9 agosto, 2010

Amadeo I, rey de España

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Amadeo ISu primer año de reinado Amadeo de Saboya fue el efímero Soberano, que entre enero de 1871 hasta el 13 de febrero de 1873 fue Rey constitucional de España. El diario de sesiones de las Cortes relata de esta forma su elección:

“El Sr, SECRETARIO (Llano y Persi). El número de señores diputados admitidos es de 344, y la mitad más uno, 173. Ha obtenido por tanto la mayoría el señor duque de Aosta.
El Sr. PRESIDENTE: Queda elegido rey de España el señor duque de Aosta”.

Con estas exactas palabras, recogidas fielmente por los taquígrafos del Congreso, se procedió, como si de aprobar una simple ley se tratara a elegir a la persona que iba a sentarse en el trono de Fernando III el Santo.

Nada más conocerse la votación, un afamado republicano indicó que un rey puede surgir de un misterio, de una nube, de una religión, pero nunca de un proceso electoral.

Desde 1869, es decir nada más promulgarse la Constitución Española del mismo año, la más avanzada que ha tenido nunca la nación española, se afanó el general Prim, líder de la Revolución de septiembre de 1868, que destronó a Isabel II y con ella a la dinastía reinante, en buscar un rey idóneo para España: Fernando de Coburgo; la infante María Luisa, hermana de Isabel II, pero casada con el duque de Montpensier; el propio duque, don Antonio de Orleáns; el general Espartero; el duque de Génova; Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen, y una larga serie de personalidades, fueron tentadas para la más alta magistratura de la Nación. Unos por propia estima se descartaron, otros a la fuerza, como el duque de Montpensier, que al matar en duelo al duque de Sevilla, fue rechazado, y otros lo desbancó la propia política internacional, como al príncipe Leopoldo de Prusia, que provocó la guerra franco-prusiana y la desaparición del imperio de Napoleón III.

Amadeo 2España tenía rey, pero era un extranjero, por lo que era preciso encontrarle una raíz hispana, que al menos el pueblo se encariñara con él, dado que los nobles castellanos y de la coronal de Aragón, habían declarados su aislamiento del nuevo monarca. De forma esperpéntica se elaboró un árbol genealógico, que se partía de Jaime I, rey de Aragón, casándose una hija suya (1262), Isabel, con Felipe III de Francia, uno de cuyos descendientes, la baronesa de Berri, casó en 1379 con Amadeo, conde de Saboya, siendo sus sucesores, primero duques, luego reyes del Piamonte y por último de Italia. Algunos periódicos monárquicos, ponían en los “titulares” existentes en la prensa decimonónica, que el nuevo Rey era “vigésimo segundo nieto de Jaime el Conquistador”, lo que parecía una relación mucho más cercana.

“El Avisador Malagueño”, diario de la capital malacitana, una de las fuentes en que se ha basado el autor de este recuadro para sus libros “Gloria y muerte en Málaga. Una revolución en busca de un Rey”, editado en 2007, y “Málaga en la monarquía de Saboya (1870-1872)”, de reciente publicación, dejaba en uno de sus últimos número de 1871, la cronología que a grandes rasgos se expone:

El primer escollo para el nuevo monarca fue la jura de su persona (antes no había lo de “prometo”) por las instituciones del Estado, negándose muchos militares, entre ellos el propio duque de Montpensier, otros generales afectos a Isabel II, y por supuesto los republicanos, capitaneados por el general Contreras, que años más tarde protagonizaría la sublevación del cantón de Cartagena.

Se convocan elecciones, forma lógica para que el Rey designe al presidente del ejecutivo y al gobierno, iniciándose con este acto, la aberración que a lo largo de los años se sucederá en la política española, en donde el partido en el poder que convoca elecciones obtiene la mayoría. Por este método se gobierna en las cámaras, pero no en la calle, cayendo pasado un tiempo, a causa de una crisis, de las llamadas “de gobierno”.

La Constitución de 1869 tenía un gran componente laicista, lo que unido a que el padre del monarca, Víctor Manuel, había despojado de sus poderes terrenales al Papa, temía el Gobierno y el propio Amadeo que pudiera llegar una excomunión eclesiástica, lo cual no era lo más propio, en un país católico, para iniciar un reinado y una supuesta dinastía, por ello, una de las primeras medidas que se tomaron fue un acercamiento filial y político a la Santa Sede, siempre rozando el filo de la navaja para no desairar al Gobierno italiano.

Amadeo ante FeretroLos gobiernos se suceden con rapidez, primero se hace cargo el general Serrano, que aunque permanece como presidente del ejecutivo hasta el 24 de julio, sufre varias crisis gubernamentales con cambios ministeriales. Al general le otorga la confianza a don Manuel Ruiz Zorrilla, la llamada “izquierda del régimen” y líder de los que se llaman y se llamarán hasta 1934, “radicales”. El 5 de octubre cae Ruiz Zorrilla y le sucede el almirante Malcampo, un militar de transición, con el cometido de acometer un proceso electoral, “lo mas limpio posible”, imposible en España, con el caciquismo imperante. Finaliza el año Práxedes Mateo Sagasta, que será el líder de los “liberales”, de tal forma que cuando la restauración, Cánovas del Castillo, será el jefe de los “conservadores”, Sagasta de los “liberales”, y Ruiz Zorilla, se radicalizará más, valga la redundancia, y los “radicales” pasarán al campo republicano.

No todo fue crisis política, sino que se levantaron los carlistas en el norte a la llamada del duque de Madrid, posteriormente Carlos VII (para los legitimistas); el problema cubano se encrespó con el fusilamiento de unos estudiantes que habían supuestamente profanado la tumba de un periodista español; el ejército se descompone, pasando a la condición de retirado lo más granado de la oficialidad y el generalato, entre los descontentos los artilleros, que a la postre en 1872, serán el fulminante de la abdicación de Amadeo I; levantamiento republicano, principalmente en el sur y levante; agitación en Filipinas y hostigamiento a las tropas y los trabajos que se realizaban en las proximidades de Melilla.

Este es el panorama político, de un Rey, bien intencionado, que creyó en la democracia y que esperaba ganarse la voluntad del pueblo a base de llaneza y simpatía.

Su esposa la reina Victoria, una de las más preparadas de su época, con grandes conocimientos lingüisticos y humanísticos, inusitados para las infantas de España, pretendió hacer lo mismo y el pueblo se “cachondeaba” de ella, por amamantar a su hijo recién nacido.

Paradojas de la raza hispana.

Málaga, 5 de agosto de 2010

 

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