos olvidar que se convirtió en el testigo directo de la sin razón del ser humano denunciando apasionadamente la injusticia y el horror de la guerra en grandes obras maestras de nuestra historia. Al igual que nos hizo partícipes de sus miedos más íntimos en sus obras más personales.

Artista de gran superioridad técnica, destacaba por su libertad de toque en la pincelada y por su audaz comprensión de las luces y las sombras. Gran maestro del color, podía pasar de la paleta más brillante y dulce a la más oscura y desgarradora; del dibujo preciso y la pincelada apretada a la más suelta, empastada y vibrante de las pinceladas. Pero todo ello siempre definido por un toque particular que lo envolvía todo y lo hacía irrepetible. Ya que el pintor incansable, de personalidad arrolladora, fue capaz de crear una nueva forma de expresión, alejándose de las normas y dejándose llevar siempre por la pasión de la creación artística.

Francisco de Goya y Lucientes nació en Fuendetodos, un pequeño pueblo de Zaragoza, el 30 de marzo de 1746, en el seno de una familia de clase media baja, ya que su padre fue un modesto dorador que poseía un humilde taller en propiedad. Muy pronto, toda la familia se trasladó a Zaragoza, donde Goya irá por primera vez a la escuela y recibirá sus primeras clases de dibujo. A la edad de catorce años entró a formar parte del taller de José Luzán, donde se pasará unos tres años aprendiendo las reglas del dibujo y la composición a partir de la copia de estampas italianas renacentistas y barrocas.

Será en este taller donde conozca a los hermanos Bayeu, que se convertirán con el paso del tiempo en figuras importantes para su carrera profesional.

Pero Zaragoza se quedará pequeña para el maestro aragonés, que soñaba con poder aprender en la Corte. Este deseo le hará tomar la decisión de trasladarse a Madrid en 1763. En un contexto artístico muy determinado, ya que en la segunda mitad del siglo XVIII en España había un florecimiento extraordinario de las artes al servicio de los Borbones y gracias a la creación de la Academia de San Fernando y otras academias parecidas por otras capitales españolas. En ellas se dirigía a los estudiantes en los preceptos académicos; el estudio del natural, de la estatuaria clásica y la copia de composiciones de maestros renacentistas y barrocos. Todo ello para acercar a los jóvenes artistas a la belleza ideal de las figuras y la habilidad en la composición.

En esta etapa llegaba el joven pintor a la capital española, para probar suerte en el concurso para el ingreso en la Academia de San Fernando. No logra su sueño y es suspendido, pero no por ello abandona  Madrid, donde permaneció durante tres difíciles años. Aprovechó para relacionarse estrechamente con uno de los pintores académicos más importantes de su tiempo, Francisco Bayeu, y más tarde pudo conocer de cerca la obra de Rafael Mengs, el gran pintor neoclásico.  Pero para Goya su pintura era excesivamente académica y fría. Por el contrario, muy pronto se sintió atraído por la obra de Tiépolo, por sus frescos dinámicos y llenos de color, y claramente se dejar llevar por su influencia. Descubren en esa época las luces, los brillos y el abocetado de la pintura. Durante cinco años permaneció en el taller de Bayeu,  mientras concursaba regularmente para conseguir el pensionado de la Academia, siempre con el mismo resultado, el de no ser admitido, por lo que decide empezar sólo su aprendizaje e irse a Italia por su cuenta para así poder completar su formación.

Era marzo de 1770 y su intención era visitar tres lugares concretos Roma, Florencia y Bolonia. Después de visitar Turín y Milán el maestro se instala en Roma, se dejó llevar por estilo tardobarroco, visitó las Estancias de Rafael o la bóveda de los Carracci del Palacio Farnesio. Al mismo tiempo que admiraba y aprendía de los grandes frescos que recorrían las iglesias y palacios italianos.
Allí tendría conocimiento directo de los grandes maestros del pasado y de la escultura clásica, conociendo y perfeccionando la técnica de la pintura al fresco.

Será al final de su estancia de dos años en Italia en 1771 cuando Goya participará en el concurso de la Academia de Bellas Artes de Parma, una institución muy prestigiosa bajo el patrocinio del duque Filippo di Borbone, sobrino de Carlos III.

El joven maestro debió pensar que el premio de Parma, ciudad vinculada a España por los lazos familiares de los reyes de la casa de Borbón, podría otorgarle, a sus 25 años, fama y posición a su regreso a la corte. Y de esta manera lograr un triunfo académico que en España se le había negado ya en varias ocasiones.

