26 junio, 2013

Amor y Psique

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AMOR Y PSIQUE
Autor: Antonio Canova
Cronología: 1786 – 1793
Técnica: Esculpido en mármol
Localización: Museo del Louvre.

A principios del siglo XIX el arte europeo estaba dominado por el estilo Neoclásico, aunque realmente sus bases ya se habían fraguado a finales del siglo anterior. Con él nacieron las academias, para defender el valor normativo en el arte y sus nuevos caminos y su frío poder crecía a medida que el estilo se asentaba y el marco sociopolítico de Europa cambiaba.

El espíritu de renovación invadía al mundo de la cultura y para ello se reivindicaba el valor del arte clásico y el apoyo en la serenidad del arte antiguo. Un gusto por la antigüedad que quizá se vio precipitado por los acontecimientos de este siglo, el estilo anterior, el Rococó, estaba agotado pero también vinculado a un arte aristocrático, ya que se había proclamado como la manifestación del gusto decadente de la nobleza.

Con la caída del Antiguo Régimen los nuevos representantes de la Revolución veían en el nuevo estilo la derrota de los salones y la aristocracia. Y a ello se unía que se estaba produciendo un redescubrimiento del mundo clásico debido a los nuevos hallazgos arqueológicos, algunos tan importantes como las ciudades de Pompeya y Herculano, lo que propició que la antigüedad clásica se convirtiese en el claro referente del nuevo estilo.

Desde el punto de vista estilístico será en la disciplina de la escultura donde nos encontremos de forma más directa esa fuerte impronta clásica, ya que los modelos artísticos de la antigüedad eran fundamentalmente escultóricos, en ellos se admiraba la serenidad, la elegancia, la belleza de la proporción, en definitiva su perfección se consideraba inigualable. El resultado sería una escultura armoniosa, equilibrada, poseedora de una belleza perfectamente estudiada.

Hablar de escultura neoclásica es hablar de Antonio Canova, el artista italiano que sobresalió por su maestría técnica, por su inigualable don para dar vida al mármol o por ser un genio precoz que encontró en la escultura, la pasión que movería toda su vida. Y prueba de ello es que cada una de sus creaciones es el claro reflejo del ideal de belleza más perfecto y delicado que es capaz de sobrecoger en cada uno de sus detalles.

Considerado como el representante por excelencia de la escultura neoclásica, sufriría los cambios de gusto y estilo que caracterizaron el siglo que le tocó vivir. Su última etapa fue devorada por el desarrollo del estilo romántico, lo que hizo que de forma consciente su figura fuese olvidada e incluso criticada por su frialdad hasta bien entrado el siglo XX, llegando a poner en duda su importancia dentro de la historia del arte.

Pero con el paso del tiempo su figura se recuperó y se le dio el lugar que le correspondía por eso hoy en día no hay ninguna duda sobre su talento y su manera inigualable de dar vida a cada una de sus figuras pétreas.

Su talento natural marcará toda su vida, Antonio Canova nacía en 1757 en el Alto Véneto, en el pequeño pueblo de Possagno, en el seno de una familia que había estado bien posicionada pero que su suerte había cambiado. Su padre moriría cuando Antonio contaba tan sólo con tres años, su madre se volvería a casar y desde ese momento el niño quedaría a cargo de su abuelo. Pasino Canova era un escultor aficionado que supo ver las grandes dotes de su nieto, pero que también por la situación precaria que vivían tuvo que colocar al joven muy pronto a trabajar en una cantera. Pero esto no sería un impedimento para el niño que vio en este trabajo una forma directa de acercarse al mundo de la escultura.

El abuelo viendo las dotes del pequeño, lo ayudó y animó en su aprendizaje, lo que hizo que Antonio pasara toda su niñez y juventud en talleres de escultura, aunque al principio se formó en talleres medianos, pronto llegaría hasta Venecia donde entró como ayudante en el taller de Santa Marina, en este momento ya destacaba por su precoz habilidad, pero no dejaba de ser un simple ayudante. Pero será su generoso abuelo el que cambie esta situación, para ayudarle venderá sus tierras y así poder apoyar económicamente a su nieto, el cual de esta manera podría estudiar libremente y perfeccionar su estilo sin ataduras.

Para ello Canova comienza un severo aprendizaje, entabla amistad con otros artistas, estudia el desnudo en la Academia y su protector Farlier, amigo de la familia, le confía sus primeros encargos. Será el encargo de “Orfeo y Eurícide” su primera creación personal, anteriormente se había presentado a los concursos de copias para medir su aprendizaje, pero ya esta primera obra se convierte en la prueba de su increíble talento natural, asegurándose una carrera imparable. Tres años después de terminar esta obra sería colocada en la Plaza de San Marcos, a partir de este momento el éxito ya no le abandonaría.

Sin embargo el artista italiano seguía trabajando incansablemente y depurando su estilo, desde sus inicios se veía en él la influencia de Bernini el gran maestro del barroco, pero también se sumaba la admiración por lo maestros venecianos, moviéndose en este juego de influencias él seguía buscando su personal expresión plástica. Y lo logró mezclando perfectamente el sentimiento y la expresión en el rostro pero manteniendo la esencia clásica en el dinamismo de la composición.

Aunque también podríamos añadir que el secreto de su obra se encontraba en el desarrollo de una técnica que definirá sus piezas durante toda su carrera. Trabajador tenaz para cada una de sus obras hacía meticulosos y numerosos dibujos y bocetos, creaba un modelo en yeso con el mismo tamaño de la escultura final en mármol, este material le permitía moldear con mucha más facilidad y libertad de expresión, algo que no lograba si trabajaba directamente el mármol. Posteriormente por medio de puntos pasaba cada una de las partes al modelo acabado en mármol. Fue esta práctica la que le permitió crear un estilo muy personal donde el dinamismo, la armonía y la belleza dulce y refinada se complementan a partes iguales.

Todo ello hizo que su carrera fuese en ascenso, ya no había marcha atrás en su trayectoria. Económicamente independiente crea su propio taller en 1775 y pese a que en su tierra las cosas le iban muy bien, Canova siempre había tenido un sueño, el poder triunfar en Roma, quería abandonar Venecia ya que allí su trabajo estaba limitado por la artesanía tradicional y sólo podía hacer obras a petición del gusto del público que era el que mandaba, y él soñaba con volar sólo, sin ataduras. De esta manera cuando logra una buena solvencia económica gracias a los encargos venecianos, a finales de la década de los setenta emprenderá el viaje anhelado, después de visitar Bolonia y Florencia llega a Roma, donde no sólo logra difundir su estilo sino que los elogios de la crítica no se harían esperar. La prueba definitiva de su éxito es el encargo del monumento funerario del Papa Clemente XIV, esta pieza lo consagrará definitivamente, su técnica era prodigiosa y su acabado en mármol no tenía competencia.

El gran maestro italiano creó obras para la Iglesia, los emperadores, la nobleza y la alta burguesía. Realizó monumentos funerarios, retratos, pero por si en algo destacó y logró encontrarse verdaderamente cómodo desde sus inicios, sería por sus interpretaciones mitológicas. Prueba de ello es una de sus obras más afamadas “El Amor y Psique” para muchos la más perfecta representación del amor, llena de candor, espontaneidad en su expresión y belleza conseguida con la armonía y delicadeza de su línea.

El encargo le llegó de las manos del coronel inglés John Campbell en 1787 y no sería terminada hasta 1793, pero en 1800 sería adquirida por el marchante y coleccionista holandés Henry Hoppe, y finalmente pasaría de forma dudosa a ser propiedad del mariscal de Napoleón Joaquín Murat, que la hizo transportar hasta su castillo, donde se dice que fue admirada por el propio Napoleón. Y no es de extrañar porque se decía que todo aquel que la contemplaba sólo podía admirarla. Hecho que influiría positivamente en la vida del artista ya que el Emperador se convertiría en uno de sus fieles clientes.

La elegancia de la línea, la preocupación por la textura suave, la claridad compositiva eliminando cualquier atisbo de exceso, el movimiento logrado y las proporciones perfectamente armónicas la convirtieron en una obra irrepetible, que muestra claramente el ideal de belleza por el que fue tan reconocido.

El tema de la obra es tomado por el escultor del escrito clásico El Asno de Oro del escritor italiano Apuleyo, donde describe como la bella Psique no puede evitar abrir por su curiosidad el vaso que la diosa Proserpina le había entregado, se desmaya y queda eternamente dormida hasta que el beso del verdadero amor la despierte. El mito de Eros y Psique es uno de los más hondos de la mitología porque se entiende como la imagen de la representación del amor puro, que vence todos los vicios.

Canova fue capaz de crear una composición extraordinariamente expresiva del tema amoroso de la mitología griega. Ya que desde el punto de vista formal crea una complejísima composición, fresca, envolvente y directa que de igual manera no deja escapar al espectador tanto por su emotividad como por su belleza.

Elige el preciso momento en el que el Amor despierta a Psique del sueño infernal, la cual apoyada sobre su cadera derecha, se vuelve hacia atrás para recibir a Eros que se aproxima suavemente para besarla. Y él rodea su cuerpo con el brazo izquierdo y con el derecho su cabeza, mientras que ella delicadamente le rodea la cabeza con sus manos.
Representa el justo momento en el que el amor que se tienen está a punto de materializarse, logrando involucrar y atrapar al espectador al elegir el momento idóneo, la tensión que precede al beso.

Con una serena idealización y, como solía hacer, sin dejar nada al azar, es capaz de captar el instante para representar el sentimiento del amor y el deseo carnal. La emoción la logra con la interrelación gestual de las miradas contenidas de los amantes. Las miradas y el beso inevitable concentran el punto central de la composición.
Una composición en “x” creada por los brazos y piernas de los protagonistas, con los que consigue que no sólo destaque el centro de la obra, sino que se multipliquen los puntos de vista del espectador, obligándolo a recorrer la obra descubriendo en cada giro detalles y efectos que le vuelven a sorprender.

Y como no podía ser de otra forma el maestro hace gala de su impecable forma de trabajar, esa delicadeza única en el cincelado de las superficies, en su manera tan personal de esculpir el mármol, a través de una talla fina de pulidos exquisitos, un acabado tan suave, que da la sensación de tratar un material pétreo como si fuera arcilla, moldeándolo a su gusto con libertad y precisión. Recreándose en cada detalle. Porque con su increíble técnica puede mostrar perfectamente el calor de los cuerpos, el sentimiento, la vitalidad, el movimiento, algo que casi parece imposible en un material tan frío pero que él es capaz de dar vida.

El artista que supo competir con éxito con los maestros clásicos, creo modelos de belleza irrepetible y es que con el paso del tiempo esta obra se ha reconocido por ser el fiel reflejo del amor. Pero Canova fue un paso hacia delante al representar también un momento lleno de lirismo, de carga erótica, de emoción contenida, la atracción del preciso instante que precede a la pasión. Por todo ello nos atrapa y nos conquista pero no podemos olvidar que fue también la perfección de sus formas y la delicadeza de su superficie en cada uno de sus detalles lo que hizo que el maestro italiano crease un ideal de belleza que perduró en el tiempo.