No dudaría en seguir las normas de la Academia ajustándose al formato y tema del concurso, que debía ilustrar la llegada triunfal de Aníbal, héroe de origen español, a Italia tras su difícil paso de los Alpes.

Goya realizó una composición armónica y perfecta, siguiendo el clasicismo de moda en aquel momento. Pero sin abandonar uno de los grandes rasgos de su pintura, que luego le hará famoso. La captación psicológica del retratado y de su estado de ánimo. Que se puede apreciar claramente en la representación en la expresión del rostro del general cartaginés, sorprendido de su gran hazaña, había partido desde Hispania y atravesado con sus tropas los Pirineos y los Alpes, y al mismo tiempo aterrado ante la responsabilidad de conducir a todo su ejército a la conquista de Roma.

Coloca a Aníbal en el centro de la composición, concediéndole todo el protagonismo, llevando nuestra mirada hacia su rostro expectante. Su silueta está enmarcada por dos figuras, el genio de majestuosas alas y el guerrero a caballo, que porta una bandera perfectamente mecida por el viento. Colocados de manera precisa sobre una elevación del terreno que les realza, mientras que el ejército pasa por detrás descendiendo la montaña hacia Italia y del otro lado difuminado podemos apreciar el final de la batalla.
Lo que hace el maestro aragonés es brindarnos la oportunidad de visualizar la escena como si se tratase de un perfecto escenario teatral, mientras que el guerrero del estandarte  mira a su general con la devoción y la fe del soldado que acompañara a su capitán hasta donde este le pida.

En el cielo nuboso podemos ver como baja la Victoria en su carro portando una corona de laurel y con la mano en la rueda, quizá símbolo del cambio de fortuna del general, que finalmente no logrará conquistar Italia.

Sin olvidarnos de una figura que nos llama la atención, la que se encuentra en primer término de espaldas y que nos invita a entrar en la escena, es la personificación del río Po, interpretado en su habitual iconografía de figura masculina con cabeza de buey de afilados cuernos apoyado sobre un ánfora de la que mana agua.

La obra con un colorido muy suave en el que destaca la utilización de las gamas de azules, rosas y gris perla, consigue los contrastes a través de la utilización magistral del amarillo, como podemos apreciar en la armadura o el río.
Esta obra destaca por su dominio técnico, un lienzo delicado pero al mismo tiempo lleno de energía. En el que Goya da muestra de la perfección que había alcanzado en los aspectos técnicos de la pintura al óleo, unido al increíble uso de la veladura o como se recrea en la elaboración de efectos atmosféricos de gran sutileza.

Con su calidad en el dibujo y su acertada composición crea una obra que mezcla belleza, dinamismo y armonía a partes iguales.

Sin embargo, la medalla de oro fue concedida al italiano Paolo Borroni, discípulo de Bossi. Goya quedaría en segundo puesto, el jurado dijo de él que tenía un colorido poco verista y que no se ajustaba del todo al tema propuesto, por lo que tan sólo recibió seis votos y una mención. Aunque su nombre se citó en la prestigiosa revista literaria Le Mercure de France.

Lo que debemos señalar es que el maestro aragonés aun dentro del clasicismo exigido, es capaz de crear su propio estilo, un lienzo lleno de grandeza compuesto por figuras nobles y serenas pero que están llenas de vitalidad, alejándose por completo de la frialdad neoclásica, y lo mismo sucede con la pincelada que no está simplemente dirigida por la línea del dibujo sino que a ella se une la frescura de pequeños toques de pintura.

Porque el gran maestro utilizaba todos los recursos de la pintura de forma muy personal, una forma única y nueva, con un naturalismo esencial que muy pronto le diferenció del resto de los pintores, el no seguía el referente de la belleza idealizada del neoclásico sino que se dejaba llevar por sus sentido de la observación que iba más allá de lo superficial. Una profundidad que se dejaba ver en la representación de los detalles o en la esencia de la luz.

El cuadro, perdido después de su presentación al concurso y en su posible regreso a España. Fue comprado a mediados del siglo XIX en Madrid, como obra italiana, por el arqueólogo, historiador y empresario Fortunato Selgas.

Desde el mes de Septiembre y durante un período de seis años lo podremos admirar en la sala 35 del Museo del Prado, junto a los apuntes para la misma incluidos en el Cuaderno Italiano, gracias al convenio suscrito con la Fundación Selgas – Fagalde de Asturias, ofreciéndonos la extraordinaria oportunidad de contemplar una de las composiciones más destacadas e impactantes de la etapa de juventud del artista aragonés, perteneciente a un período que no estaba representado hasta ahora en el recorrido cronológico de la rica y extraordinaria colección de Goya en El Prado.